Y, sin embargo… diríase que estábamos desamparados frente a las bestias y los bastones de fuego de los españoles. Quizás los dioses también hubieran preferido nuestro oro. No parecían conmoverse ante nuestros gemidos. Nos abandonaron a la furia de los desalmados. De nada valieron tantos rojos corazones. Parecieron claudicar ante el dios de los recién llegados que decían entraba al espíritu por el agua.
Yarince se hizo bautizar para probar la palabra de los españoles. También para conocer qué dones podía aprender de su dios que fueran útiles a nuestro pueblo. Pero el dios de los españoles no tocó su espíritu. Nos dimos cuenta que a ese dios tampoco le éramos gratos. Quizás él les pedía a los españoles sacrificios de "indios".
Lavinia guarda grandes espacios de silencio. Su mente tiene amplias regiones dormidas. Me sumergí en su presente y pude sentir visiones de su pasado. Cafetos, volcanes humeantes, manantiales, envueltos en la densa bruma de la nostalgia. Trata de entenderse a sí misma. Es complejo este surtidor de ecos y proyecciones. No logro encontrar un orden en la sucesión de imágenes que emanan estas superficies blancas y suaves. Me desconciertan y apabullan. Debo reposar. Mi espíritu está desasosegado.
El lejano reloj de la catedral dio las cinco. Se asomó a la ventana esperando a Felipe y vio a los ancianos vecinos sentados a las puertas de sus casas tomando el fresco en su inmovilidad habitual.
La casa lucía limpia y acogedora. No en balde se pasó el fin de semana trabajando, disponiendo el mobiliario nuevo, sacudiendo el polvo, regando las plantas, sorteando papeles viejos. Se preguntó si el amor generaba domesticidad, pero se sintió satisfecha con el esfuerzo. Se vistió con jeans, una blusa holgada y sandalias. Sonrió pensándose la imagen juvenil de una muchacha casera. Cola de caballo.
Felipe no llegaba. A las seis la consumía la impaciencia. El teléfono no sonaba. El mal humor amenazó con invadirla. Pero trató de no impacientarse, pensando en los problemas de transporte, atrasos posibles. Aunque al menos la debía llamar por teléfono, se dijo, anunciar que llegaría tarde. No representaba ningún esfuerzo levantar un teléfono y hacer una llamada. Sobre todo para él tan adicto a los contactos telefónicos. Tomó un libro cualquiera y se echó en la hamaca. Leer le ayudaría a pasar el tiempo. Pero no lograba concentrarse. A las siete, se levantó de la hamaca con el mal humor viento en popa. Recorrió la casa, paseándose como liebre cautiva, sin saber qué hacer. Quizás debía salir, se dijo. No esperarlo más. Marcó en el teléfono el número de Antonio y no obtuvo respuesta. Seguramente no regresaba aún del paseo al que la había invitado. Sara y Adrián tampoco estaban en casa. La soledad del día se acumulaba en el silencio. Puso música. Si bien, se había propuesto la semana anterior, no especular sobre las "ocupaciones" de Felipe, no pudo evitarlo ahora. Pensó si realmente no habría sucumbido víctima de un Don Juan cualquiera, o al menos de alguien con una relación conflictiva de la que quizás ella habría sido escogida como "sustituta" o redentora. Sucedía en la vida real. No sería nada fuera de lo común. Y sin embargo, la actitud de Felipe hacia ella se le hacía sincera. Se sirvió un ron. No se desesperaría más, se dijo, ya no lo esperaría. Al día siguiente trataría de aclarar todo de una vez. No continuaría pretendiendo que no le importaban sus misterios. Le preguntaría directamente. Aunque la verdad, no existía entre ellos aún ningún compromiso; nada que le diera "derecho" a indagar. Pero pensar así era una trampa, se dijo. Era la trampa en la que siempre caían las mujeres temerosas de la terrible acusación de "dominantes" o "posesivas". No lograba evitar la mirada hacia la ventana. El oído alerta a los pasos.
Dieron las nueve. Era evidente que Felipe no llegaría, se dijo una vez más. La tía Inés decía que los hombres eran caprichosos e impenetrables. Noches cerradas con estrellas. Las estrellas eran los resquicios por donde la mujer se asomaba. Los hombres eran la cueva, el fuego en medio de los mastodontes, la seguridad de los pechos anchos, las manos grandes sosteniendo a la mujer en el acto del amor; seres que disfrutaban de la ventaja de no tener horizontes fijos, o los límites de espacios confinados. Los eternos privilegiados. A pesar de que todos salían del vientre de una mujer, que dependían de ella para crecer y respirar, para alimentarse, tener los primeros contactos con el mundo, aprender a conocer las palabras; luego parecían rebelarse con inusitada fiereza contra esta dependencia, sometiendo al signo femenino, dominándolo, negando el poder de quienes a través del dolor de piernas abiertas les entregaban el universo, la vida.
Puso la televisión. Pasaban una mala película. En el otro canal, una serie anodina. Sólo había dos canales de televisión en Paguas. La apagó. Apagó las luces de la casa. Cerró la cancela del jardín. Se desvistió y se metió en la cama a leer. Dieron las once de la noche. Le dolía la cabeza y se sentía profundamente triste, traicionada, furiosa consigo misma, con su facilidad para construir castillos de arena, su romanticismo. Finalmente la quietud de la soledad la adormeció. Se deslizó hacia el sueño.
Nubes enormes, blancas con caras de niños, gordos y juguetones. El abuelo larguísimo colocándole las grandes alas de plumas blancas. El vuelo sobre inmensas flores: heliotropos, gladiolos, helechos gigantescos. Gotas de rocío. Magníficas, enormes gotas de rocío donde el sol se quebraba abriendo caleidoscopios prodigiosos. La barba y el cabello cano del abuelo cubierto de rocío. Las gruesas alas soltando brisa al batir en el viento. Mojándose. Empapándose de rocío. Pesan las alas mojadas. Cada vez mayor el esfuerzo. Sostenerse sobre el desfiladero de flores inmensas. Intentó regresar al abuelo una y otra vez batiendo alas desesperadamente hasta que el esfuerzo la despertó y todo estaba oscuro. Sólo la sombra del naranjo se recortaba en el brillo de la luna sobre la ventana.
La noche envuelve mis ramas y los grillos cantan su canto monótono en medio del cortejo de las luciérnagas. Apenas si logré alcanzarla en el sueño. Marqué mi nombre, Itza, gota de rocío, en sus visiones de flores y vuelos. Yo también soñaba con volar cuando veía los pájaros levantarse en bandadas al arribo de las bestias y los tropeles de hombres hediondos e hirsutos. ¡Tan pequeños los pájaros y con tanta ventaja sobre nosotros!
Estoy confusa con tanto acontecimiento. Estar en su sangre fue como estar dentro de mí misma. Así habrá sido mi cuerpo. Siento nostalgia de venas, entrañas y pulmones. En cambio sus pensamientos eran una familia de loras volando en círculos, haciendo ruidos, montándose los unos sobre los otros en tremenda algarabía. Para ella, sin embargo, tenía un orden, estoy segura. Una imagen se refería a otra y otra, como un espejo que se refleja infinitamente. Recordé la fascinación de los espejos. Con ellos lograron atrapar nuestra atención los españoles. Al principio creíamos que era una burla aquella imagen repitiendo todos nuestros movimientos. Hasta que nos dimos cuenta que nos estábamos viendo por primera vez. Claro, claro, no como el reflejo ondulado y fugaz de las aguas de los ríos. Y nos fascinamos. ¿Qué puede fascinar más que verse uno mismo por primera vez? ¿Saberse? Yarince se enfurecía cuando me sorprendía mirándome en el espejito. Pero hasta entonces, yo no sabía que era hermosa. Y me gustaba contemplarme.
SE ESTABA QUEDANDO DE NUEVO DORMIDA, Cuando de pronto escuchó el ruido. Se quedó quieta en la oscuridad. Afuera el viento soplaba alborotando los árboles. Al principio creyó que el ventarrón agitaba la puerta. Pero los golpes eran rítmicos, fuertes, urgentes. Asustada, súbitamente alerta, se acomodó rápidamente el kimono acuamarina y salió a la sala. Encendía las luces cuando escuchó la voz de Felipe. Sonaba ronca, la voz de quien se esfuerza por no gritar.
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