Iain Banks - Pasos sobre cristal

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Pasos sobre cristal: краткое содержание, описание и аннотация

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La historia de
, son tres historias en realidad. En la primera tenemos a Graham, un joven artista que se dirige a casa de su amiga Sarah, acompañado de una carpeta con varios dibujos de ella. En segundo lugar está Steven Grout, un tipo verdaderamente extraño, que acaba de renunciar a su puesto de trabajo y que siempre va con casco, huyendo de sus Atormentadores. Y por último tenemos a Quiss y Ajayi, un hombre y una mujer, respectivamente, ya mayores, que están encerrados en un extraño castillo, algunas de cuyas paredes son de cristal, detrás de las cuáles hay peces luminiscentes, y donde pasan los días jugando a estrambóticos juegos de mesa con el fin de poder obtener la opción de responder a un acertijo, y así poder salir libres.

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—Tú le acompañabas —dijo Quiss.

—Tenía que acompañarle —Ajayi se alzó de hombros—. Él decía que me llevaba porque le gustaba discutir conmigo. Así que me acostumbré a participar en estas expediciones con él, y me hice muy diestra en el arte de la retórica y pasablemente hábil en el uso de armas primitivas con las cuales a él le entretenía cazar. También me especialicé en rechazar sus insinuaciones, por lo general muy poco ardorosas.

Un día, próximo al anochecer en este… lugar… estábamos arrastrando dificultosamente a través de una ciénaga una inmensa bestia herida que él acababa de cazar, perseguidos por los insectos, agotados, sin poder contactar con la escuadra hasta que no nos viniera a recoger un destacamento a medianoche, mojados, hambrientos… bien, al menos yo lo estaba; él se lo estaba pasando a lo grande… cuando de improviso se enganchó en la raíz sumergida de un árbol o algo parecido, y por lo visto cuando perdió pie debía tener su mano cerca del gatillo —su rifle era tan antiguo que ni siquiera tenía seguro— por lo que se disparó a sí mismo en el pecho.

Estaba muy malherido; aún consciente pero padeciendo muchos dolores (también opinaba que en aquellas excursiones no debía llevar consigo medicamentos modernos). Yo creí más conveniente sacarlo de la ciénaga y encontrar entre las brumas algunas rocas en donde ampararnos, pero cuando intenté moverle él comenzó a quejarse a gritos; entonces recordé que una vez había leído una historia en donde también aparecían personas heridas con estas antiguas armas de proyectiles y a las cuales les extraían las balas sin ninguna anestesia, y el método me pareció bastante apropiado para aquellas circunstancias aunque probablemente no sirviese de mucho, por lo que saqué una bala de mi propio rifle y se la puse entre los dientes para que la mordiera mientras yo le arrastraba hacia las rocas.

—¿Y entonces? —dijo Quiss, al ver que Ajayi hacía una pausa. La mujer lanzó un suspiro.

—Era una bala explosiva. Le voló la cabeza apenas la mordió.

Dando una palmada sobre su rodilla con la mano libre, Quiss comenzó a desternillarse de risa.

—¿Es verdad? ¿Explosiva? ¡Ja ja ja! —Quiss continuó dándose palmadas sobre la rodilla, mientras se agitaba en su silla riéndose a carcajadas. Lloraba de risa y tuvo que dejar sobre la mesa boca abajo las tres últimas fichas que le quedaban para poder agarrarse el vientre con ambas manos.

—Sabía que no iba a poder contar con tu apoyo moral —dijo secamente Ajayi, jugando otra de sus piezas de marfil.

—Es encantador —dijo Quiss, con la voz debilitada por la risa. Secándose las lágrimas de sus ajadas mejillas, volvió a recoger las fichas—. Supongo que estaría muerto —dijo, colocando sobre la mesa una de las piezas de dominó.

—¡Por supuesto que estaba muerto! —exclamó Ajayi. Era la primera vez que le alzaba la voz a Quiss o que le hablaba de mal modo, por lo que volvió a sentarse bastante sorprendida. Trató de no mirarle ceñudamente por más que lo sentía, y continuó con su historia—. Su cerebro se hallaba desparramado por casi toda la ciénaga. Y encima mío.

—¡Ha ha ha! —se rio compasivamente Quiss—. ¡Ja ja ja! —Con una amplia sonrisa sacudió su cabeza y luego aspiró por la nariz.

—¿Y qué me dices de ti? ¿Qué fue lo que hiciste? —preguntó Ajayi. Quiss permaneció callado. Miraba sus últimas dos fichas de dominó con el ceño fruncido.

—Hmm —dijo.

—Yo te he contado mi historia —dijo Ajayi—. Ahora te toca contarme la tuya.

—No creo que en realidad te interese —dijo Quiss sin mirarla. Volvió a sacudir la cabeza, con la vista aún posada sobre su mano—. Después de la tuya resulta un poco anticlimática.

Quiss levantó la vista con una expresión de apenada disculpa en su rostro, para encontrarse con que Ajayi no sólo le estaba mirando con una furia que jamás le había visto antes, pero también con una intensidad que él no hubiese imaginado que ella poseyera. El hombre se aclaró la garganta.

—Hmm. Bueno, por otra parte —dijo—, es bastante regular. —Dejó las fichas encima de la mesa y colocando las manos sobre sus rodillas fijó la vista en la coronilla de la cabeza de Ajayi—. Curiosamente parecida a la tuya, en cierto aspecto… tal vez exista alguna conexión. De todos modos… también hubo un fusil de por medio. —Se aclaró la garganta nuevamente, llevándose el puño a la boca y tosiendo. Seguía con la mirada fija más allá de la coronilla de la cabeza de su compañera, como si el cuervo rojo aún estuviera posado sobre el fragmento de asta y él le hablase al ave, no a la mujer.

—Bien, de todas formas… baste decir que después de una larga… ah… y ardua campaña… a la cual, debo agregar, realmente nadie había tenido esperanzas de sobrevivir, me encontraba junto con otros guardias de la unidad en la azotea de… este inmenso palacio enclavado en la ciudad. Había unas celebraciones; el… ah… este dignatario… bueno, en verdad se trataba de un príncipe; aquel también era un lugar subdesarrollado y estábamos limitados por las leyes a un armamento sumamente tosco, al igual que todo el resto del equipo y material… pues este príncipe debía aparecer en… —Quiss miró brevemente a Ajayi y luego recorrió con la vista el balcón en donde se hallaban sentados—… en una especie de balcón parecido a éste —dijo poco convencido. A continuación volvió a aclararse la garganta.

—Pues bien, había una enorme muchedumbre esperando dar la bienvenida al príncipe; tal vez eran un millón de nativos, todos armados hasta los dientes con horquillas, mosquetes y cosas parecidas —estaban más o menos de nuestra parte, felices de todas formas de que se hubiera acabado la lucha— mientras que nosotros vigilábamos desde la azotea del palacio con unos cuantos modestos proyectiles tan sólo para el caso de que los enemigos se lanzasen a un desesperado ataque aéreo para quemar sus últimos cartuchos, aunque a nosotros aquello no nos parecía muy probable.

»Supongo que nosotros estábamos bastante… cómo diríamos… alegres y también lo celebrábamos, de buen humor, contentos de estar con vida, bebiendo un poco… y dos de nosotros —un capitán y yo— entre broma y broma, nos desafiamos a caminar a lo largo de una especie de balaustrada que había en la azotea, justo por encima del balcón en donde debía aparecer el príncipe y sus camaradas, así que con los ojos cerrados comenzamos a caminar por ahí arriba, sosteniéndonos sobre una pierna, bebiendo, y manteniendo el equilibrio con nuestras enormes ametralladoras… suena un poco indisciplinado, ya lo sé, pero como estaba diciendo… —Quiss tosió.

—Este otro capitán y yo chocamos mientras caminábamos a lo largo del parapeto; arremetimos el uno contra el otro con los ojos cerrados… naturalmente, a nuestros camaradas les pareció muy gracioso, pero en tanto que el otro sujeto caía hacia la explanada de la azotea en brazos de los demás oficiales borrachos, yo caía en dirección contraria, más allá del borde de la azotea. Lo único que había debajo mío era el balcón a diez metros de distancia y luego el pavimento, otros veinte metros más. Perdiendo el equilibrio, pasé de largo y dejé de ver a mis camaradas; pensé que era el final; estaba cayendo verticalmente hacia mi propia muerte. Era hombre perdido. —Quiss echó una rápida mirada a Ajayi observando su angustiada expresión, luego apartó los ojos de ella y continuó hablando.

—Pero… pues, como he dicho, yo sostenía entre mis manos una de esas enormes ametralladoras, y sin pensarlo, supongo que por puro instinto, dirigí su cañón hacia abajo abriendo fuego—. Quiss se aclaró ruidosamente la garganta, sacudiendo su cabeza y entrecerrando los ojos—. El arma estaba dispuesta a la velocidad de defensa antiaérea; casi se me escapa de las manos. Apenas si podía controlarla, pero el culatazo fue lo bastante fuerte como para que pudiese volver a recuperar el equilibrio y ponerme de pie sobre el parapeto antes de agotar las balas del cargador. De esta manera me salvé.

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