—En realidad —dijo Quiss con indolencia, apoyando el peso de su cuerpo en el aro de hierro del cual se sostenía, mientras miraba hacia abajo desde el borde del agujero del techo de cristal—, he descubierto que se trata de una experiencia fascinante. No veo la razón de tener que dejar de hacerlo tan sólo porque tú me lo digas.
—¡Pero debe marcharse! —exclamó el ayudante, sacudiendo los brazos y corriendo en dirección a Quiss. Sin embargo, pensó dos veces antes de volver a tirar de su túnica y se detuvo a un metro de distancia del taburete, saltando de un pie a otro y retorciéndose violentamente las manos—. ¡Oh, debe marcharse! Usted no tendría que estar aquí. No está permitido. Las reglas…
—Me iré si me dices qué es esto —dijo Quiss, mirando ceñudamente a la pequeña figura, que sacudió su cabeza con desesperación.
—No puedo.
—Muy bien. —Encogiéndose de hombros, Quiss hizo el ademán de volver a pasar sus brazos nuevamente por los aros.
—¡No no no nonono! —gimió el ayudante. De un salto se arrojó sobre las piernas de Quiss como si le intentara derribar. Quiss bajó la vista. La criatura se aferraba a sus canillas como un pequeño amante; podía sentir cómo temblaba. Estaba aterrorizado; ¡qué encantador!
—Suelta mis piernas —dijo Quiss pausadamente—. No me iré hasta que me digas qué es esto. —Volvió a echar un vistazo hacia el obscuro agujero del techo. Sacudiendo su pierna derecha, envió al tembloroso ayudante rodando por los suelos. La criatura se sentó en la pizarra, colocó la cabeza entre sus manos y luego lanzó una mirada a la puerta que Quiss había encontrado abierta. Incorporándose rápidamente sacó una llave de su bolsillo, la colocó en la cerradura, le dio una vuelta y empujando la puerta con cierta dificultad finalmente la cerró.
—¿Lo promete? —dijo. Quiss asintió.
—Por supuesto. Soy un hombre de palabra.
—Entonces, de acuerdo. —El ayudante se acercó corriendo. Quiss se sentó en el pequeño taburete. El ayudante permaneció de pie, frente a él—. No sé cómo lo llaman, o incluso si tiene un nombre. Es un pez, según dicen, y sencillamente lo que hace es estarse allí y… pues… piensa.
—Hmm, ¿así que piensa? —dijo Quiss con aire pensativo, frotándose la nuca. Se le había quedado en el cuello de su túnica un poco de piel del collar del agujero; quitándoselo, lo manoseó nerviosamente—. ¿Sobre qué piensa con exactitud?
—Pues… —el ayudante parecía estar inquieto y confundido. Cambiaba el peso de su cuerpo de uno a otro pie enfundado en botas amarillas—… en realidad no piensa en tanto como experiencia. Eso pienso.
—Sigue pensando —dijo Quiss, sin impresionarse.
—Es una especie de eslabón —dijo el ayudante con desesperación—. Nos une con alguna persona… del… mundo del Súbdito.
—¡Ajá! —dijo Quiss—. Ya me parecía.
—Pues eso es todo —dijo el pequeño ayudante y comenzó a tirar de su manga, mientras que con la otra mano señalaba la puerta que acababa de cerrar.
—Espera un momento —dijo Quiss, soltándose de la mano de la criatura—. ¿Cuál es el nombre de este sitio, el planeta del Súbdito?
—¡Yo no lo sé!
—Hmm, pues supongo que muy pronto lo descubriré —dijo Quiss, y mirando el agujero se dispuso a subir al taburete. Agarrándose de uno de los aros de hierro puso un pie encima del taburete. El ayudante saltaba sin parar, con los puños apretados contra la pequeña y dura boca de su máscara.
—¡No! —chilló—. ¡Se lo diré!
—¿Cómo se llama, entonces?
—¡«Polvo»! ¡Se llama «Polvo»! —dijo el ayudante brincando—. Ahora márchese, por favor.
—¿Polvo? —dijo Quiss, incrédulo. El ayudante se golpeó la cabeza con sus manos enguantadas.
—Creo… creo… —farfulló—, creo que hay algo que se pierde en la traducción.
—Y esta cosa —Quiss señaló con la cabeza el agujero del techo de cristal—. Sirve para vincularse con este lugar llamado Polvo. ¿No es cierto?
—¡Sí!
—¿Y todas las personas de este planeta son… accesibles? ¿Todas esas luces que uno ve al principio son personas distintas? ¿Cuántas? ¿Se puede penetrar en cualquiera de ellas? ¿Ninguno de ellos es consciente de que alguien les observa? ¿Esto les afecta a todos?
—Oooh no —dijo el pequeño ayudante. Paró de brincar, dando la impresión de que iría a desplomarse. Dejando caer los hombros, bajó su vista desesperadamente hacia el suelo de pizarra. Luego se fue a sentar de espaldas contra la puerta—. Todas las luces que se ven al principio son individuos. —Lanzó un suspiro y continuó hablando más pausadamente en un tono de voz resignado—. Todos son asequibles y pueden ser influidos. Hay aproximadamente cuatro billones de ellos.
—Hmm. Sus cuerpos son parecidos a los nuestros.
—Sí, es lo que correspondería. Después de todo, es nuestro Súbdito.
—¿De allí es de donde proceden todos los libros?
—Sí.
—Ya veo —dijo Quiss—. ¿Por qué?
—¿Por qué qué? —dijo el pequeño ayudante, mirándole.
—¿Por qué el eslabón? ¿Cuál es su finalidad?
El pequeño ayudante ladeó la cabeza y se echó a reír. Quiss jamás había visto antes a uno de ellos riéndose. La criatura dijo:
—¿Cómo es posible que yo pueda saber eso? —Sacudió la cabeza y volvió a bajar la vista—. Qué pregunta. —Súbitamente el ayudante se incorporó de un salto. Girándose de prisa apoyó un costado de su cabeza contra la puerta. Después miró a Quiss—. ¡Rápido; es el senescal! ¡Debe salir de aquí!
Abriendo de prisa la cerradura, el ayudante empujó la puerta, resbalando sus pequeñas botas en el suelo de pizarra debido al esfuerzo. Quiss se había puesto de pie, pero no oía nada. Sospechó que el ayudante estaba intentando burlarse de él. La criatura le miró implorante, con sus dos manos juntas.
—Por su propio bien, hombre. Se quedará aquí para siempre; debe marcharse ahora mismo.
Quiss oyó una especie de grave retumbo del otro lado de la puerta. Sonaba como uno de los principales ejes propulsores del gran reloj, escuchado a través de alguna de las paredes más delgadas. Cuando entró en la habitación no los había sentido. Quiss salió rápidamente al corredor y el ayudante le siguió pisándole los talones. Entre ambos cerraron la pesada puerta. El ruido sordo dejó de oírse. Mientras Quiss y el ayudante se encaminaban en direcciones opuestas (la pequeña criatura se escurrió a través de una diminuta puerta situada en una pared distante, y con un portazo desapareció), a lo largo del corredor se expandió un torturado y chirriante sonido. Quiss avanzaba lentamente hacia el origen de esta cacofonía; sonaba a metales raspándose entre sí. De un costado de la pared surgió un haz de luz, y de una gran habitación cuadrada cuyos portones de metal chirriaban al abrirse hacia los costados (Quiss creyó que era un ascensor) emergió el senescal con un cortejo de pequeños subordinados cubiertos con mantos negros. Al verle se detuvieron en el corredor. Quiss observó que las criaturas rodeaban al senescal y por primera vez sintió un genuino rechazo hacia los diminutos habitantes del castillo.
—¿Tal vez podríamos acompañarle hasta los niveles a los cuales pertenece? —El tono de voz del senescal era impasible. Quiss tuvo la impresión de que no quedaba otro remedio; entró en el ascensor junto con el senescal y la mayoría de los pequeños subordinados, el cual le depositó unas plantas más abajo del cuarto de juegos. No hubo ningún otro comentario.
Desde entonces trató de encontrar al ayudante que había conocido en la habitación, o la misma habitación, pero no tuvo éxito. Pensó que probablemente habrían reconstruido algunos de los corredores en aquellas plantas; en aquella área recientemente se habían llevado a cabo muchas obras. También estaba completamente seguro de que si por casualidad volvía a encontrar el mismo sitio, la puerta estaría cerrada.
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