En la sala, una de las paredes estaba cubierta por una foto mural de un bosque en otoño.
– Siéntese -dijo la señorita Montes-, mi hermana no tarda; está terminando de probarse un vestido. Hoy es el día que viene la costurera… Usted sabe cómo es eso… ¿No quiere tomar algo?
– Una coca-cola, por favor…
La mujer se levantó y caminó hacia una cortina. Al descorrerla, apareció un mueble empotrado. La señorita Montes, utilizando un manojo de llaves que cargaba colgado a la cintura, abrió la hoja que servía de tapa, provocando el chisporroteo de los tubos de neón que se encendieron iluminando un interior de espejo, cristalería y botellas de licor. Sacó un vaso y se inclinó para abrir el pequeño refrigerador, también empotrado del que sacó hielo y coca-cola.
– Los muebles empotrados le encantan al general -dijo mientras se acercaba, después de cerrar todo otra vez con llave, poniendo frente a ella la coca-cola y el vaso con hielo.
– Ahorran espacio -dijo Lavinia, pensando en lo decadente de aquel bar de pésimo gusto.
– Es lo que él dice. Él es muy económico -dijo- y, además, no le gusta que el servicio ande tocando lo que no debe. Ya sabe usted… dejar el licor al alcance de las sirvientas es como despedirse de él. Se lo roban. Siempre tienen un novio o un pariente a quién dárselo. Por eso mandó a construir ese bar, con la refrigeradora allí mismo; todo con llave. Es la única manera. Al principio a mí me costó acostumbrarme a andar desenllavando muebles cada vez que necesitaba algo… en mi casa no se enclavaba nada, pero, claro, no es lo mismo…
– ¿Desde hace cuánto vive con ellos? -preguntó Lavinia.
– ¡Uhhh!. Desde que nació el niño… trece años. Sí, trece años. Es tremendo cómo pasa el tiempo, ¿verdad?
– ¿Y su familia de dónde es?
– De San Jorge. Mi papá era administrador de " La Fortuna ". La conoce, ¿verdad? Es la hacienda de tabaco del Gran General. Allí fue que se conocieron mi hermana y mi cuñado… Entonces, él apenas era custodio del Gran General. Llegaban con frecuencia a la hacienda. Al Gran General le gustaba llevar invitados los fines de semana a montar a caballo, bañarse en el río… era bien alegre cuando llegaban. Se armaban unos grandes jolgorios, se mataban reses, cerdos y claro, mi hermana era joven y bonita… Florencio se enamoró de ella. Después se casaron. El Gran General fue el padrino. Ascendió a Florencio como regalo de boda y así le fue tomando más y más confianza, hasta ahora que ya es general… ¡quién hubiera dicho en aquel tiempo! -hizo una pausa como recordando-. Como yo nunca me casé, cuando tuvieron el niño me pidieron que viniera con ellos, para ayudarles en el cuido… Mi hermana nunca ha sido muy dada a los niños… Yo era sola. Mi papá ya se había muerto -de asma se murió el pobre- y mi madre murió cuando yo nací… así que contenta me vine. En realidad, mi ilusión era estudiar para monja, pero, en fin, igual sirvo a Dios en esta casa… después de todo, la vida de las monjas es muy dura y a mí me gustan ciertas cosas de la vida… Las prendas, por ejemplo -dijo señalando sus pulseras y sonriendo con picardía-, me encantan. Y me encanta ir a los bailes y ver a la gente elegante, bien vestida. Y no bailo, pero me encanta ver bailar… a propósito, ¿qué tal le fue en el baile?
Lavinia terminaba la coca-cola. Nunca hubiera imaginado tan parlanchina a la señorita Montes.
– ¡Ah! Me fue muy bien. Fue un baile espectacular -dijo-, cada año son mejores esos bailes, más lucidos, con más adornos. A mí también me encanta ver a la gente, sobre todo en esas ocasiones… Bailé toda la noche… -sonrió, divertida de su propio sarcasmo.
– Es una lástima que no hayamos podido ir -dijo ella- pero el próximo año seguro que vamos…
– ¿Y el baile del casino? -pregunto Lavinia.
– ¡Ah! También fue bonito, pero usted sabe, no es lo mismo; el mas famoso es el baile del Social Club. Ese al que fuimos nosotros no tiene tradición. Creo que el Gran General acertó en ofrecerlo y estuvo bien, la comida riquísima, champán gratis, tres orquestas, show y todo, pero sólo debutaron cinco muchachas y no eran muy bonitas que se diga… morenitas, pelito lacio, sin gracia…
Este es el fin de las ilusiones de los muchachos, pensó Lavinia, recordando las conjeturas que se hacían sobre la hermana solterona porque era callada y parecía esconder algo tras su timidez. Seguramente sólo se callaba frente a la hermana y el marido. Ahora que estaban solas, por primera vez, hablaba sin detenerse de su gusto por las fiestas, su vida brillante de ciudad.
– ¿Habrá tenido algún contratiempo el general? -preguntó Lavinia pasado un buen rato, mirando su reloj.
– No creo -respondió la señorita Montes- llamó para avisar que estaba un poco atrasado. Debió pasar un momento por la oficina del Gran General, pero aseguró que venía. Casi nunca falla al almuerzo, ¿sabe? Sólo que sea algo extraordinario… o cuando sale en misiones. Si no, siempre almuerza aquí en la casa. La cocinera es muy buena, le sabe los gustos. Además él no se pierde la siesta.
El sonido de varios automóviles, estacionando en la calle y un sonoro portazo, cruzaron el aislamiento del aire acondicionado.
– Ya llegó -dijo la señorita Montes levantándose como movida por un imán que la atrajera en opuesto sentido al de la gravedad-. Discúlpeme, voy a avisarle que usted está aquí y a llamar a mi hermana -dijo, saliendo rápidamente de la sala.
En pocos momentos, conocería al general Vela. Nerviosa, se pasó la mano por el pelo. La idea de conocerlo le causaba aprensión, miedo. La tarde en el parque, Flor la había puesto al tanto sobre su "brillante" carrera militar. La noche anterior, Felipe y Sebastián la documentaron de datos sobre su personalidad. Varios colaboradores del Movimiento, guardando prisión, lo habían conocido en los largos interrogatorios. Jugaba el papel del "bueno", el que llegaba después de las torturas a pedirles que no lo obligaran a maltratarlos más. En las montañas, se le conocía como "el volador". Era a él a quien se atribuía la idea de lanzar vivos a los campesinos de los helicópteros si no aceptaban colaborar con la guardia o denunciar a los guerrilleros. También tenía a su crédito las "cárceles enlodadas" del norte: fosos de paredes de concreto y piso de lodo, cerrados con una losa también de concreto donde apenas había una diminuta abertura para ventilación y donde se encerraba a los campesinos por días y días hasta que se desmayaban por el olor de sus propios desperdicios o perdían la razón…
Era la mano derecha del Gran General, tanto por su efectividad en aterrorizar a los campesinos y combatir a la guerrilla, como por su habilidad para mantener el orden en sus subordinados. El Gran General se preciaba de él como hombre sencillo que había logrado superarse. "Es hechura mía", solía decir.
Eran conocidas también las funciones desempeñadas por Vela para proveer al Gran General con mujeres jóvenes y bonitas para sus correrías (los "jolgorios", como los llamaba la señorita Montes).
"Debes hacer uso de tu clase, había dicho Sebastián, actúa seria y cortés, pero hacele sentir que te consideras por encima de él aunque sin restregárselo en la cara. Sé gentil, estilo princesa… inspírale confianza profesional, pero no personal…"
La idea de tener que fingir complacencia y solicitud frente a semejante personaje, le inspiraba repulsión. Recordó la conversación con Flor en el parque. Esta era su primera misión. No debía tener miedo. Tenía que salir bien.
La puerta se abrió con un movimiento brusco y fuerte; el general Vela seguido de su esposa y cuñada, se aproximó a saludarla mirándola de arriba abajo con aire de señor feudal.
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