Gioconda Belli - La Mujer Habitada

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La mujer habitada sumerge al lector en un mundo mágico y ferozmente vital, en el que la mujer, víctima tradicional de la dominación masculina, se rebela contra la secular inercia y participa de forma activa en acontecimentos que transforman la realidad. Partiendo de la dramática historia de Itzá, que por amor a Yarince muere luchado contra los invasores españoles, el relato nos conduce hasta Lavinia, joven arquitecta, moderna e independiente, que al terminar sus estudios en Europa ve su país con ojos diferentes. Mientras trabaja en un estudio de arquitectos, Lavinia conoce a Felipe, y la intensa pasión que surge entre ambos es el estímulo que la lleva a comprometerse en la lucha de liberación contra la dictadura de Somoza. Rebosante de un fuerte lirismo, La mujer habitada mantiene en vilo al lector hasta el desenlace final.

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– ¡Parece que estás más popular que nunca! -decía Sara, mientras se sentaban.

– Estoy empezando a sospechar que tu "retiro" era parte de un plan para aumentar la demanda y rendir admiradores a tus pies -decía Adrián divertido.

– Escogiste un buen lugar -dijo Lavinia, sonriendo enigmática, respirando el aire fresco de la noche, mientras miraba las flores de loto en la piscina y el puente donde pasarían las debutantes.

Una vez sentada recorrió el salón con los ojos. Mesas cubiertas con manteles y adornos florales colmaban el salón. La mayoría estaban ya ocupadas, mientras otras lucían letreros de "reservado". De una mesa a otra, las miradas inspeccionaban peinados, vestidos. La concurrencia femenina parecía inmersa en el juego de pretender saludarse de lejos, reconocerse los trajes anunciados en conversaciones telefónicas o en comentarios de modistas comunes. No vio a sus padres. Aún no llegaban o estaban ocultos tras los gruesos pilares revestidos de flores y plantas. Quizás podría encontrarlos cuando se iniciara el desfile y los invitados se sentaran.

De lejos, Lavinia reconoció y saludó a varias amigas de colegio, muchas con sus flamantes esposos llevándolos del brazo. Antonio y Florencia le hicieron grandes aspavientos de saludo desde la mesa cercana de la pandilla. Se levantó a saludarlos moviendo airosa el borde de su vestido rojo.

– Parece que ahora sólo te vamos a ver en estos lugares despreciables…-dijo Antonio, socarrón, cuando ella se aproximó.

– Nos has abandonado totalmente -dijo Sandra.

– No. Nada de eso -aseguró Lavinia, sonriendo, contenta de encontrarlos-, ya se me está pasando la onda de seriedad…

– ¿Y la onda del Felipe ese? -preguntó Antonio.

– No seas curioso -dijo Lavinia, haciendo un guiño. El presidente del club cruzó el salón dirigiéndose al micrófono.

– Ya va a empezar -dijo Florencia, con tono de niña de escuela. Lavinia retornó a la mesa con Sara y Adrián. Se sentó cuando empezaba el discurso.

– Buenas noches, queridos socios -tronaron los altoparlantes ocasionando la movilización general hacia las mesas. El murmullo general de excitación ante el inicio del espectáculo, fue bajando hasta crear el silencio necesario para las palabras del presidente, quien en tono de solemne regocijo continuaba:

– "Como todos los años en la querida tradición de nuestro club, nos hemos dado cita hoy en el baile anual, para dar un cálido recibimiento a las bellas y distinguidas señoritas, hijas de nuestros honorables socios, que hoy serán presentadas en sociedad…

El discurso ensalzó las cualidades de las damitas, cuyos nombres junto a los de sus respectivos padres, fueron leídos con aplausos.

"Ahora las nombrará una a una" se dijo Lavinia, recordando cuando ella fue una de las nombradas: la espera en el tocador de señoras, en lo alto de la escalera, a que anunciaran su nombre, para bajar, mientras la orquesta tocaba La vida en rosa. No hubo puente en la piscina esa vez, afortunadamente.

Ahora el presidente, con aire teatral, apoyado por el redoble del tambor de la orquesta, anunciaba a la primera debutante, la "novia" del club: Patricia Vilón (la recordó bulliciosa en los corredores del colegio, entre las niñas menores que ella). La muchacha apareció en la pasarela con un vestido de brocado blanco cargado de chaquiras y lentejuelas, con una rosa en su pelo castaño, caminando por el puente cual si se sintiera Miss Universo. La orquesta explotó con la gran marcha de Aída, de Verdi, sobre los aplausos de los asistentes.

Con la mano extendida, el presidente esperaba a la "novia" en el extremo final de su recorrido. Con una sonrisa de satisfacción e importancia, la tomó del brazo y la colocó a su lado, en un semicírculo formado por los padres de las otras muchachas.

Murmullos y aplausos acompañaban la aparición de aquellas visiones blancas y vaporosas, de flores en el pelo, que iban colocándose al lado del presidente y la "novia".

Sara y Adrián aplaudían y comentaban. Ella también aplaudió, recordando las instrucciones de Sebastián de mostrarse feliz, como "pez en el agua". Ese había sido su ambiente, después de todo, aunque ahora se sintiera fuera de lugar. El sentido de lo absurdo la envolvía, provocándole ganas de reírse del rito de iniciación de aquellas vestales consagradas al lujo y a la perpetuación de la especie.

Íntimamente, la reconfortaba su decisión de unirse al Movimiento, de alejarse de ese espectáculo: era imposible estar allí y no darse cuenta del desatino de aquel país donde la opulencia podía coexistir tan impunemente con los extremos de la miseria, ignorándola: ignorando los campesinos lanzados de los helicópteros por colaborar con la guerrilla, los alaridos de los torturados en los sótanos del palacio presidencial.

El baile se iniciaba. El presidente tomaba del brazo a la "novia" avanzando hacia el salón de baile, iniciando el revoloteo en las vueltas y revueltos de un vals, al que se iban uniendo el resto de los padres con las debutantes, entre aplausos y sonrisas de labios coloreados, murmullos de contento, comentarios sobre quién era la más linda, quién llevaba el vestido más "elegante".

Los invitados se levantaron de sus mesas, formando un semicírculo alrededor de la pista donde bailaban las protagonistas del acontecimiento social más "destacado" del año.

Adrián, Sara y Lavinia se acercaron, junto con los demás.

– Te acordás -le decía Sara, de pie a su lado-, cuando nos tocó a nosotras. Creo que sólo el día que me casé estuve tan nerviosa…

Recordaba todo perfectamente. De vez en cuando volvía a ver el álbum de fotos y se avergonzaba de ser ella la que aparecía del brazo de su padre, con la misma expresión que ahora veía en las muchachas danzantes.

– Yo las recuerdo a las dos -dijo Adrián- tenían caras de venaditos asustados. Gracias a Dios que a mí no me tocó ser mujer.

– Allá está tu mamá -indicó Sara, de pronto, poniéndose seria- está haciéndonos señas.

Divisó a su madre a través del salón, de pie en el círculo de observadores. Levantaba el brazo en señal de saludo. Su padre sacaba los anteojos para verla mejor.

– Se ha envejecido -comentó Lavinia, levantando el brazo para responder al saludo.

Los observó a través de una aglomeración de cabezas y dulces. Su madre había engordado un poco, acentuando su porte de matrona de cabellos grises. Su padre, en cambio, parecía haber adelgazado. No estaba tan distinto de cuando lo vio la última vez.

El círculo se rompió en ese momento, cuando a una señal del presidente, los asistentes se incorporaron al baile. Su padre y su madre se abrazaron y cruzaron bailando hacia el extremo donde ella se encontraba.

Era el "gran momento". Varias personas de las mesas vecinas se acomodaron para presenciar el encuentro, aquella reunión de plaza pública a ritmo de merengue.

– Hijita, ¿cómo estás? -dijo su madre, dándole un beso en la mejilla, como si hubiesen salido juntas de la casa-. ¿Cómo están?

– preguntó a Sara y Adrián que se inclinaron a saludarla.

– ¿Cómo estás? -dijo su padre, mirándola de arriba abajo-, te ves muy bien. -Y la abrazó apretadamente.

Se soltó del abrazo, imaginando el "corten" en una mala película mexicana, de hijos pródigos y padres arrepentidos. Le era imposible, en ese ambiente, emocionarse, responder al intento de su padre de mostrarle afecto. Lo sintió por él. Al menos, en el curso de los meses, la llamó de vez en cuando por teléfono, preguntándole si necesitaba dinero, si se encontraba bien.

– ¿Por qué no van a nuestra mesa? -sugirió Adrián, tomando control del silencio después de los saludos, sobreponiéndose a aquella escena incómoda y tensa a la que el bullicioso merengue de la orquesta amenazaba con el ridículo-. Sara y yo vamos a bailar-dijo.

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