Mercedes Castro - Y punto

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«Él me acusa de tener sentimientos. Me dice que soy débil y frágil, sutil, febril, casi pueril. Nada viril para mi profesión, y tendría que serlo, que adónde va una mujer policía tan sentimental como a punto de romperse.»
Clara Deza es contradictoria y deslenguada, Clara Deza es agente de la autoridad, esposa y compañera, tan sensible por dentro como dura por fuera. Inmersa en un mundo hostil marcado por el enfrentamiento entre dos esferas contrapuestas: la laboral, poblada por policías que oscilan entre la incomprensión o la superprotección, yonquis que inspiran su ternura y superiores que no la respetan, y la personal, que gira en torno a un matrimonio que es a la vez refugio y casa de fieras, remanso de paz y estanque de tormentas.
Clara Deza aprenderá a demostrar pronto su faceta más combativa y mordaz cuando, tras recibir un desconcertante mensaje de su mejor confidente, descubre que uno de los mafiosos más escurridizos planea su gran golpe. Movida por el pálpito de saber que se encuentra ante su caso más importante, comienza a escarbar en las cloacas de una sociedad brillante en apariencia y tremendamente cruel en realidad.
Con una poderosa voz narrativa cargada de ironía, Mercedes Castro irrumpe en el panorama literario con la historia de una mujer que se mueve entre claros y oscuros, una protagonista tan de carne y hueso que traspasa las páginas de esta novela con su humor agridulce, su contundente fragilidad y un inconformismo esencial que va más allá de cualquier punto y final.

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Y se acerca y le besa las legañas y lo deja dormido y arropado mientras se arropa a sí misma en el abrigo antes de salir porque menudo frío hace a estas horas, la próxima vez me pido el turno de las cuatro de la tarde para que me dé el solecito de la sobremesa. Y se va cerrando la puerta con cuidado, dejando atrás la casa a oscuras, a Ramón ronroneando en el cuarto y los ojos de la gata en el salón como dos faros amarillos alumbrando la puerta al salir. Los únicos que la ven marchar, los únicos que la despiden.

Para que luego hablen de la fidelidad de los perros, que son tontos, piensa mientras conduce. Siempre jodiendo con que si los gatos van a su aire, que si los gatos no saben de amores, que si son maquiavélicos y cosas para contarte, micha. Tengo algo para ti , resuena al hilo de la imaginación una voz en su cabeza. Búscame. No te olvides . Y los recuerdos más absurdos me asaltan a traición en el coche, si es que empiezo a estar loca. O no. Es porque en los atascos no hay nada mejor que hacer, todo son voces que me vienen a la memoria dictándome frases inoportunas: No digas que no. Búscame mañana , resuena la misma voz de antes. Llévate el móvil, cuídate. Tan sola y tan pequeña , insiste Ramón.

Pero no soy pequeña ni frágil, responde para sí misma como si él estuviera a su lado y no en el dormitorio, tan feliz, tan descansado. No soy tan delicada como cree. Necesito que me cuiden, vale, a ver quién no lo necesita. Las personas, como las cosas, incluso las más duras y resistentes, requieren un mantenimiento, hay que tratarlas bien cuando se las quiere conservar, engrasarlas de vez en cuando con cariño, ajustarles las palancas, los resortes del amor, no darles portazos, que no se les necrose la suciedad del día a día, que no extienda su óxido la monotonía. Pero de ahí a tenerme entre algodones, a echarme un responso cada vez que cruzo el umbral, a obligarme a llevar el móvil siempre encima, encendido como una condena que me asfixia y me quema… Yo quiero respirar, andar a mi aire, entrar y salir a mi bola y defenderme sola, como hasta ahora. A ver si va a ser peor el remedio que la enfermedad sólo porque él necesite sentirse fuerte protegiéndome y yo que me mimen cuando lo que de verdad deseo si pretende ayudarme son los planos del chalet para restregárselos por las narices a los compañeros y sobre todo a un jefe que yo me sé.

¿Qué salida cojo? No me entero. Desde luego los que hacen las carreteras ponen unas señales que no sirven para nada, y además no sé a qué he tenido que ir primero a comisaría para recoger esta cutrez de trasto, a ver cómo pretenden que lleguemos discretamente a los sitios en este coche costroso. Vale, y ahora dónde me pongo para no llamar la atención, y cómo no la voy a llamar en un vehículo de más de veinte años que ya ni se fabrica. Hay que joderse con el presupuesto.

A todo esto, dónde están los compañeros, cómo voy a relevarlos si no los veo. Si les ha dado por irse a tomar algo caliente se van a enterar.

Dobla una esquina y los distingue medio agazapados dentro de una furgoneta también descascarillada que anuncia frutas y verduras -«Las más frescas del día, para vivir con alegría»-, los dos comiendo donuts de una caja de seis, César tan fresco y Javier, el Bebé, bostezando y desperezándose. Lástima de novato, él sí que se ha tragado un turno chungo y no yo, que entro casi al alba y podré disfrutar de las vistas en cuanto Vito abra el negocio y los pijos de las mansiones empiecen a salir para ir a sus bancos o a sus constructoras o a la Bolsa o adonde sea que curren si es que para ellos es correcto emplear tal palabra. Incluso hasta puede que admire el bonito espectáculo de las putas desfilando a cuentagotas, que ni ese aliciente ha tenido el pobre por culpa de esta noche más negra que sus pelotas.

Y les saluda con una discreta inclinación de la cabeza y sonríe tras el polvoriento parabrisas mientras ellos arrancan y la furgoneta, sigilosa y sin luces, pasa por su lado, a dormir por fin, César conduciendo tan campante y el Bebé intentando infructuosamente leer un diario deportivo birlado a cualquier quiosco, fijo, casi lo puede ver con los ojos azules de lince en celo reluciendo en la madrugada, agazapándose, en cuclillas de coche en coche por si alguien lo ve aproximarse cual sombra embozada hasta el fardo de periódicos tirado delante del puesto e intentando sacar un Marca o un As sin romper el precinto. Qué bien se lo montan los maderos cuando quieren hacerse con algo por la cara.

A ver qué ponen en la radio, estas cuatro horas se me van a hacer eternas como no haya algo entretenido. ¿Las seis y ya empiezan estos programas cargantes cargados de graciosos que gastan bromas por teléfono y humillan al personal que se levanta temprano a ganarse el pan? Pues lo llevo claro. Aunque al menos estoy sola, peor es tener que soportar a un poli machista hablando de fútbol y del culo de la famosa de turno.

En fin. Son las seis y comienza la guardia. Qué ilusión.

Seis y media y aquí no pasa nada. Está visto que los facinerosos no madrugan. No me extraña que luego nos llamen tontos, ellos sí que son listos, durmiendo apaciblemente en sus casitas con visillos de flores o en sus niditos de ratas o en sus mágicos castillos de colores y nosotros, como idiotas, al relente ante su puerta, no sea que les dé por delinquir al rayar la aurora. Pero no, no lo harán, no. Aquí hasta que el sol se ponga bien alto no pasa nada.

Las siete y ni un alma, menudo marrón. Estoy a punto de dormirme, mejor me zampo lo que me ha preparado Ramón.

Siete y media. El tiempo se ha parado, va a ser eso, y la Coca-Cola no me ha espabilado y además me hace eructar a cada minuto. Quiero irme a mi casa, ya.

Ocho, me aburro, y para colmo me vuelve a entrar el hambre. Vito estará desayunando zumo de naranja recién exprimido y tostadas calientes, qué cabrón, y yo aquí con el termo y los cruasancitos de Ramón que, la verdad, mucho delicatessen y muy exquisitos y vaya una barbaridad que nos cuestan pero se acaban en un suspiro. La próxima vez que me asignen una vigilancia me traigo la fiambrera con una tortilla entera, para que me salgan unas cartucheras como dios manda y me critique con motivo la suegra.

Ocho y media y los gorilas hacen acto de presencia en la verja. Hay que joderse: ellos inician su jornada laboral y yo ya estoy hasta los mismísimos de la mía. Y las cámaras de vídeo siguen en movimiento, menos mal que por una vez hemos sido avispados como para no ponernos a su alcance. Mira que es precavido este Vito. O eso, o muchos enemigos tiene. Muy bien, apuntemos, que no se diga: «8:30. Comienza la vigilancia en el exterior a cargo de dos empleados». Algo es algo.

Nueve. La modorra me invade otra vez. El gorila de la izquierda hace un crucigrama -¡sabe escribir!-, el otro ejercita sus manos con un musculador -esto ya es más propio-. Se aburren, y yo, pero como estoy sola ni siquiera puedo leer un rato. Sólo mirarles.

Nueve y media. Ya falta poco, ya falta poco, ya casi no falta nada, media horita y me voy. Entra un coche negro. Apunto marca y matrícula. No se identifica ante los primates, que abren las rejas sin mirar a su ocupante siquiera. Debe de ser un habitual. De las putas, ni rastro.

Diez, diez, diez en punto. Me voy, me piro, me abro. Ahí os quedáis, pedazos de carne con ojos. Que aparezca mi relevo, que no se retrasen.

Ya vienen. Expósito y el rijoso de León. Qué raro, con lo poco que le gusta hacer guardias. Anda y que se joda, por sobón y mal compañero. Por el sendero del jardín aparece una criada con pinta de chachilla con un piscolabis para los vigilantes. Es mona. Hasta las domésticas las elige salerosas este Vito. Igual es literalmente una «chica para todo», me apuesto el sueldo a que tiene derecho de pernada en sus dominios. Y ahora que los energúmenos engullen, yo desaparezco con discreción… Pero ¿qué querrán decirme éstos con esos gestos sin voz tras el parabrisas? No me entero, chavales, y ya sabéis que no puedo usar la radio. Adiós, me lo contáis en otro momento.

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