Gioconda Belli - La Mujer Habitada

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La mujer habitada sumerge al lector en un mundo mágico y ferozmente vital, en el que la mujer, víctima tradicional de la dominación masculina, se rebela contra la secular inercia y participa de forma activa en acontecimentos que transforman la realidad. Partiendo de la dramática historia de Itzá, que por amor a Yarince muere luchado contra los invasores españoles, el relato nos conduce hasta Lavinia, joven arquitecta, moderna e independiente, que al terminar sus estudios en Europa ve su país con ojos diferentes. Mientras trabaja en un estudio de arquitectos, Lavinia conoce a Felipe, y la intensa pasión que surge entre ambos es el estímulo que la lleva a comprometerse en la lucha de liberación contra la dictadura de Somoza. Rebosante de un fuerte lirismo, La mujer habitada mantiene en vilo al lector hasta el desenlace final.

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"Para mí, mejor que así haya sido, pero no deja de reflejar cómo es que son.

Felipe alzó los hombros. Obviamente para él, ella no estaba descubriendo nada nuevo.

– ¿Y con quiénes bailaste? -preguntó.

Le dijo cómo los hombres se habían acercado a la mesa, las preguntas sobre si tenía o no novio.

Era interesante observar su reacción. A él tampoco pareció importarle mucho lo que ella hubiera pensado, ni siquiera le preguntó por sus padres. Después de lo político, tenía un interés de macho por saber quienes se habían acercado. Irradiaba inseguridad desde la aparente indiferencia con que su rostro volvía a adquirir la suave sensualidad de la somnolencia para seducirla, para hacerle un amor frenético y violento a través del cual sentir que la poseía y así vengarse de boleros y otros ritmos.

Capítulo 16

FLOR LE RECORDABA A LA TÍA INÉS. Eran tan diferentes y, sin embargo, había momentos en que Lavinia no podía dejar de sentir que algo tenían en común las dos; una cierta manera grave de hablar de la vida, de percibir pliegues íntimos de las cosas.

– Te preocupas demasiado por eso de la aceptación -decía Flor-. O por la identidad… Cada uno de nosotros carga con lo propio hasta el fin de los días. Pero también construye. Como arquitecta debías saberlo. El terreno es lo que te dan de nacimiento, pero la construcción es tu responsabilidad.

– Precisamente como arquitecta, sé cómo influye el terreno… -sonreía Lavinia-. Pero es verdad lo que decís. No sé por qué me preocupa tanto.

– Así es. No te "preocupes" tanto. Ocúpate mejor en dar lo máximo de vos misma. La aceptación vendrá poco a poco. Lo importante es ser honesto con uno mismo. Eso es lo que los demás aprenden a respetar.

Flor era así. Sin estridencias, ni extremismos. A Lavinia no dejaba de sorprenderle descubrir, mientras más la conocía, la profundidad y la ternura que albergaba detrás de su apariencia seria, mesurada, a veces adusta.

Las dos, entre sesiones de estudio y largas noches cosiendo "embutidos" -material y correspondencia que se enviaba a la montaña, disimulado en objetos inútiles- habían desarrollado una sincera y fraterna amistad. Hablaban de sueños y aspiraciones.

Compartían lecturas feministas y diseños de relaciones "nuevas" entre hombres y mujeres.

Ahora, mientras sentada en el alto trípode dibujaba propuestas para la casa de los Vela, Lavinia echaba de menos a Flor. Hacía semanas que la veía poco. Parecía andar sumamente atareada, igual que Sebastián y Felipe.

Ella, por su parte, dedicaba casi todo su tiempo a terminar el anteproyecto de los planos. Julián la había relevado de otras obligaciones, pidiéndole que concentrara su talento y energía en aprovechar al máximo los delirios de grandeza del general y su familia.

Se levantó de la mesa y fue hacia el escritorio. Estaba atiborrado de revistas norteamericanas. Al lado del teléfono vio las postales de la casa de William Hearst en California: la piscina griega con incrustaciones de lapislázuli y oro, los salones semejando palacios medievales, cuarenta habitaciones… Era útil conocer los gustos de las mentalidades ostentosas; reducidas a escala, se parecían.

Se acomodó en el sillón, recetándose un descanso. Le agotaba el esfuerzo de diseñar, violentando constantemente principios de la sencillez y hasta de la estética para complacer los gustos de la voraz señora Vela. Sacó un cigarrillo y aspiró el humo, exhalando círculos blancos que se deshacían con nubes rotas contra la luz de neón de las luminarias del techo. Por el ventanal divisó la lluvia leve de mayo, suavizando la claridad del día.

El teléfono repicó. Era la señora Vela. Pasada la primera reticencia sobre el tipo de terreno que su esposo seleccionara, al comprender las posibilidades de la construcción en varios niveles, su entusiasmo se había desbordado. Casi a diario la llamaba con ideas para la casa.

Ese día se le había ocurrido ceder su "cuarto de costura", al lado del cuarto de música, para brindarle una sorpresa al marido.

– Él tiene una colección de armas, ¿sabe? -decía la señora Vela por teléfono-. Se me ocurre que exhibirlas en las paredes de esa habitación se vería muy bien, ¿no cree?

– Pero usted se quedaría sin su cuarto de costura -dijo Lavinia-. Recuerde que él ya tiene el cuarto de música con el bar y el billar.

– No importa, no importa -dijo la señora Vela-. La verdad es que yo nunca coso. La costurera se puede acomodar en cualquier parte.

Mientras hablaba con la señora Vela, Lavinia barajaba las postales de la casa de Hearst. Recordó haber visto una armería en una de las habitaciones. Encontró la lámina multicolor, Secret chamber, decía la postal en el reverso. Todavía escuchando la perorata de la mujer, su mente empezó a fabricar posibilidades.

– Puede ser, puede ser -dijo Lavinia-. Tiene razón. Al general le va a encantar la idea. No tengo dudas. Voy a trabajar en una propuesta y la vemos la próxima semana, ¿le parece?

Colgó el auricular y se quedó pensando. El diseño de las estanterías, facilitaría el acceso al general Vela. Ella necesitaría detalles sobre las armas para determinar tamaños, pesos, el esquema de distribución de los estantes. Sería lógico argumentar la importancia de una reunión de trabajo con él.

Volvió al derecho y al revés varias veces la postal de la casa de Hearst. Un cuarto secreto para las armas no podría dejar de seducir al general Vela. Se levantó entusiasmada a la mesa de dibujo.

Al atardecer todavía estaba haciendo cálculos.

Poco antes de la hora de salida, Mercedes apareció en el dintel de la puerta, preguntándole si quería café. Llegó hasta la mesa y se puso a mirar por encima de su hombro.

– ¿Por qué está dibujando rifles y pistolas? -le preguntó.

– Porque la señora Vela quiere una armería -respondió-, un cuarto para exhibir la colección de armas de fuego que el marido ha venido acumulando desde su ingreso al ejército.

– Cada día quiere algo nuevo, ¿verdad? Para eso es que la llama…

– Sí.

Mercedes guardó silencio. Caminó alrededor de la mesa, tocando los pinceles y los lápices distraídamente.

– Le gusta este trabajo, ¿verdad?

– Pues sí, es bonito.

– A mí me gusta el mío también, pero hoy estoy deprimida.

– ¿Qué te pasa?

– Estoy con problemas.

– ¿Otra vez? -dijo Lavinia sin poder evitarlo. Mercedes le hacía confidencias de vez en cuando. Todos en la oficina conocían a Manuel, quien la visitaba y con el que sostenía interminables conversaciones telefónicas. Era casado. Constantemente le prometía abandonar a la esposa. Se lo estaba prometiendo desde hacía dos años, según Mercedes.

– Resulta que la esposa de Manuel está embarazada. Él me decía que vivía con ella por los hijos. Supuestamente apenas si se hablaban. Hoy me llama una amiga y me dice que la esposa está embarazada…

– Bueno, yo ya te había dicho que ese cuento me parecía flojo…

– A mí también -dijo, mirando por la ventana el paisaje nublado- pero yo quería creerle. Llegué a pensar que realmente lo hacía por sus hijos… estoy convencida que los adora. Pero ahora no sé qué hacer…

– Vos sos una mujer joven, Mercedes, sos guapa, inteligente. Te mereces algo mejor que estar de segundona. ¿Por qué no lo dejas de una vez? Vas a ver que no es el único hombre en el mundo.

– Todos los hombres son iguales.

– Puede ser, pero algunos son solteros por lo menos.

– Pero yo ya estoy "manchada". A los solteros les gusta casarse con vírgenes. A lo único que puedo aspirar es a otro amante… Por eso los hombres casados siempre me andan persiguiendo.

En cierta medida, pensó Lavinia, tenía razón. El tipo de hombre con los que Mercedes se relacionaba, aspiraba a escalar en la esfera social. Por lo mismo, asumían, llevándolos al extremo, los valores considerados aceptables en los círculos más sofisticados de la sociedad. Una mujer, después de sostener relaciones con un hombre casado, tendría dificultades en ese mercado matrimonial. La buscarían como amante, pero para esposa preferían una criatura inocente, fácilmente moldeable y dócil. Una mujer "intachable" se consideraba necesaria para introducirse en determinados círculos. El pasado de Mercedes podría resultarles "embarazoso". Sin embargo…

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