Sara se había asomado por la ventana después de que él hubiera pulsado el timbre del interfono, sacando la cabeza por la parte inferior de la ventana de guillotina y a través de unas cortinas color marrón obscuro.
—¡Hola! —le gritó.
Graham cruzó hasta el medio de la calle.
—¿Sales a jugar? —dijo sonriendo y mirándola a contraluz. Justo entonces la parte abierta de la ventana se soltó y fue a caer sobre ella; riéndose, Sara giró la cabeza.
—¡Ay! —exclamó.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó Graham. Ella asintió.
—No me he lastimado. —Sara se meneó. Él tuvo que resguardarse los ojos para ver mejor—. Creo que podré zafarme. Eso espero, porque si no me quedaré aquí atrapada.
Graham hizo una mueca de preocupación. Repentinamente pensó en cómo se la debía ver desde el interior de la cocina con aquella postura inclinada; un horrible pensamiento de índole sexual se le pasó por la cabeza e instintivamente buscó con la mirada la enorme moto BMW negra, pero no la encontró. Jamás estaba allí cuando ella le invitaba a que pasase a buscarla por su apartamento; los mantenía a él y a Stock bien alejados uno del otro. Sara se rio nerviosamente.
—Siempre me ocurren esta clase de cosas —dijo, y encogiéndose de hombros apoyó los codos sobre el alféizar de la ventana con una sonrisa. Llevaba puesta una holgada y gruesa camisa de lana a cuadros escoceses, la cual le daba aspecto de leñador.
—Qué —dijo él—, ¿vienes a dar un paseo?
—¿Dónde quieres ir? —dijo ella—. Tiéntame con algo.
—No lo sé. ¿Te apetecería ir al canal?
—Quizá —dijo ella, encogiéndose de hombros. Dejó de mirarle para escudriñar el horizonte—. Ah —exclamó—, la Torre de la Oficina de Correos.
Graham dirigió la vista hacia el suroeste, aun a sabiendas de que era imposible ver el alto edificio desde la calle.
—¿Deseas ir allí?
—Podríamos ir al restaurante giratorio —dijo ella riéndose.
—Creo que está cerrado —dijo Graham. Sara volvió a encogerse de hombros, estiró los brazos hacia afuera y arqueó su espalda.
—¿Ah sí? Qué fastidio de personas.
—De todos modos estaba fuera de mi poder adquisitivo —dijo él bromeando—. Si tienes hambre puedo invitarte a una hamburguesa con patatas fritas. ¿Qué te parece la oferta?
—Vamos al zoo —dijo ella, bajando la vista hasta él.
—¿Cerdo hormiguero con patatas fritas, o chimpancé con patatas fritas? —dijo él. Sara se rio y eso a Graham le hizo sentirse bien.
—Hoy podríamos ir al zoo —dijo Sara.
—¿Realmente quieres ir? —dijo él. Tenía entendido que la entrada costaba muy cara. Pero si a ella le apetecía irían.
—No lo sé —dijo alzando los hombros—. Creo que sí.
—El canal pasa junto al zoo. Quizá tengamos que caminar bastante, pero será agradable. Hay que atravesar Camden Lock. —A Graham le estaba comenzando a doler el cuello de tanto mirar hacia arriba. Sara se aferró al borde del alféizar, como si estuviera haciendo un esfuerzo con la región lumbar. Está atrapada, pensó él, pero no lo quiere admitir. Orgullosa; desconcertada. Como yo. Graham sonrió. Tal vez tendría que ir en busca de una escalera y rescatarla. La idea no dejaba de ser divertida.
—¿Sabías que el canal pasa justo por debajo de esta casa? —comentó ella.
Graham negó con la cabeza.
—No. ¿Es cierto?
—Por supuesto —asintió ella—. Justo por aquí debajo. Lo comprobé con el mapa. ¿No te parece increíble?
—Quizá haya un pasaje secreto.
—Podríamos construir uno. Un túnel. —Su voz sonaba estridente; Graham quiso reírse de ella pero no lo hizo. Ella comenzaba a sentirse molesta, avergonzada de haberse quedado atrapada por la ventana, conversando mientras secretamente se esforzaba por levantar la ventana trabada.
—¿Tienes algún problema ahí arriba? —dijo él, tratando de mantener el rostro serio.
—¿Qué? —dijo ella, agregando luego—: No, no, claro que no. —Se aclaró la garganta—. Pues, ¿por qué no me cuentas que has estado haciendo estos días?
—Nada importante —dijo sonriendo—, tan sólo esperando volver a verte. —Ella hizo una mueca graciosa, emitiendo un ronquido parecido a una carcajada. Graham continuó—. He dibujado algunos retratos tuyos.
—¿Ah sí?
—Sin embargo todavía no son lo suficientemente buenos. Creo que los voy a romper.
—¿De veras?
—Eres difícil de dibujar. —Graham miró a uno y otro lado de la calle—. ¿Algún día posarás para mí debidamente?
—Querrás decir indebidamente —le replicó Sara, riéndose.
—Mejor aún. Pero tendrás que pasar un buen rato sin moverte.
—Quizá. Algún día. Vale, está bien; sí, indudablemente. Lo prometo.
—Cuento contigo.
—Hazlo.
—¿Vas a bajar entonces? —dijo Graham.
Ella estaba realmente atascada. Vio cómo giraba la cabeza, los hombros se le tensaban y arqueaba nuevamente la espalda. Masculló algo que sonó parecido a una maldición. Después volvió a mirarle, asintiendo con la cabeza.
—Sí, sí, es sólo un segundo.
Graham sonrió con alivio cuando Sara empujó hacia arriba la ventana, con la cabeza inclinada y el pelo negro suelto a los costados. Tan sólo podía ver su cara mientras volvía a subir a la acera. Ella lanzó un gruñido; la ventana chirrió. Graham vio su rostro triunfante; con una amplia sonrisa y un saludo de su mano desapareció, diciendo:
—Ah, eso está mejor. Bajo en unos instantes.
Caminaron hasta la esclusa de Camden; Sara no se sentía con ganas de ir demasiado lejos. Pasaron la mayor parte de la tarde mirando posters en una tienda, y luego en un café. Ella no quiso regresar a pie; cogieron el metro en Camden Town hasta la estación Angel.
En el viaje de metro, Graham le hizo algunas preguntas que siempre había deseado hacerle y jamás se atrevió. El traqueteante vagón del metro le ofrecía una especie de ruidoso anonimato que le hacía sentirse seguro.
Le preguntó acerca de Stock; ¿era él la causa de que ella estuviera en Londres?
Sara permaneció en silencio durante largo tiempo, finalmente sacudió la cabeza.
Había venido a Londres para escaparse, para huir. La ciudad era lo suficientemente grande como para poder ocultarse, para desaparecer, y de todas formas ella conocía aquí a muy pocas personas; Slater era una. Stock también vivía aquí, pero ella no se hacía ninguna ilusión, jamás las tuvo, sobre la continuidad de esa relación. Ella se encontraba en Londres, había dicho, para ser ella misma, para volver a encontrar su camino. Stock era… algo que ella necesitaba, incluso todavía; algo en lo cual ella se apoyaba; sabía que se trataba de un tipo que para nada influiría en las transformaciones y fluctuaciones de su vida.
Sabía que no eran el uno para el otro en realidad; ella no le amaba, pero todavía no se sentía capaz de dejarle. Además, él no era de aquellos que se rendían fácilmente.
Al llegar aquí Sara dejó de hablar, como si pensase que había dicho más de la cuenta. Al cabo de unos instantes miró a Graham y colocando su mano sobre la mejilla de él, dijo:
—Lo siento, Graham; eres muy amable conmigo, me encanta hablar contigo. Para mí es muy importante. No sabes cuánto.
Graham cogió su mano entre las suyas. Sara esforzó una pequeña sonrisa.
—Me alegro de serte útil —dijo (trató de hablar en voz baja ya que había gente cerca)—, pero no quiero ser para ti únicamente como un hermano.
Al escuchar esto el rostro de Sara se endureció, y a Graham le pareció que el alma se le caía a los pies como si percibiera que casi había estado a punto de decir algo desatinado. Pero Sara volvió a sonreír, y dijo:
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