Salió de la oficina de Julián con el disgusto escrito en la cara.
Era tan fácil, pensó, ¡echarles la culpa a los constructores!
El jueves vio a Sebastián. Lo llevó al camino de los espadillos entrada la noche. Hablaron de la visita de ella a la casa del general.
– Así que en diciembre la quiere inaugurar… -dijo Sebastián, mirando distraídamente la carretera.
– Sí -dijo Lavinia- y Julián está dispuesto a darle gusto. No pude lograr que me asignara la supervisión de la construcción, pero me nombró su asistente.
Continuaron en silencio un buen rato. Un acompañamiento de grillos afirmaba sólidamente la calma circundante. A esa hora había poco tráfico, sólo grandes camiones de carga de vez en cuando, obligaban aminorar la marcha.
– ¿Y cómo está Flor? -preguntó Lavinia.
– Muy bien, trabajando mucho, Flor es una excelente compañera.
– Me hace falta -dijo ella.
– Se hicieron buenas amigas ustedes… -dijo- a mí también me hace falta.
– Tenés razón -dijo Lavinia- pero es que ciertas cosas no me parecen tan secretas.
– Por cosas aparentemente irrelevantes se pueden delatar asuntos de más importancia.
– ¿Pero a quién se lo voy a decir?
– No es desconfianza. Pero nosotros nunca podemos descartar la posibilidad de que nos capturen. Y en las torturas pueden decirse cosas. Antes éramos inflexibles. Considerábamos traidor a quien diera cualquier información a la seguridad social del dictador. Ahora, a medida que los métodos de tortura son más crueles y refinados, sólo pedimos a los compañeros que resistan durante una semana para dar tiempo a que se movilicen los que pueden ser implicados… Después de una semana, se puede decir lo mínimo para evitar un mayor ensañamiento.
Lavinia sintió la piel estremecerse en un escalofrío. Trataba de no pensar en esa posibilidad.
– Debe ser horrible la tortura -dijo.
– Sí -dijo Sebastián- yo prefiero morir a que me agarren vivo esos hijos de puta…
– Cuando estaba almorzando en la casa del general, me quedaba viendo sus manos, pensando lo que haría con ellas…
– Últimamente ya no lo hace personalmente. Sólo dirige. Pero hay un compañero en la montaña, a quien él torturó personalmente. Lo enterró en un lugar a pleno sol durante una semana, dejándole sólo la cabeza fuera de la tierra. Vela llegaba con un balde de agua y se lo echaba en la cabeza. El compañero sólo podía beber el poquito de agua que se le derramaba sobre los labios. Es un milagro que esté vivo. Logró escapar en un traslado y lo tuvimos que mandar a la montaña porque estaba totalmente claustrofóbico… Tenés que trabajar duro -agregó después de un corto silencio- para ver qué información podés sacarle y tener la casa lista en diciembre…
– ¿No crees que sería mejor hacer que se le retrasara?… ese era mi plan, por eso pedí que me dejaran supervisarla…
– Lavinia -dijo Sebastián, muy serio- debes aprender que en este asunto, no te corresponde hacer los planes, sólo los planos -sonrió apenas-. Tus ideas son bienvenidas, pero tienen que ser aprobadas por los mandos.
"Estás acostumbrada a actuar sola en la vida y tenés que empezar a aprender a actuar en conjunto y a ser disciplinada. No quiero cortarte la iniciativa, pero en el Movimiento no podemos lanzarnos cada uno a hacer lo que se nos ocurra, aunque lo creamos positivo. Uno es parte de un engranaje y hay que pensar en las otras piezas. Por eso hay que consultar las cosas con los responsables que tienen un conocimiento más global de la situación… En cuanto a lo de retrasar la construcción, no se te ocurra. A nosotros nos interesa que el general te tenga gran confianza, así que tenés que ser muy eficiente en el trabajo y tenerle la casa lista para diciembre.
– Está bien -dijo Lavinia, sintiéndose mal, incómoda.
– Por cierto -dijo Sebastián-. Flor te habló de un entrenamiento militar, ¿verdad? -ella asintió con la cabeza-. Lo haremos este fin de semana.
"Felipe está encargado de llevarte al punto.
Llegaba ya al sitio donde debía quedarse Sebastián. Lavinia se detuvo con el motor en marcha. Un fuerte viento frío soplaba en la noche, moviendo el agudo perfil de los espadillos. Antes de salir, Sebastián se volvió hacia ella. En la penumbra, su rostro delgado y sereno lucía preocupado.
– Tenemos grandes planes para vos, Lavinia -dijo-. El Movimiento está entrando en una fase muy importante. Pero vos tenés que poner de tu parte. Ninguno de nosotros es perfecto. Esto es todo un aprendizaje, y sabemos que no es fácil. A todos nos toca. Nuestra obligación es ayudar a que te formes, enseñarte lo que hemos aprendido… Para eso tiene que haber humildad y confianza de tu parte; comprensión y firmeza de la nuestra… Nos vemos pronto…
Antes de que Lavinia pudiera responder, se alejó por el camino angosto caminando de prisa, recto y delgado en medio del ventarrón. El viento aullaba en la carretera a través de la ventanilla entrecerrada del automóvil. No sabía cómo calificar el peso desmadejándola en el asiento del conductor. Sebastián le inspiraba profundo respeto y su llamada de atención le incomodaba, le traía de nuevo la conciencia de lejos que se encontraba aún de llegar a ser como él, como Flor, incluso como Felipe.
Las distancias quizás eran insalvables. ¿Cuándo dejaba una de actuar como si el mundo le perteneciera? ¿Cuándo aprendería lo que ellos parecían saber desde siempre? ¡Cómo echaba de menos a Flor!
Últimamente sentía estar en rebeldía contra el mundo. No sólo por su incorporación al Movimiento, sino porque la conciencia más sólida de su propio ser, la enfrentaba a otras realidades más sutiles; discusiones con Felipe, con Julián, la mirada burlona de Adrián, el general, la llamada de atención de Sebastián… el mundo de los hombres…
"No confundas lo de Sebastián con eso" -se dijo débilmente.
EL JEEP DESTARTALADO atravesaba brioso el camino enfangado por la lluvia reciente. El conductor, un hombre de mediana edad, facciones agradables y bonachonas, "Toñito" lo llamaba Felipe, apretaba el timón que se movía ampliamente cual si no tuviera conexión con las ruedas del vehículo.
Habían salido en las primeras horas de la madrugada. Apenas empezaba a amanecer. Tomaron la carretera hacia el norte, desviándose en cierto lugar hacia el interior del valle franqueado por montañas.
El paisaje recobrado por la luz, se insinuaba pastel, rosas y verdes, húmedo y nuboso.
Felipe y ella viajaban en la parte delantera del jeep. En los asientos traseros, dos hombres y una mujer apenas si se dejaban sentir a través de retazos de una conversación de murmullos. Los habían recogido en diferentes puntos de la ciudad.
Lavinia callaba temerosa de decir algo indebido, algo que pudiera poner en peligro la "compartimentación". Era la primera vez que se relacionaba con otras personas del Movimiento y desconociendo las reglas del juego en esas situaciones, optaba por el silencio.
Felipe dormitaba. Sólo el chofer parecía relajado, viejo en el oficio quizás y, de vez en cuando, tarareaba tonadas de moda o viejas canciones de Agustín Lara.
El sol, al despejar la bruma, alumbraba extensiones plantadas de maíz y cebollas. Estaban en una zona campesina. Hasta aquí no llegaba ni la luz eléctrica. No se veían postes semejando cruces en el camino, ni gorriones sobre el tendido de los cables de alta tensión, como en la ciudad.
Olía a bien, a limpio, a vacas lejanas, a caballos.
– ¿Cuánto falta? -dijo Felipe, espabilándose después de un brusco movimiento del vehículo.
– Ya estamos cerca -contestó Toñito, y los dos retornaron a su silencio.
– Ya estamos cerca, pensó Lavinia. Esperaba no resultar deficiente en el "entrenamiento". Felipe le explicó sobre ejercicios, formaciones, arme y desarme, clases de tiro, "cosas que se aprendían en una escuela de fin de semana". Aunque nunca había sido muy destacada en los deportes o juegos atléticos y lo único en su haber eran clases de gimnasia rítmica, y ballet en la adolescencia, no pensaba que debía preocuparse demasiado por los ejercicios porque era buena caminante y tenía un cuerpo naturalmente firme. Le preocupaban las clases de tiro. Hasta el día del almuerzo con Vela, nunca tuvo un arma en la mano. Ante el general, apenas si había tocado el metal aduciendo el horror "femenino" a las armas de fuego -horror que, por demás, había sentido ese día ante aquellos mudos instrumentos de quien sabe cuántos asesinatos-. En una ocasión, su tía Inés, que conocía de escopetas porque, de niña, solía acompañar al abuelo en cacerías de venados, le mostró el mecanismo de un viejo revólver que guardaba en la gaveta de las cosas "sagradas", junto con misales, rosarios y cartas de novios de juventud. A ella le impresionó la delicada arquitectura interior, la aplicación de la física a la balística, los mecanismos cuidadosamente sincronizados. Fue la primera vez que miró de cerca uno de aquellos objetos a los que su madre tenía un horror fervoroso. "Prohibido tocar, prohibidísimo ni siquiera acercarse" decía cada vez que el padre sacaba un viejo revólver cuando escuchaba ruidos de ladrones.
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