Mercedes Castro - Y punto

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«Él me acusa de tener sentimientos. Me dice que soy débil y frágil, sutil, febril, casi pueril. Nada viril para mi profesión, y tendría que serlo, que adónde va una mujer policía tan sentimental como a punto de romperse.»
Clara Deza es contradictoria y deslenguada, Clara Deza es agente de la autoridad, esposa y compañera, tan sensible por dentro como dura por fuera. Inmersa en un mundo hostil marcado por el enfrentamiento entre dos esferas contrapuestas: la laboral, poblada por policías que oscilan entre la incomprensión o la superprotección, yonquis que inspiran su ternura y superiores que no la respetan, y la personal, que gira en torno a un matrimonio que es a la vez refugio y casa de fieras, remanso de paz y estanque de tormentas.
Clara Deza aprenderá a demostrar pronto su faceta más combativa y mordaz cuando, tras recibir un desconcertante mensaje de su mejor confidente, descubre que uno de los mafiosos más escurridizos planea su gran golpe. Movida por el pálpito de saber que se encuentra ante su caso más importante, comienza a escarbar en las cloacas de una sociedad brillante en apariencia y tremendamente cruel en realidad.
Con una poderosa voz narrativa cargada de ironía, Mercedes Castro irrumpe en el panorama literario con la historia de una mujer que se mueve entre claros y oscuros, una protagonista tan de carne y hueso que traspasa las páginas de esta novela con su humor agridulce, su contundente fragilidad y un inconformismo esencial que va más allá de cualquier punto y final.

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Quiero a este hombre.

Adoro a este hombre, yo a este hombre lo amo. Es un santo y yo una gilipollas que no sé cómo me aguanta, debería hacerle un monumento porque de ser él hace años que me tenía mandada a la mierda. Es un sol, un cielo, un amor, un golpe de buena suerte que se acerca sonriendo y se sienta junto a ella y la recuesta sobre su pecho, por fin, y le pregunta, por fin, qué tal el día.

– Malo, ¿no?

– Sí.

– ¿No te apetece hablar de eso?

– No.

Y mientras juguetea con su coleta, y le suelta la melena, y le acaricia el pelo, vuelve a preguntar.

– ¿En qué piensas?

– En palabras que terminen en ele.

– ¿Palabras como cuáles?

– Bestial, brutal, fantasmal…

– ¿Y vale cualquiera?

– Sí.

– Se me ocurre alguna más optimista que las tuyas: celestial, ángel, sol…

– Alcohol.

– Manantial.

– Barrizal.

– Ventanal.

– Proyectil.

– Sí que estamos negativos, déjame que piense: medicinal.

– Arsenal.

– Para ésa tengo una muy buena: guiñol.

– Gandul.

– Ya empezamos con las alusiones personales. Especial.

– ¿Cómo me tengo que tomar eso?, ¿es bueno o malo?

– Tú misma, no haber empezado. ¿Te rindes?

– Nunca. Carcamal.

– Virginal.

– De eso nada. Monacal.

– Vaginal.

– Me niego a considerarlo como un insulto. Las mujeres somos vaginales, es lo propio, tenemos que serlo. Hombre convencional.

– Lo que tú digas, menstrual.

– Pues vale, y tú marital.

– Es que estoy casado, y mi matrimonio es una cruz, fatal, fatal.

Y se incorpora para mirarle a la cara.

– ¿Me estás llamando mujer fatal?

Y él la mira también a los ojos y la besa sin avisar.

– Sí.

– Pues tú semental -sonríe pícara, y se deja besar y le devuelve el beso.

– Carnal -y por debajo del jersey le acaricia los pechos, pero no percibe el bulto con forma de lenteja ni su respingo.

– Labial -y le quita la camisa y se enreda en el vello de su pecho.

– Sexual -y le muerde el cuello y le mete su mano entre las piernas.

– Me rindo -gime ella.

– Vamos a la habitación. Mira cómo estoy -susurra él.

– Vale -acepta, casi sin aliento, tras palparle la bragueta.

Y a medio desvestir, con los pantalones arrastrando y llevándose casi en volandas, se meten en su dormitorio y riendo, con la luz encendida, mirándose con gula, ya por completo los cuerpos desnudos, se besan, y cabalgan y descabalgan y se montan con ganas y sin ganas de acabar, y se muerden, y se lamen y se frotan y suena el teléfono al fondo, a lo lejos, en el salón.

Paran, suspendidos los jadeos dudan un rato y, tras un instante congelado en el tiempo, cada uno toma su decisión: él quiere seguir, ella cogerlo.

– Ahora vuelvo -dice incorporándose, apartándole.

– No vayas.

– Si sólo será un momento, igual llaman de comisaría y es importante…

– Pues que llamen luego -le corta.

Pero se levanta, las gotas de sudor brillando sobre su piel, y se encamina hacia la puerta. La voz firme, segura, inflexible de Ramón hace que se detenga a medio camino.

– Clara, vuelve a la cama -y en el fondo, aunque no lo reconocería jamás, suena como una petición, como una súplica más que como una orden.

Y ella se vuelve, obediente, aunque no parece muy convencida.

Pero al acostarse junto a él, al tocar otra vez su piel caliente, al probar la sal de su cuerpo, se olvida de todas sus reticencias.

– Al fin y al cabo para eso tenemos el contestador… -afirma.

– Para eso mismo, todo dios llamando a horas intempestivas, siempre jodiendo cuando estamos jodiendo y luego ya no hay quien vuelva, luego ya no es como antes. Y lo que más me molesta es que siempre pareces preferir el teléfono, cualquier imbécil que llame equivocado, cualquier amiga que te vaya a contar una bobada tras otra sobre un posible novio en ciernes o sobre la nada más absoluta antes que a mí.

– Calla.

Y obedece, y ya la está besando otra vez, ya vuelven a suspirar, a saborearse, a consumirse, a arder. Y mientras y a lo lejos, en el salón, una voz rasposa y cazallera deja grabado su mensaje.

Registrado su miedo, anotada su advertencia, el Culebra cuelga.

IV

– Soy la subinspectora Deza. Quisiera saber si alguien ha preguntado por mí en comisaría durante las últimas horas.

Y mientras el novato que ha pringado en centralita el turno de noche acude a comprobarlo, oye pies arrastrándose a sus espaldas y se vuelve para ver a Ramón en pijama, el pelo enredado y los ojos legañosos, bizqueando y sin gafas parece un topo, qué miope, qué dormido, menudo despiste lleva encima, la boca pastosa preguntando qué hora es, qué haces vestida si es noche cerrada, vuelve a la cama, ven, y no, me es imposible, tengo que ir a trabajar, qué más quisiera, mi vida, qué más quisiera, volver y dormir calentita junto a ti… Pero tengo que irme.

– ¿Ya? Pero ¿qué hora es?

– Aún no han dado las cinco. Corre, métete en la cama, te vas a enfriar.

Como hipnotizado obedece, a medio despertar y con las manos colgando, dando traspiés, se marcha dócil como un niño. La voz al otro lado del teléfono atruena de improviso, desvergonzadamente despierta.

– Subinspectora… ¿Me escucha?

– Sí, dígame -responde automática y resignada a empezar a trabajar ya, todavía sin salir de casa, recién duchada, con el estómago vacío y el pelo húmedo aún oliendo a champú, aún la mano sobre el pecho erizado, la mano buscando el pecho siempre.

– A lo largo de la noche nadie ha dejado aquí ningún mensaje para usted.

– No puede ser. He recibido una llamada y alguien ha debido de proporcionarle el número de mi domicilio. Quiero saber quién ha sido y que me explique por qué esa persona en concreto dejó un mensaje en mi contestador.

– Creo que se confunde, subinspectora, tenemos orden de no facilitar dato alguno de los agentes.

– Entonces explíqueme cómo han podido localizarme cuando, desde hace años, mis datos personales están protegidos y no figuran en ningún listín.

– Mire usted -y la voz del otro lado empieza a titubear-, yo no puedo hacerme cargo de los actos de otros compañeros, pero sí de lo que he visto y oído. No le niego que en turnos anteriores se pudiera haber facilitado alguna información sobre usted, pero durante el mío eso no ha ocurrido -y ahora ya se apoca suplicando-, y le ruego que, si está dispuesta a elevar una protesta formal ante mis superiores, haga constar esta explicación.

– Por supuesto que lo haré -se va a enterar este listillo lameculos que hasta para rogar utiliza el lenguaje oficial, mucha academia has mamado tú durante años para que te la quiten en un solo día en la calle a leches-, descuide.

Polis de pacotilla, niñatos peliculeros sin sangre en el cuerpo, panda de nenazas con hoja de méritos ganada a base de apuntes subrayados con rotuladores fluorescentes… Quisiera veros en el mundo real. Tanta burocracia, tanto formalismo. A ver cómo le piden a un violador de menores que les rellene un impreso por triplicado y luego firme sobre la línea de puntos.

En el dormitorio, Ramón sigue aún sentado junto a la almohada con cara de nene que espera un beso de buenas noches. Con la curiosidad luchando con el sueño, intenta parecer despierto cuando es evidente que masculla adormilado.

– ¿A quién gritabas?

– A un novato incompetente que le ha dado nuestro número al primer yonqui que llama diciendo que tiene algo importante que contarme, que es lo que dicen todos para llamar la atención. Pero tú no te preocupes y duérmete. Hoy te toca preparar la comida y limpiar la despensa, yo me ocupo de la cena y la compra. Y abrígate.

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