Gioconda Belli - La Mujer Habitada

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La mujer habitada sumerge al lector en un mundo mágico y ferozmente vital, en el que la mujer, víctima tradicional de la dominación masculina, se rebela contra la secular inercia y participa de forma activa en acontecimentos que transforman la realidad. Partiendo de la dramática historia de Itzá, que por amor a Yarince muere luchado contra los invasores españoles, el relato nos conduce hasta Lavinia, joven arquitecta, moderna e independiente, que al terminar sus estudios en Europa ve su país con ojos diferentes. Mientras trabaja en un estudio de arquitectos, Lavinia conoce a Felipe, y la intensa pasión que surge entre ambos es el estímulo que la lleva a comprometerse en la lucha de liberación contra la dictadura de Somoza. Rebosante de un fuerte lirismo, La mujer habitada mantiene en vilo al lector hasta el desenlace final.

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Y ahora ella iba camino a "clases de tiro; arme y desarme". Aprendería a manejar armas de fuego. Quizás guardaría armas en su casa. No lograba imaginarse a sí misma disparando. ¿Qué se sentiría al apretar el gatillo?

¡Qué lejos estaban sus padres de sospechar estos rumbos de su vida! pensó. Desde el día del baile los visitó dos tardes como lejana conocida. Tomaron café y comieron galletas en la sala de la casa. De vez en cuando hablaban por teléfono. Sus padres indagaban sobre su vida social, pero no hacían muchas preguntas. Había quedado establecida entre ellos una distancia ancha desde cuyos extremos apenas si el afecto asomaba en gestos y palabras cifrados. Así lo había querido ella. Era mejor dejar sentado el distanciamiento cortés. No podía arriesgarse a las intimidades y visitas imprevistas de sus padres.

Piensa en los suyos. Aun cuando quiera obviarlos, las imágenes aparecen en los momentos más inesperados. En el peligro, la he sentido añorar el regazo de su madre y el de esa otra mujer, que aparece en sus recuerdos desleída por el tiempo. Pareciera que hay asuntos en su vida sin resolver. Carencias profundas. Caricias que le faltaron. La infancia cuelga de su fantasía como región de bruma y soledad y, a ratos, la atrapa en un confuso mundo de espíritus silentes y tiempo ido. Ella nunca se despidió. Sus padres no la bendijeron. No la vieron marchar en la distancia como mira un arquero la flecha lanzada lejos. No la han dejado libre.

Toñito codeó a Felipe.

– Llegamos -dijo, deteniendo el vehículo.

Estaban al fin del camino de tierra. Terminaba abruptamente en un cerco de finca. La vegetación alrededor era espesa. Tupidas extensiones sembradas de plátano se alzaban a ambos lados.

Felipe indicó a todos que bajaran. Descendieron en silencio mirando incomprensiblemente aquel lugar en medio de ninguna parte. No se veían más que plátanos. Indicó a Lavinia y los demás que lo esperaran cerca del alambrado mientras hablaba con el chofer.

El viejo jeep destartalado inició su retroceso por el camino levantando polvareda. "Toñito" alzó la mano en señal de adiós, cuando dio la vuelta, y enrumbó de regreso, alejándose.

– Vamos por aquí -dijo Felipe, indicando un lugar en la alambrada.

Tomaron turnos para levantar los alambres y pasarse debajo del cerco.

Caminaron por espacio de media hora aproximadamente, cerca unos de los otros, callados. Finalmente llegaron a un claro donde se alzaba una vieja casa hacienda.

Era ya pleno día, pero no se veían en la casa señales de actividad.

Diríase que la casa estaba abandonada y, sin embargo, los platanales…

Felipe se acercó y golpeó una de las puertas: tres golpes fuertes, seguidos por otros dos golpes rápidos.

Era la señal. La puerta se abrió y de la casa salieron dos hombres jóvenes, vestidos de blue jeans, descalzos y sin camisa.

Abrazaron sucesivamente a Felipe, mirando mientras lo hacían, al pequeño grupo que lo acompañaba.

– ¿Estos son los "alumnos"? -dijo el más alto de los dos, un muchacho bien parecido, de largas y delgadas extremidades, blanco y de pelo lacio castaño.

– Sí -dijo Felipe-, estos son y los presentó: "Inés", "Ramón", "Pedro" y "Clemencia".

El otro muchacho, grande y fuerte, los miró con un cierto dejo de broma en los ojos.

– ¿Vienen listos a cansarse? -preguntó, y todos sonrieron incómodos.

– Vamos a empezar de inmediato -dijo "René", el más alto de los dos.

Entraron a la casa hacienda donde les indicaron un lugar para dejar sus cosas. A excepción de varias hamacas colgadas en el interior, sólo vieron un improvisado fogón en la esquina y varios sacos.

El entrenamiento se inició en el patio. Lavinia no entendía aquel lugar.

¿Dónde estarían los campesinos, quién viviría allí?, pensaba, mientras René les mandaba numerarse e indicaba que, durante todo el tiempo que estuviesen allí, todos se llamarían por números.

A Lavinia le tocó el número seis, el último.

Felipe se encontraba sentado en el viejo y desvencijado corredor. Desde allí la observaba.

– Vamos a dividir las clases. Yo les daré elementos de formación cerrada y táctica militar; Felipe impartirá la clase de arme y desarme; Lorenzo hará la vigilancia diurna y en la noche vamos a turnarnos -decía René en tono profesional-. No quiero risas, ni conversación, hasta que hagamos un descanso. ¿Entendido?

– Entendido -dijeron los dos hombres y la mujer, mientras Lavinia movía la cabeza en sentido afirmativo, pensando que los otros parecían más duchos que ella.

Toda la mañana pasaron en aquel patio, aprendiendo las "voces de mando", los movimientos correspondientes: firmes, derecha, izquierda, media vuelta, marchen, numerarse de frente a retaguardia… "media vueeelta" gritaba René y todos giraban con los talones juntos…

No lograba comprender para qué podría servir el aprender aquello que más parecía destinado a soldados que guerrilleros, pero se aplicó cuidadosamente, sudando cuando empezaron los ejercicios físicos hasta que, misericordiosamente, René dio la voz de "descaaanseen".

Vio a Felipe hacer señas con la mano y separándose del grupo, lo siguió entre los platanales hasta un arroyuelo que corría cercano.

– Aquí te podés echar agua para refrescarte -le dijo, tirándole cariñosamente del pelo-, estás bien sucia.

– ¿Y los otros? -preguntó Lavinia- ¿por qué no vamos a llamarlos? Seguro que también quieren lavarse la cara, echarse agua.

– Ya vienen -dijo Felipe-, no te preocupes. René los va a traer. Sólo quería robarme un ratito con vos… Nunca hemos estado así, en el campo.

– ¿Y de quién es esta finca?

– La casa está abandonada, como te podés haber dado cuenta. Forma parte de la finca de unos colaboradores. Hicieron una casa-hacienda nueva y por aquí nadie viene porque los campesinos dicen que en la casa asustan. Sólo pasan por aquí cuando es absolutamente necesario, en tiempo de cosecha, pero acaban de cortar los cepos nuevos de los plátanos… Además, la mayoría colabora con nosotros. Es relativamente seguro este lugar. Me encanta verte sucia y sudada… -añadió.

Lavinia sonrió. El agua estaba fresca, fría casi. El arroyuelo corría entre altos cañizales, llevando pedruscos y lamiendo la vereda con su canto acuático. Mientras se frotaba los brazos sudados y la cara, se preguntó cómo operaría la mente de Felipe. Apenas ayer, parecía aún disentir calladamente con Sebastián sobre la conveniencia de su entrenamiento militar. A solas con ella, externó su discrepancia, insistiendo en que aún era muy "nueva" en el Movimiento y, además, ninguna de sus tareas demandaba una preparación de aquel tipo.

Ella, decidida a no dejarse provocar, lo había escuchado como quien oyera llover, consciente de que a pesar de sí mismo, Felipe tendría que acatar órdenes. Sin embargo, como siempre que lo veía retornar a esas actitudes, no había podido evitar el sabor triste de sus comentarios, como ahora no podía evitar asombrarse al verlo tan contento, como si nada hubiese sucedido entre ellos.

– Me he portado mal con vos -dijo él de pronto, intuyendo quizás sus pensamientos-. No sé porqué me pongo tan agresivo, no sé porqué me cuesta aceptar tu participación…

– De nada vale que te estés siempre arrepintiendo -respondió Lavinia, echándose agua en el pelo-. El arrepentimiento, a fuerza de repetirse, resulta aburrido -dijo el "aburrido", sonando las "erres". No tenía ganas de pelear. Prefirió sonreír comprensiva.

Escucharon el rumor de los demás acercándose. Venían riendo bajito, haciéndose bromas sobre el reumatismo, el dolor de huesos, los músculos tiesos… bromas tímidas, de desconocidos que se ven de pronto unidos en un naufragio o una aventura, a cuyo término la vida o la muerte esperan agazapadas.

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