Iain Banks - Pasos sobre cristal

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Pasos sobre cristal: краткое содержание, описание и аннотация

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La historia de
, son tres historias en realidad. En la primera tenemos a Graham, un joven artista que se dirige a casa de su amiga Sarah, acompañado de una carpeta con varios dibujos de ella. En segundo lugar está Steven Grout, un tipo verdaderamente extraño, que acaba de renunciar a su puesto de trabajo y que siempre va con casco, huyendo de sus Atormentadores. Y por último tenemos a Quiss y Ajayi, un hombre y una mujer, respectivamente, ya mayores, que están encerrados en un extraño castillo, algunas de cuyas paredes son de cristal, detrás de las cuáles hay peces luminiscentes, y donde pasan los días jugando a estrambóticos juegos de mesa con el fin de poder obtener la opción de responder a un acertijo, y así poder salir libres.

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Esto deprimió bastante a Quiss. Había pensado que en aquel lugar sería posible olvidarse de la realidad de alguna forma. Tal vez creían que la realidad en el Castillo Puertas era ya de por sí tan extraña que no había necesidad de ninguna substancia para acrecentarla. Ésa era la forma de pensar que tenía Ajayi; lógica pero sin base alguna, hasta incluso ingenua.

Entonces, por casualidad, descubrió algo con lo cual realmente podía conseguir eso; una realidad distinta. Pero no del modo que él esperaba.

Había estado explorando sólo los niveles inferiores, más allá de las cocinas y del gran mecanismo del reloj central. Las paredes eran de pura pizarra, excavadas en la misma roca sobre la que se levantaba el castillo. La luz provenía de unos tubos transparentes adaptados al techo, aunque hacía frío y todo estaba bastante obscuro. Al llegar a una de las pesadas puertas atravesadas por tiras de metal que tan a menudo veía en sus visitas a las plantas inferiores ésta, a diferencia de las demás, se hallaba ligeramente abierta. Al pasar por delante de ella había visto un destello de luz; se detuvo, miró a su alrededor y luego tiró de la puerta.

Se encontró con una pequeña habitación de techo bajo. Éste era de cristal al igual que los de las plantas superiores, con unos cuantos especímenes mortecinos de los peces-luz que nadaban lentamente de aquí para allá. El pavimento era de roca. En la pared opuesta de la habitación había otra puerta, también construida de madera y tiras de metal. El único objeto que había en la habitación era un pequeño taburete situado justo en el centro de la misma. Encima, en el techo de cristal, había algo parecido a un agujero.

Quiss inspeccionó ambas direcciones del corredor. No se veía a nadie. Se deslizó dentro de la habitación, observando que de hecho la puerta había sido cerrada, pero por alguna razón el cerrojo no encajó en la abertura que le correspondía. Cerró la puerta detrás suyo hasta que el cerrojo sobresaliente quedara cogido, lo cual no impedía que desde afuera ésta se viera bien atrancada. Luego se puso a explorar la pequeña habitación.

La otra puerta estaba firmemente cerrada con llave. En el lugar no encontró otra cosa que el pequeño taburete situado justo debajo del agujero en el techo de cristal. Era similar a los taburetes sobre los cuales se paraban los pinches para realizar sus tareas en las cocinas. El agujero en el techo era completamente obscuro; parecía como si dentro del agujero hubiera algo que lo protegía del brillo que emitían los peces luminiscentes. El agujero abarcaba un sombreado círculo de un metro de diámetro aproximadamente y su contorno estaba cubierto por una especie de piel, como si fuera un collar, lo bastante amplio para que pudiera pasar una cabeza humana. Cautelosamente, Quiss se subió al taburete y se puso a mirar.

Había dos bandas de metal, aros de hierro que se agrandaban desde la sobrefaz inferior de los flejes del techo de cristal, recubiertas por una almohadilla de cuero. Las piezas de metal en forma de U se hallaban colgadas en cada lado del agujero a un poco más de medio metro de distancia, sobresaliendo sus extremos unos veinticinco centímetros por debajo del techo. Al mirarlas más de cerca, Quiss vio que eran adaptables; se podían bajar o subir ligeramente y acomodarlas más juntas o más separadas. A Quiss no le gustó su aspecto. Había visto partes de instrumentos de tortura que vagamente se les parecían.

Escudriñó hacia arriba el obscuro agujero del techo de cristal. Cuidadosamente tocó el contorno de piel. Le daba la impresión de ser bastante ordinaria. Cogiendo el extremo raído de la manga de su abrigo introdujo el ceñido puño dentro del agujero. Lo volvió a sacar intacto y lo inspeccionó meticulosamente. Con una mueca metió en la abertura un dedo meñique. Nada. Colocó la mano entera. Sintió un tenue hormigueo, como cuando después de un paseo invernal la sangre vuelve a circular por un miembro aterido de frío.

Quiss contempló su mano. También se veía ilesa y el hormigueo había desaparecido. Con vacilación acercó su cabeza al agujero, haciéndole cosquillas la piel en su canosa cabeza. El agujero olía a… piel, si es que olía a algo. A continuación introdujo su cabeza tan sólo hasta la mitad y la volvió a sacar rápidamente. Había sentido sobre su piel una vaga sensación de hormigueo y una aún más imprecisa impresión de luces dispersas.

Puso su mano dentro del agujero una vez más, sintiendo sobre ella el hormigueo, y después echó una mirada comprobatoria a la puerta. Esta vez introdujo la cabeza entera dentro del agujero.

El hormigueo desapareció rápidamente. La impresión de las diminutas luces dispersas, más bien parecidas a un espacio bastante denso de estrellas, permaneció, y daba lo mismo si mantenía los ojos abiertos como cerrados. Por un momento creyó oír unas voces, pero no estaba seguro. Las luces eran inestables. Le parecía que podía percibirlas individualmente, pero al mismo tiempo sentía que había tantas —demasiadas— para contar, e incluso para que él fuera capaz de verlas por separado. Además, tenía la inquietante impresión de que estaba mirando la superficie de un globo; en un instante, aquello que estaba observando de alguna manera se expandió delante de sus ojos y Quiss fue capaz de apreciarlo en su totalidad. La cabeza le dio vueltas. Las luces parecían atraerle y tenía la sensación de estar dejándose llevar hacia ellas, pero ésta desaparecía en cuanto él luchaba contra el impulso. Luego consiguió volver a un punto más sosegado.

Sacó su cabeza del agujero. Se rascó la barbilla. Era muy extraño. Nuevamente introdujo la cabeza. Ignorando momentáneamente las luces, chasqueó los dedos de su mano. Desde la habitación tan sólo le llegó un débil sonido. Después buscó los aros de hierro y pasó por ellos sus brazos, dejándose sostener tal como era obvio que el aparejo debía ser utilizado.

Volvió a sentir otra vez la atracción de aquellas luces y se dejó llevar hacia ellas, enfocando toda su atención en un área. Descubrió que si pensaba en ellas podía desplazarse hacia otras áreas. Era como si estuviera saltando en paracaídas, capaz de seguir el rumbo que quisiera mientras caía.

Al aproximarse al área de luces hacia la cual dirigía su atención, le pareció que eran curiosamente similares al globo aunque más dilatadas. Aún tenía la impresión de que le era posible vislumbrar demasiadas, de que por su aparente tamaño no deberían verse tan separadas, pero al comprobar que se acercaba a la superficie de donde supuestamente provenían las luces desechó esos pensamientos. Trató de convencerse de que flotaba hacia el exterior de la esfera, de que había comenzado a desplazarse desde su centro hacia afuera, pero por alguna razón sintió que caía irremediablemente sobre una superficie convexa.

Una de las luces empezó a agrandarse; era una orbe de matices cambiantes y multicolores, de aspecto celular, dividiéndose y subdividiéndose dentro de una única membrana, y aun así las formas de la esfera daban la apariencia de unos dibujos deformados, imágenes arrojadas al azar sobre una pantalla floja. Quiss se sentía flotar alrededor de aquella curiosa y desproporcionada cosa, mientras las demás luces se mantenían aparentemente a la misma distancia; aquel globo de luz le atraía de un mo do sobrenatural y percibía que de alguna manera sería capaz de entrar en él sin que ninguno de los dos sufriera daño alguno.

Mientras pensaba en todo esto tenía conciencia de que se hallaba de pie e inmóvil en la habitación. Chasqueó sus dedos, tocó el borde del puño de su túnica y después se indujo a entrar en la resplandeciente y cadenciosa esfera.

Era como entrar caminando en una habitación inundada por la cháchara de voces e imágenes caóticas y variables. Durante unos momentos se sintió confundido, después creyó que comenzaba a vislumbrar contornos y formas reales dentro de la incipiente mezcla.

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