Ajayi permaneció en silencio. Eligió siete fichas de dominó, mordiéndose el labio inferior mientras las recogía. La voz del ave realmente alteraba los nervios; en realidad resultaba ridículo, pero el muy condenado era un imitador tan molesto como fiel y dominaba un repertorio de odiosas voces del pasado.
Le tocaba a Ajayi comenzar la partida. Cogió una de las fichas en blanco y la colocó en el centro de la mesa. Se daba cuenta de que había algo en su manera de inspeccionar las fichas antes de cada jugada que enfurecía a Quiss, quien cogía la primera que tenía a mano. Sin embargo, por alguna razón, Ajayi precisaba de aquel pretexto; era una de esas pequeñas cosas que le permitían seguir adelante. No podía simplemente coger las fichas y sacárselas de encima lo más rápido posible, para después volver a mezclarlas y comenzar una nueva partida, aunque de aquel modo las partidas se acabaran más velozmente; eso era muy mecánico, demasiado descuidado. Para ella también era importante creer que cada siguiente partida sería la correcta, en la cual todo coincidiría y la amalgama de las fichas tuviera lógica, dándoles así otra nueva oportunidad para poder escapar de aquel sitio.
Por lo tanto depositó su ficha cuidadosamente, con aire reflexivo. Quiss puso la suya de inmediato, de una manera casi violenta. Ajayi se demoró pensando. Quiss comenzó a impacientarse y con uno de sus pies daba ligeros golpes en el suelo. Desde el fragmento de asta el cuervo dijo tosiendo:
—Joder, otra vez con lo mismo. Espero que os hastiéis pronto y os suicidéis, así al menos tendremos la oportunidad de recibir a personas divertidas.
—No se puede decir que tú seas el más afable de los anfitriones, cuervo —dijo Ajayi, depositando otra ficha de dominó.
—Idiota, no soy tu anfitrión —dijo despectivamente el cuervo rojo—. Incluso una persona como tú tendría que saberlo. Sabía que no tenías testículos, pero pensaba que al menos poseías un mínimo básico de inteligencia.
Quiss colocó bruscamente otra ficha blanca en el centro de la mesa, y Ajayi le dirigió una mirada recelosa, tratando de adivinar si estaba conteniendo la risa o no. Quiss se aclaró la garganta. Ajayi alzó la vista para mirar al cuervo rojo.
—Oh —dijo ella—, te guste o no, en cierto modo lo eres. Y a veces te comportas como un anfitrión muy apropiado, porque ayudas a comprender la razón de este sitio, así que —dejó de mirarle al oír los ligeros golpes del pie de Quiss sobre el pavimento del balcón y se dedicó a estudiar las fichas de marfil que tenía en su mano— aunque no te plazca, desempeñas bien tu papel.
(El cuervo rojo se hallaba mirando a lo lejos el paisaje nevado y sacudía tranquilamente su cabeza.)
—No de un modo simpático —dijo Ajayi—, sino escrupuloso.
—Qué montón de mierda —dijo el cuervo rojo mirándola, sacudiendo aún su cabeza—. Mierda de vaca vieja. —Dejó de mirarla para volver a posar la vista en la blanca planicie—. Crees estar sufriendo un castigo; y yo tengo que quedarme a escuchar semejantes disparates. A veces me pregunto por qué me tomo la molestia, lo juro. Debe haber maneras más fáciles de ganarse la vida.
Ajayi miraba al cuervo con aire pensativo. Se preguntaba si habría una forma de construir un arma con la cual eliminar al cuervo. ¿Qué más podrían agregarle a su sentencia si lo hacían, y valía la pena realmente? Podía oír la bota de Quiss contra el suelo, pero sin prestarle atención continuó observando al cuervo rojo. Se había dado cuenta de que Quiss se reía disimuladamente cuando el cuervo la estaba insultando, y no veía la razón por la cual debía apresurarse en poner su ficha de dominó tan sólo para complacerle. El cuervo también miró fijamente a Ajayi y al cabo de unos segundos se sacudió furiosamente, desplegando un poco sus alas y estirando una de sus patas como si la tuviera rígida.
—¡Venga! —le chilló—. ¿A qué esperas? Por dios, mujer, ¿qué es lo que te detiene? ¿La prevaricación o sencillamente tu estupidez? ¿O ambas cosas? Continúa con el juego.
Ajayi dejó de mirar al cuervo y eligiendo una de sus fichas la depositó cuidadosamente encima de la superficie de la mesa. Sintió que se ruborizaba ligeramente.
—No me digas —le susurró Quiss, mientras se inclinaba sobre la mesa para poner su próxima ficha—, que nuestro emplumado amiguito te ha ofendido… —y volvió a echarse hacia atrás lanzando una mirada a los ojos de la vieja mujer. Ajayi apartó sus ojos, sacudiendo lentamente la cabeza en tanto seleccionaba una ficha de entre las que le quedaban en su mano.
—No —dijo, cogiendo de la palma de su mano una de las piezas de marfil y adelantándose para depositarla sobre la mesa, aunque luego cambió de opinión y se la volvió a quedar, reconsiderándolo y rascándose el mentón con la otra mano. Un exasperado sonido de sofoco les llegó desde arriba de sus cabezas.
—Esto es absurdo —dijo el cuervo rojo—. Creo que me iré a contemplar los carámbanos. No creo que sea más aburrido que esto. —A continuación, el cuervo desplegó sus alas y se echó a volar, refunfuñando. Ajayi le observó alejarse. Desde las almenas más altas otros cuervos y urracas bajaron volando y en bandada se dirigieron en dirección a las minas de pizarra.
—Peste —dijo Quiss. Haciendo tamborilear sus gruesos dedos sobre la superficie de la mesa volvió a mirar a Ajayi, quien asintiendo con la cabeza colocó otra ficha de dominó—. Me estaba preguntando —dijo Quiss, poniendo otra de sus piezas—, si uno podía acercarse un poco más al meollo de la cuestión con aquel comentario. Me refiero a cómo has venido a parar aquí. —Quiss miró furtivamente a su compañera, quien captándolo se rio para sus adentros.
—Pues —dijo ella, considerando las alternativas que tenía en su mano—, quizá sea hora de que nos contemos por qué estamos aquí. Qué hicimos para que nos enviaran a este sitio.
—Hmm —dijo Quiss, aparentemente sin estar interesado en el tema—. Sí, supongo que podríamos hacerlo. Tal vez hasta descubramos alguna pista para contestar correctamente nuestra respuesta; me refiero a alguna coincidencia en nuestros… motivos para estar aquí que nos ayude a salir. —Quiss alzó sus cejas, poniendo una expresión como si quisiera decirle, «qué te parece la idea». Ajayi creyó atinado no recordarle a Quiss que apenas llegada al castillo ella le había hecho exactamente el mismo planteamiento de intercambiar sus historias. En aquel entonces, Quiss se opuso rotundamente a hablar sobre las desgracias personales de cada uno. Ajayi decidió que todo lo que podía hacer (lo que mejor sería que se acostumbrase a hacer) era ser paciente.
—Pues, podría ser una buena idea, Quiss. Si es que estás seguro de que no te importa contármelo.
—¿A mí? No, de ninguna manera, de ninguna manera —dijo rápidamente Quiss. Luego hizo una pausa—. Eh… tú primera.
Ajayi sonrió.
—Muy bien —dijo ella, inspirando profundamente—, lo que sucedió fue que… yo era edecán de nuestro Oficial de Filosofía, que en nuestro escuadrón tenía el rango de Mariscal.
—Oficial de Filosofía —dijo Quiss, asintiendo la cabeza con conocimiento.
—Así es —dijo Ajayi—. Era un terrible entusiasta de la caza, y, un poco pasado de moda, siempre que podía le apasionaba salir a los grandes espacios abiertos y hacer las cosas a la antigua.
—Yo podía compartir con él su idea de volver a los orígenes y de reforzar integralmente nuestra relación con la naturaleza —aunque se tratase de una naturaleza ajena—, pero siempre le hice saber que creía que él llevaba las cosas demasiado lejos. Me refiero a que jamás salía pertrechado con un equipo de comunicación o de transporte, ni siquiera con armamento moderno. Todo lo que teníamos era un par de anticuados rifles y nuestras propias piernas.
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