Tal vez lo que sucedía era que no tenían suerte.
Ya iban por el tercer juego de fichas de dominó; en tres oportunidades aquel ejercicio idiota le había frustrado tanto que sencillamente arrojó las fichas por el balcón; una vez junto con su caja de marfil, otra sacudiendo la mesa por encima del borde del balcón (Ajayi casi se muere del susto, recordó con expresión sombría; pensó que él iría a tirar también la mesa, y aquélla era la única; no había otra de repuesto. Si se la destruía o sufría algún grave deterioro a ellos no se les permitiría seguir jugando las partidas, lo cual quería decir que tampoco tendrían la posibilidad de dar respuestas), y la última vez limpió la mesa de fichas de dominó con un único manotazo desparramándolas a través de la ventruda balaustrada de pizarra del balcón. (De cualquier modo, el senescal finalmente había dicho que haría que asegurasen la mesa al suelo.)
¿Pero qué esperaban ellos? Él era un hombre de acción. Este decadente y estreñido palacio de los enigmas no era precisamente su lugar. A Ajayi parecía gustarle por momentos, y a veces él tenía que permanecer sentado, lleno de impaciencia, escuchándola exponer algún pensamiento matemático o filosófico que ella pensaba podría ayudarles para salir de allí. Quiss no tenía intención de competir en un terreno que de algún modo ella dominaba, pero a pesar de sus pocos conocimientos de filosofía, a él le parecía que su relamido positivismo sonaba demasiado desalmado y lógico como para tener utilidad en el mundo real. ¿De qué servía tratar de analizar racionalmente aquello que era fundamentalmente irracional (o a-racional como ella, pesando humos como de costumbre, a veces admitía)? Era un modo de llegar a la desesperación y a la locura personal, y no a una comprensión universal. Pero él no le plantearía semejante cosa a Ajayi; seguro que ella le miraría con una sonrisa tolerante y le haría morder el polvo. Uno debía conocer sus fuerzas; no atacar si se es más débil. Ésa era su clase de filosofía; militar. Eso y aceptar que la vida era básicamente absurda, injusta y —últimamente— sin sentido.
La mujer leía muchísimo. Iba en declive, incluso tratando de entender uno de los idiomas corrientes que había descubierto en los libros que cogía del suelo y de las paredes del cuarto de juegos. Era una mala señal, Quiss lo presentía. Ella comenzaba a dejarse estar, no se tomaba en serio los juegos que debían jugar. O se los tomaba demasiado en serio; el camino equivocado. La apariencia adoptaba el lugar de la realidad. Ella se estaba quedando en la superficie de los juegos y no con su verdadero significado, así que en vez de terminar las partidas lo más rápidamente posible para lograr su objetivo —otra explicación al acertijo— se comportaba como si las jugadas, los movimientos y las aparentes opciones, tuvieran importancia.
Él no se daría por vencido, pero precisaba apartar de sí aquella sensación de indiferencia y desesperanza que le transmitían los juegos y la mujer. Durante un tiempo la había acompañado por el castillo, enseñándole los curiosos sitios que había descubierto, los pocos personajes singulares que por allí pululaban (el barbero neurótico era su favorito), pero gradualmente ella comenzó a salir por su cuenta, luego por lo visto todo aquello le empezó a aburrir (o por alguna razón a atemorizar, él no lo sabía) y dejó de hacerlo.
Él continuaba visitando los niveles inferiores y demás plantas del castillo, explorando las cocinas e incluso aún más abajo, tan abajo que pensaba que se encontraba casi al mismo nivel de la llanura nevada, en las profundidades del risco sobre el cual se asentaba el castillo. Allí abajo había algunas cosas extrañas, y, pasado un cierto nivel, un sospechoso número de sólidas puertas cerradas decoradas con bandas de metal.
Quiss conocía a unos cuantos ayudantes, a los cuales en parte protegía y en parte tenía aterrorizados, que le servían de guías. Les había dicho que si hacían lo que él les pedía hablaría en su favor con el senescal, pero si se negaban haría que los trasladasen a las minas de pizarra o a las expediciones recolectoras de hielo. Fuera de estos sobornos y amenazas (promesas que no estaba en disposición de cumplir ya que en estos asuntos no tenía ninguna influencia sobre el senescal) contaba enteramente con su encanto personal.
Los pequeños ayudantes le mostraron nuevos sitios dentro y por debajo del Castillo Legado, e incluso le contaron cosas acerca de ellos; naturalmente ellos también eran deportados de las Guerras, pero de una escala inferior a la de él y de Ajayi. Hasta le revelaron tímidamente el secreto de su fisiología; Quiss escuchaba con paciencia aunque de hecho sabía todo acerca de su constitución física, habiéndose enterado de ello al poco tiempo de llegar al castillo y cuando intentaba sonsacarle información a uno de ellos. Por lo tanto sabía que estos soldados fracasados no poseían un cuerpo sólido; a aquel ayudante que interrogó le había arrancado capa tras capa, manto tras manto, chaqueta tras chaqueta, túnica tras túnica, quitándole capas cada vez más finas de guantes, diminutos calcetines y ropajes, sacándole una máscara después de la otra para encontrar dentro tan sólo más máscaras pequeñas, y de forma ubicua una especie de material viscoso impregnado en todos los tejidos que en ciertas partes actuaba como una mezcla de siliconas, de textura maleable pero que se partía cuando se la golpeaba con fuerza. Todo este sobrenatural proceso de despojamiento fue acompañado por los gritos, gradualmente decrecientes, del desgraciado que le había servido para sus experimentos. Las partes del ayudante que arrancaba y luego arrojaba al suelo continuaban moviéndose débil y espontáneamente, como si estuvieran intentando volver a unirse, mientras que el pedazo que aún sostenía entre sus manos, cada vez más pequeño, más enclenque, más flaco, forcejeaba de manera infructuosa.
Finalmente le quedó entre sus manos tan sólo una especie de bolsa fofa, algo parecido a un globo de textura pegajosa del cual salía un fluido transparente e inodoro, mientras que el resto de las capas y partes de ropa temblaban y se retorcían a su alrededor sobre el cristalino suelo, atrayendo con sus movimientos a las lentas y contorsionantes formas de los peces luminiscentes que nadaban por debajo en las aguas. Por último, Quiss colgó todo aquel incoherente conjunto sobre una cuerda provisional para que se secara. El viento agitaba las piezas por lo que no podía decir si la criatura se hallaba de algún modo desmembrado aún viva, o no. Unos cuantos cuervos se posaron sobre los restos, pero no por mucho tiempo. Cuando Quiss intentó volver a juntas las distintas partes, éstas comenzaron a despedir mal olor, así que las arrojó a un lado.
Les había preguntado a los pequeños sirvientes si en las cocinas del castillo se fabricaba —o en cualquier otra parte del castillo, llegado el caso— algo que pusiera a un mozo alegre. Ya sabían; ¿borracho, feliz, aplastado, inconsciente? ¿Era posible?
Los ayudantes le miraron desconcertados.
¿Alguna bebida? ¿Algo fermentado? ¿Cocido o destilado; el alcohol que queda después de evaporar el agua, o incluso congelándola… de fruta, vegetales o granos… no? ¿Tampoco sabían de plantas, que cuando se secaban las hojas…?
Las pequeñas criaturas jamás habían oído hablar de aquellas cosas. Él les sugirió que investigaran, que vieran si podían proveerse de algo. De tanto en tanto se encontraba con alguno de ellos, hasta estaba totalmente seguro de que podría identificarlos en medio de una multitud de ellos. No eran todos iguales, al fin y al cabo; tenían distintas clases de manchas y chamuscones en sus pequeñas vestiduras las cuales le ayudaban a identificarlos, y por supuesto el color de sus botas parecía haber sido elegido para distinguirlos de las tareas que realizaban dentro del servicio de servidumbre del castillo. Aquel crédulo grupo con el cual había contactado trató de cumplir con sus deseos. Robaban comida de las cocinas y escondían toda clase de utensilios debajo de sus mantos. Intentaron poner en funcionamiento un alambique y una tina de fermentación, pero no dio resultado. En algún rincón produjeron un líquido que hizo vomitar a Quiss ni bien lo olió, y cuando les ordenó que le trajesen su equipo para que él le echase un vistazo y lo hiciera funcionar correctamente, ellos le explicaron que lo habían armado en el único lugar que pensaban estaba a salvo de los fisgones ojos del senescal; sus propias habitaciones, en donde las estrechas dimensiones de sus diminutas celdas y corredores le imposibilitaban al senescal —y por lo tanto también a Quiss— poder entrar. Se negaban a instalarlo en cualquier otro sitio. El senescal les haría cosas mucho peores a ellos que aquellas con las cuales Quiss les amenazaba. ¿No sabía él que todo esto era estrictamente ilegal y en contra de las reglas?
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