Gioconda Belli - La Mujer Habitada

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La mujer habitada sumerge al lector en un mundo mágico y ferozmente vital, en el que la mujer, víctima tradicional de la dominación masculina, se rebela contra la secular inercia y participa de forma activa en acontecimentos que transforman la realidad. Partiendo de la dramática historia de Itzá, que por amor a Yarince muere luchado contra los invasores españoles, el relato nos conduce hasta Lavinia, joven arquitecta, moderna e independiente, que al terminar sus estudios en Europa ve su país con ojos diferentes. Mientras trabaja en un estudio de arquitectos, Lavinia conoce a Felipe, y la intensa pasión que surge entre ambos es el estímulo que la lleva a comprometerse en la lucha de liberación contra la dictadura de Somoza. Rebosante de un fuerte lirismo, La mujer habitada mantiene en vilo al lector hasta el desenlace final.

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– Poné tu mano aquí, sobre el folleto -dijo Flor, acomodándolo encima del libro en el que fingían estudiar.

– Levanta tu otra mano… aunque sea un poquito -le dijo susurrando una sonrisa- y decí conmigo…

Fue repitiendo en voz baja las palabras que Flor sabía de memoria, las del Juramento. Las dos casi sin darse cuenta susurraban aquellas frases hermosas, grandilocuentes. El parque y el árbol convertidos en catedral de ceremonia. Lavinia sintió una confusa mezcla de emoción, miedo e irrealidad. Sucedía todo tan rápido. Trató de concentrarse en el significado de las palabras, asimilar aquello de estar jurando poner su vida en la línea de fuego para que el amanecer dejara de ser una tentación; los hombres dejaran de ser lobos del hombre; para que todos fueran iguales, como habían sido creados, con iguales derechos al gozo de los frutos del trabajo… por un futuro de paz, sin dictadores, donde el pueblo fuera dueño y señor de su destino… Jurar ser fiel al Movimiento, guardar el secreto protegiéndolo con su vida si era necesario, aceptando que el castigo de los traidores era la deshonra y la muerte…

Se conmovió pensando en sí misma cual si se tratara de otra persona, contagiada del tono firme y apasionado del susurro de Flor que ya terminaba, elevando apenas la voz en el "Patria Libre o Morir".

– Patria Libre o Morir -repitió Lavinia, mientras Flor la abrazaba rápidamente, para luego guardar el folleto en el bolso, mirando vigilante (como estuvo haciendo durante la lectura) la calma del parque.

El abrazo rápido y apretado dejó en Lavinia el sabor de un afecto contenido. Se pensaría que era normal, parte del rito, el sello de un pacto normal, pero algo que no podía definir en el comportamiento nervioso de Flor, le produjo una extraña tristeza.

– Bueno, ya estás juramentada. Quería hacerlo yo -le dijo, bajando apenas los ojos, alertando la vaga tristeza de Lavinia.

Flor se pasó las manos por el pelo, recogiendo las hebras sueltas al lado de la cara, acomodándolas para atrás hacia la cola de caballo anudada con un pañuelo.

– Como te decía -continuó Flor, visiblemente superando su emoción y adoptando el tono ejecutivo de las reuniones-, están pasando cosas importantes: tuvimos en los últimos días reuniones conjuntas de los mandos de la montaña y la ciudad. Se tomaron decisiones de gran trascendencia para nuestro Movimiento… En eso andábamos ocupados -añadió a manera de explicación- (debió intuir que me sentí apartada, pensó Lavinia, conteniendo de nuevo las ganas de abrazarla).

– No te puedo dar muchos detalles, pero se acordó que es necesario darles a compañeros como vos una cierta preparación militar. Esto tiene que ver con asuntos que irás conociendo en su momento; por ahora, dada la importancia de tu trabajo con la casa del general Vela -que, por cierto, lo consideran prioritario en tu caso- se decidió plantearte la posibilidad de una preparación mínima en un fin de semana.

Asintió con la cabeza, impresionada. (Rifles, pistolas, ametralladoras, arcabuces, arcos y flechas…)

– El Movimiento, como sabes -continuó Flor-, ha venido en un proceso que hemos llamado "acumulación de fuerzas en silencio" o sea, no hemos actuado más que en las montañas, como una forma de sostener la resistencia, a la espera de mejores condiciones. Debemos empezar a prepararnos para quitarles presión a los compañeros de la montaña. Necesitamos, además, crear mayor conciencia y movilización en las ciudades… todo esto quiere decir que habrá una serie de cambios y reorganizaciones. También necesitamos mejorar la preparación y capacidad de todos los miembros… entendés, ¿verdad?

Ya entendía. Sebastián, seguramente sabiendo lo que sucedería, había ocupado los últimos viajes al camino de los espadilles para explicarle cómo estaba la situación, para hacerle entrever la necesidad de que el Movimiento actuara. Había puesto tan en evidencia la importancia de actuar que ella misma le dijo, "¿y por qué no hacemos algo? ", lo cual le arrancó una larga sonrisa.

– Sí -dijo.

– Quería también informarte -añadió Flor-, que seguirás trabajando con Sebastián. Yo tengo que hacer un viaje…

La clandestinidad, pensó Lavinia. Sabía, por las expresiones de Felipe que, en el Movimiento "hacer un viaje" era pasar a la clandestinidad.

– ¿Dónde? -preguntó, sabiendo que no debía preguntar, pero deseosa de saber que esta vez sí era un viaje real.

– No te puedo decir -dijo Flor, sonriendo y tocándole el brazo cariñosamente- pero… bueno, vos sabes de qué se trata -concedió.

Se quedaron en silencio. Lavinia meditaba si debía o no decir lo que cruzaba su pensamiento y su corazón. Flor interrumpió sus meditaciones.

– Estos momentos son siempre difíciles -dijo-. De alguna manera son como despedidas, porque no siempre tenemos el optimismo necesario para este negocio. No nos deberíamos, ni vos, ni yo, despedir con la idea de que quizás no volveremos a vernos, pero eso es lo que se siente… Además, es una posibilidad real, aunque también es real la posibilidad de que sí nos volvamos a ver.

"¿Te acordás cuando me platicabas de tu miedo? -hablaba como para sí misma, mirando los pájaros volar sobre el paisaje extendido desde la colina del parque-. Cuando me dijeron que debía pasar a la clandestinidad, sentí miedo. Me acordé de las cosas que te dije, las que he dicho a varios compañeros que empiezan, las que me decía Sebastián a mí al principio. Pero me doy cuenta de que este es otro paso y cada paso trae su dosis de miedo que es necesario superar. Pero sucede que, cada paso, a medida que aumenta la responsabilidad, la posibilidad de compartir el miedo es menor. Uno se va enfrentando a estas debilidades cada vez más solo, aunque el miedo sea el mismo. Yo quería esto. Es un triunfo para mí. No hay muchas mujeres clandestinas, ¿sabes? Es un reconocimiento de que podemos compartir y asumir responsabilidades, igual que cualquiera. Pero, como mujer, cuando uno se enfrenta a nuevas tareas, sabe que debe también enfrentarse a una lucha interna; una lucha por convencerse internamente de las propias capacidades. Teóricamente sabes que debes de luchar por iguales posiciones de responsabilidad, la cosa es, cuando ya tenés la responsabilidad, perder el miedo a ejercerla… y, además, guardarte muy bien de mostrar, por lo mismo que sos mujer, el otro miedo.

– Estoy segura que te va a ir bien -dijo Lavinia, sintiéndose trivial pero dándose cuenta de que no podía recargar su emotividad, su miedo, en el miedo de Flor.

– Eso espero -dijo ella.

– El otro día estaba pensando precisamente que hombres y mujeres nos hemos "especializado" en diferentes capacidades. Nosotras, por ejemplo, tenemos más capacidades afectivas. Ellos en eso son más limitados. Necesitarían aprender de nosotras, como nosotras aprender de ellos esa práctica más fluida de la autoridad, de la responsabilidad. Se necesitaría un intercambio -dijo Lavinia, por decir algo.

– No sé -dijo Flor, pensativa-. En este momento me parece que más bien lo que cabe es suprimir lo "femenino", tratar de competir en su terreno, con sus armas. Quizás más adelante, nos podremos dar el lujo de reivindicar el valor de nuestras cualidades…

– Pero uno debería ser capaz de "feminizar" el ambiente, sobre todo si estamos hablando de ambientes duros como la lucha… -insistió Lavinia.

– Para mí que el "ambiente de la lucha", como vos decís, está bastante "feminizado". Nos necesitamos y, por lo mismo, creamos vínculos afectivos sólidos con los demás… A mí me parece que nuestros hombres son sensibles. Es la muerte, el peligro, el miedo, lo que le obliga a uno a crear defensas… defensas necesarias. Sin ellos, no sé cómo podríamos seguir adelante -dijo suavemente Flor.

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