Santiago Roncagliolo - Memorias De Una Dama

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Un relato de viajes, investigación histórica, aprendizaje y desafíos morales para crear una obra en la tradición de la mejor novela picaresca. Dos historias paralelas que se cruzan. Un joven peruano que busca triunfar como escritor en Madrid y una mujer de la alta sociedad caribeña venida a menos en París. Diana Minetti necesita escribir sus memorias y él necesita que le paguen por escribir.
Un thriller literario que repasa las atrocidades cometidas durante las dictaduras de Trujillo en Santo Domingo, Fulgencio Batista en Cuba y las mafias económicas dominantes de Latinoamérica y que pone de relieve las complicidades del poder económico y el poder político durante estos periodos.

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– ¿Quién eres tú?

– ¿Aquí vive Nicolás?

Hablaba con voz grave y resuelta. Tenía acento caribeño. Entre las brumas de la borrachera, empecé a pensar que quizá debía sentir miedo.

– Aquí no hay ningún Nicolás -balbuceé-. En este edificio no vive ningún Nicolás.

– Debo haberme equivocado entonces.

Pero no se movió.

– ¿Cómo has abierto la puerta?

– Estaba abierta.

– ¿La de abajo también?

Me pareció que sonreía. El umbral estaba en penumbra y yo veía doble, pero una expresión estaba cobrando forma en su rostro, y no era precisamente un gesto de amabilidad.

– Lárgate. ¡Fuera!

– Tranquilo, tranquilo. Yo sólo venía a ver si…

– ¡Fuera!

Le arrojé una silla contra la puerta. Ahora sí creí estar seguro de que estaba sonriendo. En un arranque de valor, me arrojé yo mismo sobre él, pero tropecé con la silla y me fui de bruces contra el borde de la puerta abierta. Sentí la sangre brotando de mi nariz. Pensé que ahora que estaba en el suelo, el desconocido aprovecharía el momento para atacarme. Me arrastré hacia la botella para usarla como arma. La empuñé y me levanté de un salto. Me sorprendí de mis propios reflejos, despiertos de susto. Cuando me di vuelta blandiendo la botella, ya no había nadie en la puerta.

Salí al pasillo y bajé un poco las escaleras, pero tampoco había nadie. Volví a mi apartamento, directamente al baño, y me abracé al váter.

Mi derrota estaba consumada. Mi cabeza quería explotar, no tenía libro, ni novia, ni amigos, ni éxito. Pensé en las palabras de Mariela: «Tienes que vivir esas cosas para poder contarlas». Pero ¿y si no puedes contarlas?

No quise mandarle un correo a Minetti para rendirme. La consigna de mi abogada era «nada por escrito». Además, pensé que oír su voz sería ya un pequeño triunfo, una osadía. No debía ser una persona muy accesible. No debía hablar con cualquiera, sólo con gente importante como yo. Esperé a que fuese horario de oficina en la República Dominicana. A las diez de la mañana, hora tropical, llamé al teléfono que me había dado Minetti. Me contestó una secretaria. Le dije quién era y me comunicó con él directamente, como si estuviese esperando mi llamada. Minetti tenía una voz graciosa y pituda, como de niño, mucho menos viril que la mía, a decir verdad.

– ¿Señor Minetti?

– Llámeme Manuel, por favor.

De verdad, tenía clase.

– Ok. Manuel. Llamo… llamo a decirle que se quede usted tranquilo. No publicaré el libro que le envié.

– Gracias. Se lo agradezco muy de veras. A mi hermana le agradará saberlo.

– Quizá… Verá usted… Dediqué un año a esa investigación. No quisiera que se desperdiciase… Yo… yo vivo de esto.

Cuando no de repartir volantes.

– Claro, comprendo perfectamente. ¿Qué propone usted?

– Quizá… quizá escriba otro libro, ¿me enriende usted? Un libro en que probablemente el apellido de su familia no sea mencionado… O si lo es, lo será sólo por referencias documentales, libros, entrevistas. No hablaré de su vida privada. El gran grupo editorial y yo no creemos que sea necesario.

– Lo único que yo quisiera es que el apellido de mi familia no figurase… ni para bien ni para mal, ¿me comprende usted? Lo de mi madre ha sido un golpe muy duro. Sólo queremos pasar la página.

– Claro. Comprendo. Quizá haga un libro con nombres cambiados, por ejemplo. Un libro que se presente como una novela… Ficción, ¿me entiende usted? Sin su nombre.

– Créame que tendrá toda la colaboración que yo pueda ofrecerle en ese nuevo libro que planea.

– Gracias, señor Minetti. Se lo agradezco… muy… de veras.

– Si puedo pasar por Madrid se lo haré saber para que nos veamos. Estoy viajando a París con cierta frecuencia. Quizá alguna vez podamos entrevistarnos.

– Espero que sí. Aceptaré encantado una reunión con usted.

– Nuevamente muchas gracias.

– A usted. Hasta luego.

Nunca me llamó, una llamada más en la larga lista de las llamadas que nunca sonarán en mi teléfono. Tampoco escribí nunca ese libro.

Este libro es la historia de cómo este libro nunca se escribió.

Tampoco he vuelto a París, hasta ahora. Supongo que algún día debería ir, cuando tenga dinero, cuando tenga trabajo al menos. Es una deuda que debo cumplir: dejar unas flores en una tumba de Père-Lachaise y agradecerle a Madame Minetti su regalo envenenado, la mejor y la peor de sus historias, la única que tenía. Le contaré cómo me ha ido desde que nos vimos, y le diré todas las cosas que nunca le llegué a decir. Llevaré una botella de champán, y nos la tomaremos juntos. Y cuando hayamos conversado un buen rato, después de hablar durante horas sobre muebles y tapices y joyas, cuando ya estemos en confianza, quizá me atreva a regañarla un poco. Lo haré suavemente, con cariño, pero con firmeza. Total, se lo ha buscado. Ella tiene la culpa de que yo haya perdido los únicos cien mil dólares que jamás he tenido.

Santiago Roncagliolo

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