– Seguramente ese va a ser un sabroso tópico de conversación en tu fiesta. Interesante, además. Será bueno saber qué piensa la aristocracia. Tenés trabajo.
– La aristocracia no los aceptará jamás. Los necesita pero los desprecia. Eso lo sabe cualquiera.
– Pero hasta ahora, nunca se había establecido una competencia. Tenían sus territorios bien definidos. En la medida en que el Gran General se siente amenazado, refuerza más a su gente. Les ha dado negocios últimamente que hacen competencia a la aristocracia. Esto no les debe gustar nada a tus amigos. Estoy convencido que, al tratar de afianzar su costa militar, el Gran General está creando contradicciones que ni él mismo se imagina. Contradicciones que nosotros debemos saber medir para aprovecharlas.
– ¿Y vos crees que realmente el Gran General se siente "amenazado"?
– Pienso que está inquieto. Creyó que podría terminar con la presencia nuestra en las montañas fácilmente, igual que lo hacía con los intentos militares de los Verdes, pero no ha sido así. Estamos creciendo. Ha tenido que enviar muchos destacamentos a las montañas. Han tenido bajas importantes. Y la manifestación del otro día… están nerviosos.
– Pero aún no creo que se sienta "amenazado".
– No, aún no; pero ahora sus hombres corren más riesgos y él siente que debe compensarles. Mantener contento al ejército es cada vez más importante para él.
– Me encantaría poder ver ese baile del Casino Militar por un agujero…-dijo Lavinia-. Me pregunto cómo le irá a la "señorita" Azucena…
– No creo que sufra mucho -dijo Felipe-, parece contenta en su papel de hermana de la Vela, al menos por lo que vos decís.
– Sí, no parece desgraciada. Tiene las ventajas de la hermana, sin las desventajas.
– Deberías acercarte más a ella… Si no está contenta, hasta podríamos conseguirle novio -dijo Felipe, haciéndole un guiño malicioso.
– ¿Ese es el vestido que te vas a poner? -añadió, acercándose al closet e inspeccionando a través del plástico de la lavandería-. ¿Pero no es hasta las ocho que te pasarán a recoger?
– Sí. Pero me voy a bañar, maquillarme… y no me gusta correr. En un arranque, Lavinia se acercó a él, puso la cabeza en su pecho. Necesitaba aquel abrazo de Felipe.
– Estoy nerviosa -dijo, dejando el tono de broma.
– ¿De qué? -dijo Felipe, apartándola y mirándola a los ojos.
– No sé… de volver a entrar al club. Me siento extraña. No sé qué soy todavía -dijo Lavinia.
– Sos compañera del Movimiento -dijo Felipe-. ¿No decís que estás segura de eso?
– Sí, tenés razón. Son tonterías mías -y se apartó dirigiéndose al closet a sacar una toalla limpia. No podía hablar con nadie de esto, pensó. Nadie la comprendería. Ni los unos, ni los otros. Tendría que soportar sus inseguridades sola.
– ¿A qué hora tenés que irte? -preguntó a Felipe.
– Más tarde -respondió él-, después que te veo vestida. Quiero ver como te ves con ese disfraz -y salió rumbo a la cocina diciendo que se prepararía algo, tenía hambre.
No le pareció disfraz cuando la vio ya vestida y arreglada, cuando salió con Adrián y Sara de la casa.
La estuvo observando mientras se maquillaba, haciendo bromas todo el tiempo, tratando de disimular su incomodidad con aires de indiferencia. A medida que fue apareciendo la imagen que verían los asistentes al baile, notó su silencio, sus miradas de duda.
Lavinia se vio hermosa en el espejo. Había adelgazado y el vestido caía más suave sobre su cuerpo, el color rojo contrastando con la piel blanca y el cabello oscuro sobre los hombros. Los zapatos de altos tacones contribuían a darle más estampa, a resaltar la figura esbelta.
"Sos la viva imagen de la burguesía próspera" le dijo Felipe con una sonrisa. Ella rió sin ganas. Intuyó en la frase el antagonismo producido en Felipe por su imagen de lujo. Él tendría sus contradicciones, pensó. La miraba igual que los ocupantes de las bancas de la sala de espera que la rodeaban aquella noche en que acompañó a Lucrecia al hospital. Quizás su argumento de que "aún no estaba madura", tenía relación con todo eso.
Silenciosa, recostada en el asiento trasero del automóvil camino al baile, atravesando las avenidas flanqueadas de palmeras, recordaba la expresión divertida de Felipe cuando llegaron Adrián y Sara a recogerla, la manera en que los miró -a Adrián particularmente, con su smoking- y los despidió cortésmente. Ella había sentido la distancia en la despedida; le pareció que decía "nos vemos luego" desde el otro lado de una infranqueable hendidura, cual una escena de película donde la tierra se abre y un hombre y una mujer que se aman quedan separados por una grieta inmensa.
– ¿Vas bien allá atrás? -preguntaba Adrián-. ¿Querés que suba el aire acondicionado?
– No, no -decía Lavinia-, voy bien, no te preocupes.
Pasaban por barrios marginales, barrios de casas de cartón y tablas, de calles sin asfaltar, malamente iluminadas. Precaristas asentados en terrenos altos. Allí estarían hasta que se les asignaran otros terrenos "más apropiados", más ocultos, donde no molestaran con el despliegue inoportuno de su pobreza; o hasta que la alcaldía vendiera los terrenos y los echara.
Desembocaron finalmente en la ancha avenida iluminada, sin tugurios a los lados. Poco después tomaron la vía privada que servía de acceso al club. En la entrada, una hilera de automóviles aguardaba el paso por la caseta de control. Los carros se detenían, mostraban su invitación y la barrera -igual a la usada para el paso de los trenes por las carreteras- se levantaba, asegurando que no ingresaran los que no pertenecían a ese mundo exclusivo.
Los campos de golf estaban alumbrados profusamente con luces en los árboles, al igual que las canchas de tenis que tenían encendidos los faros para los juegos nocturnos. Adrián saludó al portero y la barrera se levantó. En el recodo, frente a la marquesina de entrada, los choferes de Mercedes Benz brillantes, Jaguar, Volvo, enormes carros americanos y modernos modelos japoneses, abrían las puertas para que descendieran parejas de smoking y trajes largos.
Desde la piscina, la orquesta tocaba una bossanova. Bajaron del automóvil. Sara parecía exuberante y alegre; Adrián sacaba más pecho que de costumbre. Estaban nerviosos, igual que ella, pensó Lavinia, pasándose la mano por el pelo y alisándose el vestido. Adrián las tomó del brazo, situándose en medio de ambas, orondo.
¿Qué pensaría Adrián?, se preguntó Lavinia. Con frecuencia, le reprochaba su "rebelión". Era un curioso defensor del statu quo, por mucho que mencionara la "valentía" de los guerrilleros. No aceptaba sus afanes de independencia femenina, su relación "informal" con Felipe. Él también, como su madre, consideró señal de conciliación, de "ubicarse en la realidad", el hecho de que ella asistiera al baile.
El salón resplandecía con el brillo de las enormes lámparas de cristal, adornadas con guirnaldas de flores, que derramaban su luz sobre aquella agrupación multicolor de vestidos de noche, escotes y joyas, que se movía en oleadas de un lado al otro, esperando el inicio oficial del baile.
En el sector de las mesas, sonaban las risas mezcladas con el cristal de los vasos en los cuales tintineaba el hielo, el champagne y el whisky.
El salón se abría sobre una terraza al lado de una inmensa piscina de aguas celestes iluminada por reflectores acuáticos, sobre la cual se había construido un puente para el paso de las debutantes.
Inmensas flores de loto, naturales, traídas especialmente desde Miami, flotaban en el agua.
Adrián había reservado una mesa al lado de la piscina, para poder apreciar mejor el desfile de las debutantes. En el recorrido hacia la mesa conducidos por el ujier que se encargaba de acomodar a los invitados, habían encontrado numerosos conocidos. "Cuánto tiempo sin verte, estás muy bien, espero que me concederás una pieza" y expresiones como: "¡Lavinia! ¡Por fin apareciste!" la habían acompañado.
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