El único problema fue que mientras sucedía esto, el príncipe y su comitiva salieron al balcón que había debajo y fueron saludados por esta lluvia de proyectiles antiaéreos y sus respectivos casquillos. Maté al príncipe y a unos cuantos de sus colegas, por no hablar de las varias docenas de personas de entre la multitud.
—La gente se enfureció. Fue un verdadero pandemónium; pánico y disturbios. El palacio fue saqueado. Nos costó cuarenta días y media brigada controlar aquel trastorno. Eso es todo. —Quiss se alzó de hombros, bajando la vista hacia la mesa.
—Tu historia suena mucho más dramática —dijo Ajayi, tratando de aparentar seriedad—. Has estado al borde de la muerte. —Jugó su ficha de dominó.
—Oh, sí —dijo Quiss, mirándola con una expresión vaga y distante—, durante medio segundo me lo pasé fenomenal.
Ajayi sonrió.
—Por lo visto, compartimos un leve componente de irresponsabilidad y armas de fuego. —Ajayi miró las ruinosas alturas del castillo que se asomaban por encima de ellos—. Las coincidencias no parecen ser todo lo estrechas que uno quisiera, pero aquí estamos. ¿Nos sirve de algo alguna de estas cosas?
—No —dijo Quiss, sacudiendo tristemente su gran cabeza gris—, creo que no.
—Sin embargo —dijo Ajayi—, me alegro de que ahora las conozcamos.
—Sí —dijo Quiss, jugando su penúltima ficha. Luego tosió—. Siento… ah… haberme reído. No estuvo bien. Malas maneras. Pido disculpas.
Tenía la cabeza inclinada, por lo que no reparó en la expresión del viejo y arrugado rostro de Ajayi, la cual le sonreía con verdadero afecto.
—No tiene importancia, Quiss —dijo ella, sonriendo discretamente.
Su estómago le hacía ruidos. Pronto sería la hora de comer. De aquí a un rato probablemente aparecería un camarero. A veces los camareros tomaban sus órdenes y traían los platos pedidos, en ocasiones traían algo completamente distinto, otras veces no recogían las órdenes pero les servían aquello que de todas formas ellos hubieran pedido. A menudo traían tanta comida que se quedaban mirando alrededor desconcertados, como si estuviesen buscando a otros comensales a quienes servir. Por lo menos las horas de las comidas eran fáciles de predecir, y generalmente lo que servían resultaba satisfactorio.
De todos modos, Ajayi deseaba descansar de las partidas. Aquel indeterminado movimiento de fichas de marfil le aburría muy pronto y al cabo de un rato se ponía inquieta con deseos de hacer cualquier otra cosa.
Durante algún tiempo, cuando se lo permitían sus dolores de cintura y de piernas, había explorado el castillo durante largas caminatas, las primeras veces siempre acompañada de Quiss, quien conocía mejor la desigual configuración del lugar, más tarde por lo general sola. Aunque sus huesos y articulaciones se quejaban al subir las escaleras, Ajayi soportaba lo mejor que podía los dolores y de todas formas se detenía frecuentemente a descansar para después continuar caminando cansina a través de las vastas áreas del castillo, explorando sus torrecillas, habitaciones, almenas, fustes de columnas y salones. Prefería limitarse a las plantas superiores, en donde había menos movimiento de personas y suponía que el ambiente del castillo era más… equilibrado.
Quiss le había dicho que más abajo todo se tornaba en cierto modo caótico. Tal vez las cocinas eran el peor sitio, aunque existían rincones mucho más extraños, acerca de los cuales a Quiss no le gustaba hablar (Ajayi sospechaba que aquella actitud no encerraba otra cosa que la sensación de poder típica en las personas que conocen algo exclusivo, pero quizá también intentaba, de un modo desmañado, protegerla de alguna cosa. En el fondo tenía buenas intenciones; por eso ella no se lo recriminaba).
Sin embargo, finalmente la laberíntica geografía interna del castillo dejó de interesarle, y ahora restringía sus salidas a una que otra ocasión, principalmente en la misma planta y sin alejarse mucho, más que nada para estirar las piernas. Después de un tiempo, la inagotable y siempre cambiante topografía del castillo terminó por deprimirla, si bien en un principio le había parecido alentador el que uno jamás pudiera conocer el sitio perfectamente, que jamás le aburriese, que estuviera siempre en constante transformación; derrumbándose, siendo reconstruido, modificado y renovado. Verse relegada para siempre a una forma humana que jamás cambiaría, prisionera en la misma edad, esta jaula de células análoga a los cambios orgánicos de desarrollo y decrepitud que revelaba el castillo le parecía en cierto modo algo injusto; un desagradable recordatorio de una situación que quizá jamás volviese a recuperar.
Ahora ocupaba su tiempo libre leyendo. Sacaba libros de las paredes interiores del castillo y los leía. Estaban escritos en diferentes idiomas, en su mayoría lenguas del planeta sin nombre del cual era originario el Súbdito del castillo y de donde aparentemente provenían todos los libros. Ajayi no comprendía ninguno de estos idiomas.
Muchos de los libros, no obstante, hechos en este particular globo, daban la apariencia de ser traducciones a distintas —extrañas— lenguas, algunas de las cuales Ajayi comprendía hasta cierto punto. Mientras leía, a menudo se preguntaba si el nombre del mundo del Súbdito no era en realidad una especie de pista; había sido cuidadosamente eliminado de cada uno de los libros del castillo que lo mencionaba, cortado el espacio de todas las páginas en donde la palabra debía haber estado escrita.
Ajayi leía los libros que podía. Los cogía del sucio suelo del cuarto de juegos o de las deterioradas paredes y columnas, a la mayor parte echándoles tan sólo un vistazo, dejando caer o reemplazando aquellos cuyo idioma no podía entender, examinando el resto y quedándose para leer los que le parecían interesantes. Tan sólo uno de cada veinte o treinta libros era a su vez comprensible y atrayente. A Quiss no le agradaba su nuevo pasatiempo, y le recriminaba que no sólo ella perdía el tiempo, sino que también se lo hacía perder a él. Ajayi le dijo que precisaba algo que la mantuviera en su sano juicio. Quiss aún rezongaba, si bien difícilmente estaba libre de culpa. Todavía salía a dar sus largos paseos por el castillo y a veces no regresaba hasta al cabo de varios días. Ajayi intentó averiguar qué hacía, pero Quiss siempre reaccionaba de un modo vago u hostil.
Por lo tanto ella continuaba leyendo, y gradualmente, con la ayuda de algunos libros ilustrados que había descubierto en una galería no muy distante, intentaba aprender uno de los idiomas que con frecuencia se encontraba en los libros y que por lo visto pertenecía a una de las lenguas del mundo del Súbdito. Era difícil —casi como si lo fuera intencionalmente—, pero ella era perseverante, y después de todo, le sobraba el tiempo.
THE CAT SAT ON THE MAT [14] Del original en inglés: el gato está sentado sobre el felpudo (N. del T.)
. Bueno, no estaba mal para comenzar.
Ajayi depositó sobre la mesa su última ficha de dominó. Quiss dudó antes de completar el juego, sintiéndose repentinamente inseguro en cuál de los extremos de las líneas de fichas colocar su última pieza.
La mujer comenzaba a sentirse inquieta y pronto, pensó Quiss, sería la hora de comer. Y aquella sería otra estúpida partida malgastada, como todas las demás, no importaba de qué lado pusiese su ficha. Ya era tiempo de que hubiesen dado con una solución, con un buen juego, una disposición lógica que satisficiera cualquier clase de sutil mecanismo existente en el interior de la pequeña mesa. Pero nada. ¿Acaso estaban haciendo algo incorrectamente? ¿Se les había olvidado algo en su intento de escaparse? A ellos no les parecía posible ya que lo verificaron hasta el cansancio.
Читать дальше