Muriel Barbery - La elegancia del erizo

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En el número 7 de la Rue Grenelle, un inmueble burgués de París, nada es lo que parece. Paloma, una solitaria niña de doce años, y Renée, la inteligente portera, esconden un secreto. La llegada de un hombre misterioso propiciará el encuentro de estas dos almas gemelas. Juntas, descubrirán la belleza de las pequeñas cosas, invocarán la magia de los placeres efímeros e inventarán un mundo mejor. La elegancia del erizo es una novela optimista, un pequeño tesoro que nos revela como sobrevivir gracias a la amistad, el amor y el arte. Mientras pasamos las páginas con una sonrisa, las voces de Renée y Paloma tejen, con un lenguaje melodioso, un cautivador himno a la vida.

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Sollozo a más no poder.

Paloma me ha traicionado.

Entonces, arrastrados por esos sollozos, desfilan en mi seno toda una vida de espíritu solitario transcurrida en la clandestinidad, todas esas largas lecturas recluidas, todos esos inviernos de enfermedad, toda esa lluvia de noviembre sobre el bello rostro de Lisette, todas esas camelias de regreso del infierno, encalladas en el musgo del templo, todas esas tazas de té al calor de la amistad, todas esas palabras maravillosas en boca de la maestra, esas naturalezas muertas tan wabi , esas esencias eternas iluminando sus reflejos singulares, también esas lluvias de verano que irrumpen en la sorpresa del placer, copos que danzan la melopea del corazón y, en el marco del Japón antiguo, el rostro puro de Paloma. Y lloro, lloro sin poder contenerme, a lágrima viva de felicidad, lágrima cálida y hermosa, mientras a mi alrededor el mundo se sume en el abismo y no deja más sensación que la de la mirada del hombre en cuya compañía me siento alguien y que, cogiéndome con dulzura de la mano, me sonríe con una calidez infinita.

– Gracias -logro murmurar con un hilo de voz.

– Podemos ser amigos -dice-. E incluso todo lo que queramos.

Remember me, remember me,

And ah! envy my fate

22

La hierba de los prados

Ahora ya sé lo que hay que vivir antes de morir. Bien: se lo puedo decir. Lo que hay que vivir antes de morir es un aguacero que se transforma en luz.

No he dormido en toda la noche. Tras y pese a mis abandonos llenos de gracia, la cena fue maravillosa: sedosa, cómplice, con largos y deliciosos silencios. Cuando Kakuro me acompañó hasta mi puerta, me besó largo rato la mano y nos separamos así, sin una palabra, con una sencilla sonrisa eléctrica.

No he dormido en toda la noche,

¿Y saben por qué?

Por supuesto que lo saben.

Por supuesto, todo el mundo se imagina que, además de todo lo demás, es decir, de una sacudida telúrica que pone patas arriba una existencia súbitamente descongelada, algo ronda por mi cabeza de jovencita romántica quincuagenaria. Y que ese algo se pronuncia: «E incluso todo lo que queramos.»

A las siete, me levanto, con un gesto mecánico, catapultando a mi gato indignado al otro extremo de la cama. Tengo hambre. Tengo hambre en sentido literal (una colosal rebanada de pan sepultada en mantequilla y mermelada de ciruela Claudia sólo consigue azuzar mi dantesco apetito) y figurado: siento una frenética impaciencia de saber qué ocurrirá a continuación. Doy vueltas cual tigre enjaulado en mi cocina, acoso a un gato que no me hace ni caso, me meto entre pecho y espalda otra montaña de pan con mantequilla y mermelada, camino de un extremo a otro de la habitación ordenando cosas que no necesitan orden ninguno y me dispongo a un tercer asalto de pan con mantequilla y mermelada.

Y, de golpe, a las ocho, me tranquilizo.

Sin previo aviso, de manera sorprendente, un gran sentimiento de serenidad cae sobre mí como un chaparrón. ¿Qué ha ocurrido? Una mutación. No veo otra explicación; a algunos les crecen branquias; a mí me sobreviene la sabiduría.

Me dejo caer sobre una silla y la vida retoma su curso.

Un curso por lo demás poco o nada apasionante: recuerdo que sigo siendo portera y que a las nueve tengo que estar en la calle Del Bac para comprar limpiador para cobre. «A las nueve» es una precisión fantasiosa. Pero planificando bien mis tareas del día siguiente, me había dicho: «Iré hacia las nueve.» Cojo pues mi carrito de la compra y mi bolso y me voy por el mundo a buscar esa sustancia que saca brillo a los adornos de las casas de los ricos. Fuera hace un maravilloso día de primavera. Desde lejos diviso a Gégène, que se levanta con esfuerzo de sus cartones; me alegro por él por el buen tiempo que se anuncia. Pienso brevemente en el apego del clochard por el gran gurú arrogante de la gastronomía, y la idea me hace sonreír; al que es feliz, la lucha de clases se le antoja de pronto secundaria, me digo, sorprendida del bajón en mi conciencia social.

Y entonces ocurre: bruscamente, Gégène se tambalea. Estoy a quince pasos nada más y frunzo el ceño, inquieta. Se tambalea mucho, como sobre el puente de un barco presa del cabeceo, y alcanzo a ver su rostro y su expresión perdida. ¿Qué ocurre?, pregunto en voz alta apretando el paso hacia el necesitado. Por lo general, a estas horas Gégène no está ebrio y, por añadidura, aguanta tan bien el alcohol como una vaca la hierba de los prados. Para colmo de males, la calle está casi desierta; soy la única que ha reparado en el pobre hombre de andares vacilantes. Da unos pasos torpes en dirección a la calzada, se detiene y, cuando apenas me separan dos metros de él, echa a correr de pronto como alma que lleva el diablo. Y esto es lo que ocurre a continuación.

Esto que, como todo el mundo, habría preferido que no ocurriera jamás.

23

Mis camelias

Me muero.

Sé con una certeza cercana a la adivinación que me estoy muriendo, que voy a expirar en la calle Del Bac, una bonita mañana de primavera, porque un clochard llamado Gégène, aquejado del baile de san Vito, ha trastabillado sobre la calzada desierta sin preocuparse de los hombres ni de Dios.

A decir verdad, tampoco estaba tan desierta la calzada.

He corrido en pos de Gégène abandonando bolso y carrito.

Y me han atropellado.

Sólo al caer al suelo, tras un instante de estupor y de incomprensión total, y antes de que el dolor me hiciera pedazos, he visto lo que me había atropellado. Descanso ahora de espaldas, con unas inmejorables vistas sobre el flanco de la furgoneta de reparto de una tintorería. Ha tratado de evitarme y se ha echado hacia la izquierda, pero demasiado tarde: su ala delantera derecha me ha golpeado de pleno. «Tintorería Malavoin» indica el logo azul sobre el pequeño utilitario blanco. Si pudiera, me reiría. Los caminos de Dios son tan explícitos para quien se molesta en descifrarlos… Pienso en Manuela, que se echará la culpa hasta el final de sus días por esta muerte perpetrada por una tintorería que sólo puede ser el castigo por el doble robo del cual, por su grandísima culpa, he sido a mi vez culpable… Y el dolor me anega; el dolor del cuerpo, un dolor que irradia, que se desborda, logrando la proeza de no estar en ningún sitio concreto y de infiltrarse por todos los lugares donde puedo sentir algo; y el dolor del alma también, porque he pensado en Manuela, a la que voy a dejar sola, a la que no volveré a ver, y porque ello me abre en el corazón una herida lancinante.

Dicen que en el momento de morir uno vuelve a ver toda su vida. Pero ante mis ojos abiertos de par en par que ya no disciernen ni la furgoneta ni a su conductora (la joven empleada del tinte que me había tendido el vestido de lino color ciruela y ahora llora y grita sin preocuparse lo más mínimo del decoro), ni a los transeúntes que han acudido tras el impacto y me hablan mucho sin que nada de lo que dicen tenga sentido, ante mis ojos abiertos de par en par que ya no ven nada de este mundo desfilan rostros queridos y, para cada uno, tengo un pensamiento desgarrador.

En lugar de rostro, en realidad, primero hay un hocico. Sí, mi primer pensamiento es para mi gato, no por ser el más importante de todos sino porque, antes de los verdaderos tormentos y las verdaderas separaciones, necesito quedarme tranquila sobre la suerte de mi compañero con patas. Sonrío para mis adentros pensando en la gran mole obesa que me ha hecho las veces de acompañante durante estos diez últimos años de viudedad y de soledad, una sonrisa algo triste y tierna porque, vista desde la muerte, la proximidad con nuestros animales de compañía ya no parece esa evidencia menor que el día a día vuelve banal; en León se han cristalizado diez años de vida, y caigo en la cuenta de hasta qué punto esos gatos ridículos y superfluos que atraviesan nuestras vidas con la placidez y la indiferencia de los imbéciles son los depositarios de los momentos buenos y alegres y de la trama feliz de éstas, incluso bajo el tendal de la desgracia. Hasta siempre, León, me digo, despidiéndome de una vida que nunca hubiera creído tan preciada.

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