Poco a poco se fue relajando, preparándose para observar, cuando de repente todas las imágenes y los sonidos parecieron conglutinarse, formar parte de una única sensación, la cual también incluía la impresión del tacto, del gusto y del olor. Quiss reaccionó en contra de esto y volvió a retornar a la sensación de la ruidosa y ostentosamente caótica habitación. Volvió a relajarse, esta vez con mayor cautela y lentitud. La extraña cristalización de sensaciones ocurrió de nuevo, y lentamente Quiss tomó conciencia de una especie de proceso mental distinto, de un conjunto de sensaciones, que al mismo tiempo que estaba íntimamente cerca de él también permanecía absolutamente dividido.
La verdad de lo que estaba sucediendo súbitamente le sobresaltó, paralizándole. Se encontraba dentro de la cabeza de alguien.
Se sentía tan asombrado que ni siquiera tuvo tiempo para rebelarse o disgustarse verdaderamente ante la novedad; el completo interés por todo aquello le absorbió hasta el punto de excitarle. Cambió ligeramente de posición el cuerpo, sintiendo de una manera muy lejana, como si estuviera en un sueño, el movimiento de su pie sobre el pequeño taburete en el cual estaba parado, sus axilas acomodándose en los aros recubiertos de cuero en busca de una posición más confortable.
Sintió un breve mareo cuando a su alrededor la luz y el sonido comenzaron a expandirse y luego un repenti no y agudo sentimiento de ansiedad; miedo y angustia. Olió a quemado, sintió el crudo y fuerte sonido de unos motores, vio a una distancia tan próxima que le aterró vehículos de metal sobre ruedas (el miedo se acrecentó, otra vez se sentía mareado y percibía que de algún modo perdía contacto), luego alzó la vista, o fue la persona dentro de cuya cabeza se encontraba, para ver un cielo tan azul que parecía una pulida y brillante esfera azul, una inmensa, pareja y perfecta joya.
El mareo le hizo tambalear (después se dio cuenta de que él —o su anfitrión— estaba caminando), y una ola de miedo le impulsó enviándole afuera, desprendiéndole, nuevamente al extraño, obscuro espacio salpicado de luces, con el corazón latiendo violentamente, casi sin aliento.
Quiss trató de recobrarse, chasqueó un par de veces sus dedos, de regreso en la habitación real dentro del Castillo Puertas.
Consideró vagamente dejar a un lado su pequeño experimento; había sido una experiencia hostil y aterradora, pero decidió perseverar. Era algo demasiado fascinante para dejarlo ahora, quizá jamás tendría otra oportunidad de explorar algo parecido, y de todas formas no se iba a dejar llevar por un indisciplinado arranque de cobardía, no él.
Se dejó caer suavemente en otra de las blandas orbes de colores cambiantes y entró en ella como la vez anterior. Tuvo la misma sensación de mareo, pero el miedo no apareció.
Ahora observaba un par de manos, una de ellas sostenía un ramo de tallos cortos mientras que la otra cogía un tallo por vez plantándolo rápidamente y con precisión en unos hoyos hechos en la tierra marrón. Eran sus brazos, los brazos de la persona dentro de la cual estaba, quien vestía una especie de ropa holgada y translúcida. Los brazos eran muy delgados. Él —o mejor dicho la otra persona— se hallaba de pie, estirando aquella espalda dolorida, colocando un brazo detrás de su espalda y estirándose nuevamente. Delante suyo podía ver a un gran número de mujeres hacer lo mismo que él; encorvadas, plantando tallos en la tierra. El paisaje estaba cruelmente iluminado por un elevado sol. La tierra era de color marrón, y a lo lejos divisó unas chozas y algo que parecían ser techos de paja. Más allá había unas colinas verdes, labradas con terrazas que le hacían recordar a los macizos señalados en los mapas topográficos. Los árboles eran altos, con troncos pelados y todas las hojas amontonadas en las copas. El cielo era azul. Lo atravesaba una fina estela de vapor. También había unas cuantas nubes absolutamente blancas. Le sonaron las tripas y se encontró pensando en… ¿qué? En la criatura que llevaba en su vientre.
La mujer cuyo cuerpo él había invadido volvió a agacharse. ¡Pues sí! Ahora que lo pensaba podía sentir el peso en su pecho; ¡tetas! La criatura debía ser pequeña, porque percibía su vientre (el de ella) normal, si bien un poco vacío (y Quiss se dio cuenta de que en alguna parte de la mente de la mujer, ésta pensaba en la comida que le esperaba dentro de un par de horas, una especie de grano almacenado y cocido, después de la cual no se sentiría satisfecha; se quedaría con hambre. Probablemente al igual que la criatura, y todos los demás). ¡Una mujer!, pensó Quiss. Una campesina; una campesina hambrienta; ¡qué extraño! Qué extraño era estar dentro de su cuerpo de esta manera, sin estar realmente ni allí ni aquí, escuchando. Trató de percibir los sentimientos de la mujer acerca de su propio cuerpo, mientras ella volvía a su labor, plantando metódicamente los pequeños brotes verdes. Mascaba alguna cosa, su boca masticaba una substancia imprecisa, aunque en verdad no estaba comiendo; era algo entumecedor, algo que la ayudaba a disminuir la fatiga de su trabajo.
Qué cosa tan, tan singular, seguía pensando Quiss. Y a pesar de que era el cuerpo de una mujer, curiosamente no sentía gran diferencia con estar en el suyo; mucha menos de lo que se hubiera imaginado. Tal vez porque no hacía un contacto pleno, se dijo, pero por alguna razón tenía la impresión de que no era así. La mujer no parecía ser totalmente consciente de sí misma. No estrictamente como mujer. ¿Qué sucedería si…?
La mujer movió involuntariamente su mano hacia su sexo, en realidad se frotaba las ropas arrugadas en la zona de la entrepierna. La mujer se incorporó, casi perpleja, y luego volvió a retomar su labor. Un dolor o un escozor, pensó ella. Quiss se hallaba sorprendido; la mujer había obedecido a un simple pensamiento suyo.
Quiss se imaginó que a ella le picaba detrás de su rodilla derecha. La mujer se rascó en ese sitio, rápidamente y con fuerza, casi sin detener el ritmo de su tarea. ¡Era fascinante!
A continuación algo tiraba de la pierna de la mujer, pero ella no le prestó atención. De hecho ni siquiera pareció darse cuenta. Quiss no lo comprendía; él sí que era capaz de sentir los tirones. Eran tan insistentes y apremiantes… luego recordó sobre qué se hallaba parado. Movió suavemente su cabeza mientras volvía a orientarse mentalmente, y en seguida volvió a ser consciente del peso debajo de sus brazos y sobre sus pies. Sacando sus brazos de los aros aterrizó nuevamente en la habitación situada debajo del Castillo Puertas.
—¡No haga eso! ¡No haga eso! —chilló un pequeño ayudante, saltando incansablemente en el aire mientras tiraba de un extremo de su túnica—. ¡No puede hacer eso! ¡No está permitido!
—¡No me digas lo que debo o no debo hacer… cerebro de pulga! —Dándole un puntapié en el pecho, Quiss se sacó de encima al ayudante que fue a parar a lo lejos sobre el pavimento de pizarra. El ayudante se incorporó velozmente y ajustándose el ala de sombrero sobre su capucha lanzó una mirada a la puerta abierta. Luego juntó sus diminutas manos, entrelazando los dedos recubiertos con unos guantes amarillos.
—Por favor, márchese —dijo—. Usted no tendría por qué estar aquí. No está permitido. Lo siento, pero sencillamente no lo está.
—¿Por qué no? —dijo Quiss, colgado de uno de los aros de hierro e inclinándose hacia adelante para ver al pequeño ayudante.
—¡Sencillamente porque no! —chilló, pegando saltos y agitando sus brazos. Quiss encontró curioso el modo en que se yuxtaponían las bufonadas de la criatura con la gélida expresión de dolorida tristeza plasmada en su máscara. La total ansiedad que mostraba el ayudante le hizo pensar a Quiss que de alguna manera era el responsable de haber dejado abierta la puerta. No le estaba rogando que se fuera tan sólo por su bien; actuaba como un patán aterrorizado.
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