Gioconda Belli - La Mujer Habitada

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La mujer habitada sumerge al lector en un mundo mágico y ferozmente vital, en el que la mujer, víctima tradicional de la dominación masculina, se rebela contra la secular inercia y participa de forma activa en acontecimentos que transforman la realidad. Partiendo de la dramática historia de Itzá, que por amor a Yarince muere luchado contra los invasores españoles, el relato nos conduce hasta Lavinia, joven arquitecta, moderna e independiente, que al terminar sus estudios en Europa ve su país con ojos diferentes. Mientras trabaja en un estudio de arquitectos, Lavinia conoce a Felipe, y la intensa pasión que surge entre ambos es el estímulo que la lleva a comprometerse en la lucha de liberación contra la dictadura de Somoza. Rebosante de un fuerte lirismo, La mujer habitada mantiene en vilo al lector hasta el desenlace final.

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– Esto no es juego, Lavinia -dijo Adrián-. Mientras yo esté aquí, no salís de esta casa.

– Vos no sos mi marido -respondió Lavinia-. Ni tenés por qué decidir qué es lo que hago yo. Ya me voy. Déjame salir.

Se oyeron más tiros. Lavinia, frenética, trataba de salir, pero Adrián se interponía entre ella y la puerta. Y era fuerte; aunque no era muy alto, tenía el cuerpo recio y musculoso.

– Razonemos, Lavinia, por favor -dijo Adrián-. ¿Para qué querés salir?

No podía responder. Simplemente sentía la necesidad de irse de allí. ¿Cómo explicarles eso? ¿Cómo explicarles que no quería estar en ese mundo al que sentía ya no pertenecer? Pero, poco a poco, el impulso fue cediendo a la razón. ¿Para qué quería salir? No podía unirse a los manifestantes que, a esa hora, andarían por las calles, quizás incendiando buses, expresando la rabia de haber tenido que acompañar silenciosamente el cadáver entre los soldados… No podía hacer nada más que esperar. Igual que ellos.

¿Por qué la empujé? ¿Qué me llevó a impulsarla hacia afuera allí donde se escuchaban sonidos de batalla? Ni yo misma lo sé. ¿Sentí la profunda necesidad de medir mis fuerzas? ¿O fue que en mí resonaron los recuerdos de los bastones de fuego?

No debió haber sucedido. Estoy abatida en ella. No conozco este entorno, sus manejos, sus leyes. No sé medir estos peligros desconocidos.

Creía estar lejos ya de los impulsos vivos. Pero no es así.

Cuando mi deseo es muy intenso, ella lo siente con la fuerza con que yo lo imagino.

Debo ser cauta. Me apagaré en su sangre.

– No sé qué me pasó -dijo Lavinia más tarde.

Capítulo 15

POCOS DIAS DESPUÉS, la "normalidad" retornó. La agitación momentánea cedió paso a la tensa calma. Así era en Paguas. Se acumulaba energía; se soltaba de pronto y luego igual que la tierra cuando tiembla, el paisaje volvía a recuperar sus conocidos contornos.

No había sucedido nada espectacular. Anotaciones solamente para el lado oscuro del país. Tres muertos. Algunas decenas de heridos. Presos. Buses quemados. Almacenes con las vidrieras rotas. Mediación del obispo. " La Guardia Nacional mantiene el orden en todo el territorio nacional."

Felipe y sus alumnos retornaron a sus clases nocturnas. A ninguno de ellos le tocó paliza o carcelada. No engrosaron las filas de los más belicosos. En esa ocasión, mantuvieron los riesgos al mínimo.

"Hubiera sido suicida" -dijo Felipe, dándole a Lavinia por una vez la razón. "Por cada uno de nosotros, desarmados, había diez soldados armados hasta los dientes. Los que gritaron fueron provocadores."

Los preparativos del baile continuaron.

Lavinia acudió a recoger su vestido a la dry deaning. "Frescos como la aurora en tan sólo una hora" anunciaba el lugar. Era el único establecimiento que contaba con un servicio tan inmediato.

Los dueños eran amables, prósperos y rubios emigrantes de uno de los pequeños países vecinos. Perfecto equipo matrimonial y empresarial, moviéndose diligentes a través de largas hileras de trajes primorosamente empacados en largas bolsas plásticas sobre las que podía verse el diseño de una flor roja y el nombre de la lavandería a todo lo ancho, repetido innumerables veces.

Desde el mostrador, mientras esperaba, observó la profusión de vestidos de noche y smokings, evidencia de la cercanía del baile; olvido de manifestaciones, muertos y balazos.

Extraña resultaba aquella indumentaria posada sobre las rígidas perchas alineadas en barras de metal. Mientras la dependienta tomaba el comprobante con sus datos y se perdía en la selva de trajes, buscando el correspondiente, ella pensaba cuan pronto tomarían vida aquellas telas inanimadas; cuan pronto envolverían cuerpos delgados y gruesos, pieles acuciosamente cuidadas con crema de almendras y otras delicadezas, apartadas del sol para lucir una blancura de leche y nácar.

Sería interesante ver el baile con otros ojos, pensó, estar dentro y, a la vez, fuera del espectáculo.

– Aquí está -dijo la dependienta, sacándola de sus meditaciones.

Al llegar a su casa, el teléfono repicaba. Corrió a levantarlo, temiendo que hubiese estado sonando mucho rato, que fuera Felipe y no la encontrara.

– ¿Lavinia? -la inconfundible voz de su madre, la confundió.

– ¿Lavinia?

– Sí. Soy yo.

– Es que me encontré con Sara hoy y me dijo que irías al baile…

– ¿Sí?

– No, nada, sólo quería saber si realmente vas a ir…

– Sí, voy a ir.

– Ay, hijita, no sabes cómo nos alegra… No sabes cómo nos alegraría que pudieras ir con nosotros…

– No puedo, mamá, ya me comprometí con Sara y Adrián.

– Pero a ellos no les importaría, me parece. No crees que es mejor que vayas con nosotros a ir con una pareja de recién casados… sería mejor visto.

– Ya tienen más de un año de casados, mamá.

– Sí, ya sé, pero eso no es nada. Todavía son recién casados… Va a dar que hablar que lleguemos cada uno por su lado. Ya suficiente se habló cuando te fuiste de la casa… Vos sos una muchacha soltera todavía.

Lo debió suponer. Se le pasó por la mente en algún momento pero lo descartó. No pensó que su madre la llamaría a pesar de todo, a pesar de que supuso que se preocuparía por su aparición, sola, en el baile.

Debió advertirle a Sara que se abstuviera de comentarlo. Nunca se cansaría de asombrarse de las preocupaciones de su madre.

– No te preocupes tanto, mamá, yo ya soy mayor de edad… ¿Qué puede decir la gente que no haya dicho?

– A tu papá y a mí nos gustaría mucho llevarte. No es normal que estemos tan distanciados, se ve muy mal…

A tantos meses del distanciamiento, hasta ahora pensaba que "no era normal".

– Pero esa es la situación, mamá. El baile no la va a cambiar.

– Quizás ahora nos podrás escuchar. Después de todo, somos tus padres. No podemos estar así toda la vida.

El baile, el regreso del hijo pródigo. Una cosa llevaba a la otra.

– No puedo ir con ustedes, mamá. Ya me comprometí con Sara. Podemos vernos allí. Me puedo sentar un rato con ustedes.

No estaría mal sentarse un rato con ellos. Mejoraría sus referencias.

– Es que no es lo mismo, hija.

– Mamá, no insistas, por favor…

– Bueno, bueno, ¿pero te sentarás un rato con nosotros? ¿Seguro?

– Sí, mamá, seguro. ¿Cómo está mi papá?

– Trabajando como siempre. No ha llegado de la oficina aún.

– Me le das saludos.

– Sí hija. ¿Estás segura que no podés ir al baile con nosotros? Seguro que a Sara no le importaría…

– No, mamá, ya te dije que no. No hagamos desagradable esto.

– Bueno, hija, bueno. ¿Te sentás con nosotros, entonces?

– Sí, mamá.

– ¿Nos vemos allí entonces?

– Sí mamá.

– Bueno, hasta pronto.

– Hasta pronto, mamá.

Miró el auricular sin atinar a retornarlo a su lugar. El sonido agudo del tono recorría largas espirales en su mano.

Su madre era alta y hermosa. Cuando niña, verla le causaba un vago sentimiento de asombro y orgullo. En las reuniones del colegio, cuando las madres de sus amigas ocupaban las hileras de asientos, pensaba en lo bien que se vería su madre entre ellas, cuánto más alta, cuánto más hermosa. Pero las reuniones le causaban fastidio y jamás asistió a ninguna. "Son inútiles, decía, son una pérdida de tiempo."

La hermosura le consumía todo el tiempo libre, antes y después de jugar a las cartas con sus amigas, recibir a su padre y a los amigos de éste.

Lo más cerca que la tuvo fue cuando llegó a Europa a equiparla del "ajuar" apropiado para el regreso a Paguas. En esa ocasión, la arrastró en largas caminatas y compras, hablando incansablemente de modas y costumbres, hoteles y restaurantes.

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