Este pensamiento le infundió algo de miedo por lo que a toda prisa se dirigió por entre los libros a la puerta de la habitación. Cerrándola con llave, cogió del recargado colgador su mejor casco protector. Luego de ponérselo se sintió reconfortado. Eligió un camino diferente para regresar a su silla junto a la ventana y se sentó. ¿Qué haría ahora? Ir a tomar un trago. Eso es lo que se suele hacer cuando uno termina de trabajar, o tiene montones de dinero. Lo sacó de su bolsillo. En su mayor parte eran billetes de diez libras; había muchísimos. Miró los grandes y marrones rectángulos de papel; la Reina se veía atractiva, así como a él le gustaba pensar que su madre debía haber sido. Del otro lado del billete, Florence Nightingale, que le hacía recordar a alguna de las niñeras del hogar al cual fue de pequeño.
Volvió a guardar el dinero, apiñándolo en su bolsillo trasero. Echó una mirada a su cuarto, observando las paredes de libros, la pila de ropa a un costado de la cama, la joroba de chaquetas, camisas, abrigo y corbatas colgada detrás de la puerta, el gran ropero en donde al principio había guardado todos sus libros, y de los cuales aún muchos se hallaban dentro de cajas de zapatos, el pequeño velador sobre el que descansaban una botella de agua de plástico y el último libro que estaba leyendo. El cuarto poseía un viejo hogar bloqueado, con sus dos barras de calefacción eléctrica. Sobre la repisa se hallaba su colección de emblemas de coches.
Tenía cinco de Jaguar, ocho damas plateadas de Rolls-Royce, dos antiguos símbolos de Austin, y una variada colección de salmones saltando, caballos de carrera, perros con pedigrí y un jugador de criquet empuñando un bate. Para su desilusión, todavía no había conseguido el emblema de un Bentley. En un extremo de la repisa guardaba los símbolos de los Mercedes en una gran jarra. No estaba realmente interesado en los símbolos de los Mercedes, pero por alguna razón su iniciativa de aserrar los emblemas de los coches —por su propia seguridad— se había visto complicada por el instinto del coleccionista de profundizar y extender su colección.
Originalmente se había sentido ofendido por los emblemas de los Jaguar; el felino en actitud de saltar, no siempre presente en todos los coches, pero aún posible de ver su sólida y verdadera forma en muchos de ellos, parecía haber sido diseñado para hacerle sentir náuseas. La dama plateada estaba un poco mejor, pero algunos de los emblemas hechos por la clientela eran horribles. Él creía que se trataba de algo ilegal, pero cuando fue a la comisaría de la calle Mayor para denunciar que la gente conducía aquellos coches con armas letales, el sargento de aspecto aburrido apenas si le miró y finalmente le dijo que él no podía hacer gran cosa por ello y que el caballero tendría que mirar a ambos lados de la calle antes de cruzar (Steven quedó decepcionado, aunque por otra parte le impresionó mucho que un policía le hubiese llamado «caballero»), Por regla general no eran serviciales, y era obvio que al menos unos cuantos de ellos debían participar en la conspiración del Tormento de Grout, pero así y todo, uno no podía dejar de admirarles y tenerles respeto, y que le diesen a uno el trato de «caballero» también estaba muy bien. Regresó unas semanas más tarde para denunciar el robo de una bicicleta de la cual ni siquiera era dueño, tan sólo para que le volvieran a llamar «caballero».
Con frecuencia, sacar los emblemas de los coches resultaba peligroso. En varias ocasiones casi había sido atrapado por dueños enfurecidos que salieron a la calle al oír ruidos extraños en la oscuridad o pasos en una senda de grava.
Al principio Steven se restringió al área más cercana; Islington, en especial Canonbury, y las tranquilas calles alrededor de Highbury Fields. Luego los golpes fueron más improductivos ya que la gente se cuidaba de no dejar sus coches en sitios obscuros y sólo los aparcaban debajo de algún farol de la calle, o eran más escrupulosos y guardaban los coches en sus caminos particulares o garajes, cerrando siempre con llave los portones.
Por consiguiente, sin separarse de su sierra para metales, Steven había ampliado su área de operaciones, y ahora era capaz de actuar en cualquier parte desde la City hasta Highgate, capturando jaguares, raptando damas plateadas y embolsándose estrellas. Ciertamente se sentía mucho más seguro deambulando por las calles, conteniendo la respiración entre los coches y camiones aparcados, no perdiendo de vista los muros bajos o escalones de puerta elevados que también le servían para escapar de los rayos láser de los vehículos en movimiento, con la certeza de que aquellas rugientes trampas mortales ya no eran en parte tan peligrosas gracias a su labor.
Más tarde comenzó a cuestionar las motocicletas; éstas también podían ser muy mortíferas. Por lo general eran conducidas por exhibicionistas suicidas, y le bastaba oír su sonido para sentirse terriblemente asustado, por lo que comenzó a odiar a las personas que las conducían.
Así que se dedicó a poner azúcar en sus depósitos de gasolina; eso fue lo que había estado haciendo la noche anterior, en la zona de Clerkenwell. Estuvo fuera hasta las dos de la madrugada, y le persiguió un guardia de seguridad que le había visto manosear el depósito de gasolina de una moto en un aparcamiento. Steven regresó muy nervioso y excitado, y a pesar de que se sentía agotado tardó bastante tiempo en dormirse. Tal vez ésa fue la causa de su comportamiento alterado aquella mañana.
Bueno, a él no le importaba; a quienes tendría que afectarles era a los del almacén. Ya se acordarían de él cuando los hoyos que había reparado en la calle Mayor permaneciesen mucho más tiempo intactos que los reparados por ellos. Era su problema. Él no se arrepentía en lo más mínimo de azucarar los depósitos de gasolina o arrancar las insignias de los coches. Después de todo, tampoco lo hacía sólo para él. Si bien era cierto que él era la persona más importante, también le estaba haciendo un favor a todo el mundo —por ejemplo, a esos transeúntes que circulaban por la calle Packington.
Steven colgó la pequeña toalla sobre el respaldo de la silla junto a la ventana. Buscó entre la pila de ropa colgada detrás de la puerta hasta que finalmente encontró una camisa bastante limpia y se la puso. Debajo de su cama guardaba un desodorante en aerosol que solía ponerse cuando se acordaba, pero éste se le había acabado la semana pasada y no se acordó de comprar uno nuevo. La camisa se la metió dentro de los pantalones.
Cogió de encima del velador su Caja de Evidencias y se fue a sentar junto a la ventana. La Caja de Evidencias era un viejo estuche de cartón de whiski Black & White que Steven había recogido en alguna parte. Dentro guardaba una pequeña grabadora radio-cassette, un panfleto de una agencia inmobiliaria y un atlas escolar, además de una buena cantidad de recortes de periódico amarillentos.
Los recortes eran principalmente de secciones del tipo «Créase o No»; artículos graciosos y extravagantes, supuestamente sobre Historias Verdaderas que Steven sabía no tenían ningún sentido; disparates inventados con los cuales querían incitarle, hacer que diera la cara y les desafiase, que desenmascarara su farsa. Pero él no se mostraría tan estúpido o poco cauteloso; se mantendría a la sombra, recolectando la evidencia. Tal vez llegara el día en que podría darle un verdadero uso, pero entre tanto le tranquilizaba.
Sacó la grabadora y la puso en marcha. Había grabado los ruidos de la banda de frecuencias de Onda Corta, llamados «estáticos». Pero él sabía de qué se trataba realmente; escuchó el chirriante y profundo estrépito continuado, reconociendo en él el incesante sonido de los pesados bombardeos durante la Guerra. Se asombraba de que nadie más lo hubiera percibido. Eso no eran descargas estáticas sino ruidos de motores. Él lo sabía. Se trataba de una Filtración, un minúsculo desliz que ellos habían cometido y el cual permitía que una parte de la realidad se introdujese en aquella falsa prisión de la vida.
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