Gioconda Belli - La Mujer Habitada

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La mujer habitada sumerge al lector en un mundo mágico y ferozmente vital, en el que la mujer, víctima tradicional de la dominación masculina, se rebela contra la secular inercia y participa de forma activa en acontecimentos que transforman la realidad. Partiendo de la dramática historia de Itzá, que por amor a Yarince muere luchado contra los invasores españoles, el relato nos conduce hasta Lavinia, joven arquitecta, moderna e independiente, que al terminar sus estudios en Europa ve su país con ojos diferentes. Mientras trabaja en un estudio de arquitectos, Lavinia conoce a Felipe, y la intensa pasión que surge entre ambos es el estímulo que la lleva a comprometerse en la lucha de liberación contra la dictadura de Somoza. Rebosante de un fuerte lirismo, La mujer habitada mantiene en vilo al lector hasta el desenlace final.

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– Recordá que las vírgenes son una especie en extinción -dijo Lavinia.

– Pero todavía hay suficientes… -dijo Mercedes, sonriendo.

– Pues te quedas sola, Mercedes. Es mejor estar sola que mal acompañada. Si te sentís infeliz con Manuel, no veo por qué seguir con él.

Mercedes miraba las revistas sobre el escritorio con expresión ausente. Buscaba aparentemente resolver su problema, pero en el fondo, pensó Lavinia, estaba atrapada en un enamoramiento de telaraña.

La vio iniciar el camino hacia la puerta.

– Es que yo le quiero -dijo Mercedes-. Ya me voy. La estoy atrasando.

Y salió apresurada.

Pensativa, Lavinia miró por la ventana las nubes del atardecer cubriendo el cielo grisáceo de rosa y violeta.

Le daba pena Mercedes. Era casi una maldición, pensó, aferrarse así al amor. Y tan femenino. Cómo harían los hombres, se preguntó, para apartar esas preocupaciones en su vida cotidiana. Al menos para no perder la concentración, no sentir que la tierra se movía bajo sus pies cuando los afectos no andaban bien. Ellos parecían tener el poder de compartimentar la vida íntima, encerrarla en diques sólidos, inconmovibles, que impedían se les contaminara el resto de la existencia. Para las mujeres, en cambio, el amor parecía ser el eje del sistema solar. Una desviación y se desataba el deshielo, la inundación, la tormenta, el caos.

Escuchó los sonidos de la hora de salida, los apagadores de las lámparas de dibujo, las llaves, los hasta mañana. Había emborronado papeles y más papeles mecánicamente, sin pensar en lo que hacía, distraída por las cuevas húmedas de la vida: revisó las hojas antes de tirarlas a la basura: armas de fuego, pistolas, rifles y qué extraño, había dibujado arcabuces antiguos, y tensos, estilizados, incontables arcos y flechas…

Lavinia piensa en el sexo color de níspero y se pregunta por el amor.

El tiempo no transcurre: ella y yo tan lejanas podríamos conversar y entendernos en la noche de luna alrededor de la fogata. Innumerables las preguntas sin respuesta. El hombre se nos escapa, se desliza entre los dedos como pez en río manso. Lo esculpimos, lo tocamos, le damos aliento, lo anclamos entre las piernas y aún sigue distante cual si su corazón estuviese hecho de otro material. Yarince decía que yo quería su alma, que mi deseo más profundo era soplarle en el cuerpo un alma de mujer. Lo decía cuando le explicaba mi necesidad de caricias, cuando le pedía manos suaves sobre mi cara o mi cuerpo, comprensión para los días en que la sangre manaba de mi sexo y yo andaba triste, tierna y sensible como una planta recién nacida.

Para él, el amor era puique, hacha, huracán. Lo apaciguaba para que no le incendiara el entendimiento. Le temía. Para mí en cambio, el amor era una fuerza con dos cantos: uno de filo y fuego y otro de algodón y brisa.

Mi madre decía que sólo a la mujer le había sido dado el amor; el hombre conocía apenas lo necesario. Los dioses no habían querido distraer su fuerza. Pero ya había visto hombres enloquecidos por el amor y podía decir que hasta Yarince, por conservarme a mí a su lado, había incurrido en reprimendas de sacerdotes y sabios. No podía aceptar, como mi madre, que llevaran dentro de sí sólo la obsidiana necesaria para las guerras. Me parecía que ocultaban el amor por miedo de parecer mujeres.

Acordaron encontrarse en el Parque de los Ceibos. Desde hacía algunas semanas, desde que estaban todos tan ocupados, Lavinia no visitaba la casa de Flor. La veía poco; generalmente en lugares públicos: parques, restaurantes, o mientras la llevaba de un lugar a otro en automóvil. Flor también frecuentaba el camino de los espadilles.

En el parque solían encontrarse bajo un ceibo monumental. Sentadas en el extremo más apartado, sobre una banca de concreto, aparentaban ser estudiantes con libros y cuadernos. A Lavinia le gustaba encontrarla allí. Las ramas extensas del árbol formaban un círculo de sombra, un encaje verde con trozos de azul. Desde ese lugar podían mirar a los niños jugando en la locomotora de un viejo tren abandonado y, en el silencio de la tarde, escuchar las risas infantiles lejanas.

Llegó a la hora convenida. Flor aún no estaba. Aparcó el carro en el estacionamiento, sacó los libros y cuadernos necesarios para la "cobertura" estudiantil y caminó sin prisa hacia la banca. Hacía calor. Los días sin lluvia de la estación invernal, podían ser extremadamente calurosos y húmedos.

Esa tarde tan sólo unos pocos niños jugaban en el viejo tren. Eran todos pequeños y con las ropas desteñidas y viejas, remendadas incontables veces. Con las diminutas piernas se esforzaban por trepar a lo alto de la locomotora. A un lado, sobre el césped, los canastos y bateas de dulces, cigarrillos y chiclets, que sus madres los enviaban a vender al parque, yacían abandonados al picoteo de uno que otro pájaro.

Más tarde, cuando llegaran los niños ricos con las niñeras vestidas de pulcros uniformes y delantales blancos, ya ellos no podrían jugar en el tren. Tendrían que conformarse con mirar los juegos desde los andenes del parque, mientras balanceando su mercancía, pregonarían con sus vocecillas chillonas: "laaaas cajetas, laaaas cajetas…"; "aquí van loooooos cigarrillos…".

Minutos después, Flor se acercó por la vereda. Traía el morral donde guardaba sus ropas de enfermera al salir del hospital. Aún podían verse, bajo el ruedo de los desteñidos bluejeans, las gruesas medias blancas y los zapatos austeros del oficio, en contraste con la floreada blusa.

Lucía cansada, ojerosa. Ya a Lavinia le había parecido, cuando la encontrara días atrás, que Flor había perdido peso; ahora, el rostro afilado no dejaba lugar a las dudas, estaba bastante más delgada. Sin embargo, los ojos le brillaban y sus movimientos eran nerviosos, los ritmos corporales alterados por la prisa.

– Hola -le dijo, inclinándose para darle un beso en la mejilla y palmaditas en el hombro-, perdóname que me retrasé un poco. No encontraba bus. Se me descompuso el carro otra vez. Creo que esta es la definitiva.

El carro de Flor, "Chicho", como le decían, había entrado en una vejez decadente y decrépita que lo mantenía en el "hospital" constantemente.

– ¿Lo llevaste al "hospital"?

– Creo que ni lo voy a llevar ya. No vale la pena. Lo reparan y a los pocos días, se vuelve a descomponer. Tal vez pueden venderlo como chatarra. Me da pesar porque le tengo cariño, pero la verdad es que ya está "anciano".

– De todas formas podemos seguir usando mi carro -dijo Lavinia.

– De eso vamos a hablar -dijo Flor, sacando un cigarrillo y removiendo el interior del bolso, buscando el encendedor.

En silencio, tensa, Lavinia esperó que encontrara el chispero y expeliera, finalmente, una gran bocanada de humo.

– Bueno -dijo Flor, con el tono de quien inicia una conversación importante-. Me imagino que te habrás dado cuenta de que estamos más ocupados que de costumbre.

Lavinia asintió con la cabeza. Sin saber de qué se trataba había percibido el incremento de la actividad a su alrededor. Le entristecía no ser partícipe, pero estaba consciente que el Movimiento tenía sus reglas no escritas, sus ritos y noviciados.

– Están pasando cosas… -dijo Flor. De pronto, levantó la cabeza y la miró fijamente-. ¿Vos ya hiciste juramento?

– No -dijo Lavinia, recordando haber leído en los folletos aquel lenguaje a la vez hermoso y retórico, el pacto simbólico, el compromiso formal de ingreso al Movimiento.

Flor removió de nuevo en su bolso (parecía uno de aquellos bultos infantiles repletos de tesoros que los niños suelen guardar bajo la cama) y sacó el folleto que Lavinia reconoció era el de los Estatutos, al tiempo que el reflejo del miedo le hizo mover la cabeza de un lado al otro del parque. Sólo los niños seguían jugando. Se tranquilizó.

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