Gioconda Belli - La Mujer Habitada

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La mujer habitada sumerge al lector en un mundo mágico y ferozmente vital, en el que la mujer, víctima tradicional de la dominación masculina, se rebela contra la secular inercia y participa de forma activa en acontecimentos que transforman la realidad. Partiendo de la dramática historia de Itzá, que por amor a Yarince muere luchado contra los invasores españoles, el relato nos conduce hasta Lavinia, joven arquitecta, moderna e independiente, que al terminar sus estudios en Europa ve su país con ojos diferentes. Mientras trabaja en un estudio de arquitectos, Lavinia conoce a Felipe, y la intensa pasión que surge entre ambos es el estímulo que la lleva a comprometerse en la lucha de liberación contra la dictadura de Somoza. Rebosante de un fuerte lirismo, La mujer habitada mantiene en vilo al lector hasta el desenlace final.

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– ¿Así que usted es la famosa arquitecta? -dijo, a la vez socarrón y halagador.

Lavinia asintió con la cabeza, sonriendo su mejor sonrisa enigmática.

El general estrechó su mano con fuerza. La mano era grande y tosca como toda su figura. Era un hombre a quien el apelativo de "gorila" le caía como anillo al dedo. Las facciones aindiadas casi escultóricas, podrían haber sido hermosas, si no estuvieran distorsionadas por la gordura y la expresión de blanco pedante. Renegado de su pasado y su origen, el general Vela olía a colonia cara usada con profusión y vestía impecable uniforme militar caqui -el color que usaban los altos oficiales-; el pelo rizado, producto de mezclas de razas, había sido trabajosamente domado por el aceite, la brillantina y un corte inclemente que lo fijaba contra su cabeza. Era de mediana estatura y el estómago protuberante daba testimonio de su afición por la abundante cocina.

Le indicó que se sentara, tomando asiento a su vez, al tiempo que las dos hermanas, enmudecidas ante la presencia del amo, le sonreían a ella cual si quisieran darle ánimos o pensaran compartir así el efecto apabullante de la figura del general.

– Vamos a ver esos planos -dijo el general, en el mismo tono alto de voz con que la saludara; una voz acostumbrada a dar órdenes.

Cuidando la fluidez de sus movimientos, Lavinia se levantó procurando ignorar la mirada socarrona y lasciva del hombre. Tomando los cilindros de cartón, sacó el juego de planos y los extendió sobre una mesa redonda que estaba a un lado de los sillones donde se sentaban los Vela.

– Creo que será mejor que los veamos aquí -dijo con aplomo.

– Sí, por supuesto -asintió el general, levantándose sin esfuerzo, seguido por las hermanas.

Fue extendiendo y explicando los distintos planos y diseños; el frente, los lados, el interior, los techos, el mobiliario, los ambientes. El general interrumpía constantemente con preguntas y comentarios, pero Lavinia, respondiéndole cortésmente, le pidió que revisara las inquietudes al final, puesto que muchas de ellas quedarían respondidas en el transcurso de la exposición.

– No me gusta ese método -dijo el general-, las preguntas se me pueden olvidar si las dejo para el final.

Y continuó haciéndolas. Eran irrelevantes, más para ponerla nerviosa que para satisfacer su curiosidad… tamaños, materiales, colores, la conveniencia de juntar en una sola habitación, el billar, la música y el bar porque se ocupaban al mismo tiempo… Sin embargo, parecía no tener demasiado interés por cambiar las disposiciones de la esposa. A pesar del tono cortante de las preguntas, no sugería sino mínimos cambios. Mantuvo la actitud socarrona y superior hasta que Lavinia desplegó el plano de la armería. Entonces su expresión cambió mostrando evidente interés.

Obviamente él no había previsto nada semejante a los detalles refinados que Lavinia, esmeradamente, había incorporado -las hermanas se miraron y sonrieron con satisfacción cómplice-. Notó la fascinación del hombre cuando ella explicó la idea fantasiosa de la pared movible en la armería. La pared estaría compuesta por tres paneles de madera, cada una con un alma de hierro, sostenida sobre pivotes giratorios individuales, montados en un riel metálico. Un mecanismo adosado a la pared permitiría fijarlos o liberarlos para que giraran. De un lado, los paneles mostrarían la colección de armas, fijadas con monturas sobre la superficie; del otro lado, los paneles formarían simplemente una pared de caoba con bellos jaspes. De esta forma, según lo deseara, el general podría, con sólo soltar el mecanismo que fijaba los paneles, darles vuelta y volver a fijarlos, para que las armas quedaran expuestas o simplemente se viera una pared de madera.

Por el área de rotación de los paneles que se requería para este truco, el general dispondría también de un espacio detrás de la pared, una suerte de "cámara secreta" que podría utilizar como almacén para guardar otras armas, los artefactos necesarios para limpiarlas…

– O lo que usted quiera -dijo por fin Lavinia. Se había quebrado la cabeza con las postales de la casa de Hearst, tratando de figurarse el funcionamiento de la "cámara secreta". No lo consultó ni siquiera con Julián. Era su carta para ganarse al general. Su as. Y estaba funcionando. Lo podía leer claramente en la expresión con que ahora él la miraba.

– Es usted muy inteligente, señorita -dijo Vela, bajando significativamente la voz- debo reconocer que es una idea excelente y novedosa… -y volviéndose a la esposa, añadió-. Por fin hiciste algo bueno.

Lavinia sonreía, despreciándolo desde la más recóndita esquina de su piel. Necesitaba hacerle algunas consultas -dijo- sobre las armas que irían en los estantes.

– Claro, claro -asintió él- ¿pero porque no se queda a almorzar con nosotros? Y así podemos continuar después del almuerzo…

Cuando salió de la casa del general Vela, el bochorno de las tres de la tarde pesaba sobre la ciudad en un aire denso de siestas y sonámbulos diurnos.

Los Vela la despidieron en la puerta, flanqueada por agentes de seguridad de claras guayaberas y anteojos oscuros, que la miraron cuando pasó a su lado, con expresión amistosa.

En cierto momento del almuerzo, el general Vela había hecho una referencia socarrona a la afiliación de su familia con el Partido Verde. "Nuestra arquitecta tiene sangre verde" -dijo-; "Es una tradición familiar -había respondido ella- yo no creo en la política; prefiero no meterme." El general afirmó su convicción de que hacía bien: en todo caso la política era "un asunto de hombres".

Los hombres del general la miraron con esa misma convicción.

Uno de ellos le abrió la puerta de su carro. Ella agradeció con sonrisa "femenina" y despidiéndose con un gesto de los Vela, que conversaban animadamente en la acera, aceleró alejándose.

En el camino sintió náuseas y un deseo perentorio de bañarse. Decidió pasar por su casa, antes de ir a la oficina donde Julián esperaba noticias. No había sido fácil atravesar el almuerzo suculento, la comida excesivamente grasosa y el general hablando a carrillos llenos.

No fue fácil escuchar sus explicaciones sobre las "propiedades combativas" de las diferentes armas que le mostró, orgulloso de los "volúmenes de fuego" y su capacidad mortífera.

Pero ella había cumplido. El general estaba encantado. Con ligeras modificaciones intrascendentes, aprobó el anteproyecto de los planos, ordenó que se procediera a realizar los definitivos y le encargó contratar, a criterio de ella porque "le inspiraba confianza", la firma de ingenieros que se encargarían de la construcción.

También había ofrecido suministrar los caminos para iniciar cuanto antes el movimiento de tierra. Quería que la casa estuviera terminada en diciembre a más tardar. Estaba dispuesto a pagar horarios extras.

Lavinia se detuvo en el semáforo, pasándose la mano por el estómago para dominar las náuseas. El general había sucumbido a la idea de la armería -a la que llamarían su "estudio privado"- aunque no depuso totalmente su aire socarrón; ni dejó de mirarla, ocasionalmente, con ojos de lascivia. Parte del juego, se dijo Lavinia. No se podía esperar de ese hombre otro tipo de comportamiento. Lo importante era que el truco de Hearst había funcionado. El millonario californiano no podía imaginarse el servicio brindado a un movimiento guerrillero latinoamericano, pensó. Era un punto para Patricia.

Durante el almuerzo, las hermanas Vela se habían sumido en un silencio casi total, interrumpiendo solamente para coincidir con el criterio del general o para dar instrucciones a la doméstica encargada de atender la mesa. Sólo sus miradas dijeron a Lavinia su felicidad y agradecimiento. A los hijos no llegó a conocerlos. Almorzaban ese día en la escuela.

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