Muriel Barbery - La elegancia del erizo

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En el número 7 de la Rue Grenelle, un inmueble burgués de París, nada es lo que parece. Paloma, una solitaria niña de doce años, y Renée, la inteligente portera, esconden un secreto. La llegada de un hombre misterioso propiciará el encuentro de estas dos almas gemelas. Juntas, descubrirán la belleza de las pequeñas cosas, invocarán la magia de los placeres efímeros e inventarán un mundo mejor. La elegancia del erizo es una novela optimista, un pequeño tesoro que nos revela como sobrevivir gracias a la amistad, el amor y el arte. Mientras pasamos las páginas con una sonrisa, las voces de Renée y Paloma tejen, con un lenguaje melodioso, un cautivador himno a la vida.

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Me duermo con el corazón inquieto.

A la mañana siguiente, experimento una sensación cercana a la resaca.

Sin embargo, la semana transcurre de gloria. Kakuro hace algunas apariciones impulsivas solicitando mis dones de arbitraje (¿helado o sorbete?, ¿Atlántico o Mediterráneo?) y su refrescante compañía me sigue produciendo el mismo placer, pese a los oscuros nubarrones que planean silenciosamente por encima de mi corazón. Manuela ríe con ganas al descubrir el vestido color ciruela, y Paloma se apalanca en el sillón de León.

– Cuando sea mayor, seré portera -le declara a su madre, que me considera con una mirada nueva donde baila una sombra de prudencia cuando viene a dejar a su progenie en mi portería.

– Dios te libre -respondo, con una amable sonrisa para la señora-. Serás princesa.

Paloma exhibe una tee-shirt [camiseta] rosa bombón a juego con sus nuevas gafas y un aire pugnaz de «hija que será portera contra viento y marea y sobre todo contra su madre».

– ¿A qué huele? -pregunta Paloma.

Hay un problema de cañerías en mi cuarto de baño y apesta a jaula de tigre. Llamé al fontanero hace seis días pero no parecía entusiasmarle mucho la idea de venir a arreglarlo.

– Las alcantarillas -respondo, poco dispuesta a desarrollar el tema.

– Fracaso del liberalismo -dice ella, como si yo no hubiera contestado.

– No, es una cañería atascada.

– Pues eso, lo que yo digo -insiste Paloma-. ¿Por qué no ha venido todavía el fontanero?

– ¿Porque tiene otros clientes?

– En absoluto -replica-. La respuesta acertada es: porque no se siente obligado a hacerlo. ¿Y por qué no se siente obligado?

– Porque no tiene suficientes competidores -digo yo.

– ¡Ahí está! -dice Paloma, con aire triunfante- no hay regulación suficiente. Demasiados ferroviarios, pero no hay fontaneros suficientes. Personalmente, preferiría el koljós.

Por desgracia, e interrumpiendo tan apasionante diálogo, llaman a mi puerta.

Es Kakuro, con un aire que tiene un no sé qué de solemnidad.

Entra y descubre a Paloma.

– Anda, hola, jovencita -la saluda-. Bueno, Renée, pues puedo volver un poco más tarde, ¿no?

– Si quiere -le digo-. ¿Está usted bien?

– Sí, sí -responde.

Luego, como decidiéndose de pronto, se tira a la piscina:

– ¿Quiere cenar conmigo mañana?

– Pues… -digo, sintiendo cómo se apodera de mí una tremenda angustia-, es que…

Es como si las intuiciones difusas de estos últimos días tomaran cuerpo de pronto.

– Me gustaría llevarla a un restaurante que me encanta – prosigue, con el mismo aire que un perro que aguarda a que le den un hueso.

– ¿A un restaurante? -repito, cada vez más angustiada.

A mi izquierda, Paloma suelta un ruidito como de ratoncito.

– Mire -dice Kakuro, que parece algo incómodo-, se lo ruego de verdad. Es… es mi cumpleaños mañana y me haría mucha ilusión que fuera usted mi acompañante.

– Ah -digo, incapaz de añadir nada más.

– El lunes que viene me voy a casa de mi hija, lo celebraré allí en familia, claro, pero… mañana por la noche… si usted quisiera…

Hace una pequeña pausa y me mira, esperanzado. ¿Será impresión mía? Diría que Paloma hace ejercicios de apnea.

Se instala un breve silencio.

– Mire -le digo-, de verdad, lo siento mucho, pero no pienso que sea una buena idea.

– Pero ¿por qué? -pregunta Kakuro, visiblemente desconcertado.

– Es muy amable por su parte -añado, endureciendo una voz que tiende a relajarse-, se lo agradezco mucho, pero prefiero no ir, gracias. Estoy segura de que tiene usted amigos con los que podrá celebrar la ocasión.

Kakuro me mira, sin saber a qué atenerse.

– Pues… -dice por fin-, pues… sí, claro, pero… en fin… de verdad, me gustaría mucho… no entiendo.

Frunce el ceño.

– En fin -repite-, no lo entiendo.

– Es mejor así -le digo-, créame.

Y, empujándolo suavemente hacia la puerta, añado:

– Tendremos otras ocasiones de charlar, estoy segura.

Se marcha con el aire de alguien que no sabe dónde está ni qué ha pasado.

– Bueno, pues qué lástima -dice-, yo que estaba tan ilusionado. Es que, de verdad, no lo entiendo…

– Adiós – le digo, dándole suavemente con la puerta en las narices.

11

La lluvia

Ya ha pasado lo peor, me digo.

Pero eso es porque no he contado con un destino color rosa bombón: me doy la vuelta y me encuentro cara a cara con Paloma. Que no parece nada contenta.

– ¿Se puede saber a qué está usted jugando? -me pregunta, con un tono que me recuerda al de la señora Billot, la última maestra que tuve.

– No estoy jugando a nada -respondo débilmente, consciente de la puerilidad de mi conducta.

– ¿Tiene algún plan especial previsto para mañana por la noche? -me pregunta.

– Pues no, pero no es por eso…

– ¿Y se puede saber por qué es exactamente?

– No me parece buena idea -le digo.

– ¿Y por qué no? -insiste mi comisario político. ¿Por qué?

¿Es que acaso lo sé?

Entonces, sin previo aviso, se pone a llover.

12

Hermanas

Toda esa lluvia…

En mi pueblo, en invierno, siempre llovía mucho. No tengo recuerdos de días de sol: sólo la lluvia, el yugo del barro y el frío, la humedad que se nos pegaba en la ropa y en el pelo y que, incluso junto a la lumbre, no se disipaba nunca del todo. ¿Cuántas veces habré pensado después en esa noche de lluvia, cuántas rememoraciones, en más de cuarenta años, de un acontecimiento que hoy, bajo este aguacero, resurge de nuevo?

Toda esa lluvia…

A mi hermana le habían puesto el nombre de una hermana mayor que había nacido muerta, y ésta a su vez llevaba el de una tía difunta. Lisette era guapa, y yo ya era consciente de ello aunque aún fuera muy niña, aunque mis ojos todavía no supieran determinar la forma de la belleza sino sólo intuir su esbozo. Como en mi casa apenas se hablaba, era un hecho que ni se mencionaba siquiera: pero estaba en boca de todos en el vecindario, y cuando mi hermana pasaba, su belleza suscitaba comentarios. «Tan guapa y tan pobre, qué destino más malo», glosaba la mercera camino del colegio. Yo, fea e inválida de cuerpo y de mente, sostenía la mano de mi hermana, que caminaba con la cabeza alta y paso ligero, indiferente a toda mención de destino funesto que se empeñaban en atribuirle.

A los dieciséis años, se fue a la ciudad a cuidar a los hijos de los ricos. No la vimos en un año entero. Volvió a pasar las Navidades con nosotros y trajo regalos extraños (bollos de especias, lazos de colores brillantes, bolsitas con lavanda) y un porte de reina. ¿Podía haber rostro más rosa, más vivo, más perfecto que el suyo? Por primera vez, alguien nos contaba una historia, y nos quedábamos todos prendidos de sus labios, ávidos del despertar misterioso que provocaban en nosotros las palabras que salían de la boca de esa campesina convertida en criada de los poderosos y que hablaba de un mundo desconocido, engalanado y resplandeciente, donde las mujeres conducían automóviles y regresaban por la noche a unas casas equipadas con aparatos que hacían el trabajo en lugar de los hombres o daban noticias del mundo con sólo pulsar un botón…

Cuando vuelvo a pensar en todo eso, calibro la carencia total en la que vivíamos. Nuestra granja distaba apenas cincuenta kilómetros de la ciudad, y unos doce de un pueblo grande, pero seguíamos como en el tiempo de los castillos medievales, sin comodidades ni esperanza mientras perdurara nuestra íntima certeza de que siempre seríamos palurdos. Sin duda todavía existe hoy en día, en algún pueblo remoto y aislado, un puñado de viejos a la deriva que ignoran la vida moderna, pero en nuestro caso se trataba de una familia entera todavía joven y activa que, al describir Lisette las calles de las ciudades iluminadas por Navidad, descubría que había un mundo cuya existencia ni siquiera sospechaba.

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