Iain Banks - Pasos sobre cristal

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Pasos sobre cristal: краткое содержание, описание и аннотация

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La historia de
, son tres historias en realidad. En la primera tenemos a Graham, un joven artista que se dirige a casa de su amiga Sarah, acompañado de una carpeta con varios dibujos de ella. En segundo lugar está Steven Grout, un tipo verdaderamente extraño, que acaba de renunciar a su puesto de trabajo y que siempre va con casco, huyendo de sus Atormentadores. Y por último tenemos a Quiss y Ajayi, un hombre y una mujer, respectivamente, ya mayores, que están encerrados en un extraño castillo, algunas de cuyas paredes son de cristal, detrás de las cuáles hay peces luminiscentes, y donde pasan los días jugando a estrambóticos juegos de mesa con el fin de poder obtener la opción de responder a un acertijo, y así poder salir libres.

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Quiss murmuró algo para sus adentros. Sí, eso podía comprenderlo, pero no por ello dejaba de pensar que se trataba de un despilfarro mantener ocupados de esa manera a los subordinados, y además no concordaba con las continuas excusas del senescal y de sus ayudantes acerca de la falta de personal. Pero por ahora lo dejaría pasar. —¿Y de dónde proviene? Lo único que veo crecer en este sitio son malezas.

El senescal volvió a alzarse de hombros.

—¿De dónde proviene usted? —dijo sombríamente. Quiss entrecerró los ojos ante la pupila que sin duda parecía estar mirándole por el rabillo. Pensó que tampoco sería bueno insistir sobre aquel punto de vista.

Habían llegado al sitio en donde Quiss atravesó los rieles del ferrocarril de vía estrecha. Un pequeño tren, tirado de una diminuta máquina de vapor y que incluía vagones de plataforma doble que transportaban cada uno tres calderos cerrados herméticamente y siseantes, apareció rodando lentamente, sus ruedas chirriando y matraqueando de tanto en tanto. Quiss y el senescal se detuvieron, observando cómo el tren pasaba delante de ellos y desaparecía en los vapores de las cocinas con una cacofonía de traqueteos, siseos y tintineos, emitiendo tan sólo un único y sofocado pitido. Retomaron entonces la marcha, Quiss reprimiendo una pregunta concerniente al destino del tren.

De pronto, a su derecha, hubo en algún lugar una explosión sorda, y de entre la bruma surgió un resplandor anaranjado como los rayos de una puesta de sol. Se oyeron algunos gritos y lamentos. La nube anaranjada comenzó a desvanecerse pero no desapareció. El senescal le dirigió una breve mirada pero no pareció inquietarse demasiado, a pesar de que —al cabo de unos instantes— los pinches que pasaban corriendo delante de ellos iban cargados de cubos de agua y de arena, mantas, herramientas cortantes y camillas.

—Ése es otro asunto —dijo Quiss, mientras se acercaban al sitio en donde había arrojado al mentiroso ayudante dentro del caldero—. Con todo este equipo de transporte que poseen aquí— y señaló hacia arriba el cable móvil que transportaba los retintineantes cubiertos, curvándose por debajo de los entremezclados conductos y de los prismas giratorios que colgaban del techo de la cocina—, y no hablemos del mecanismo del reloj y del sistema de transmisión y de la complicada instalación sanitaria en techos y suelos…

—¿Entonces? —dijo el senescal.

Quiss le miró ceñudamente y dijo:

—¿Cómo es posible que no puedan traernos la comida caliente?

Justo pasaban delante del recipiente al cual Quiss había arrojado al pequeño pinche. Ése había sobrevivido a la penosa experiencia y se hallaba sentado, sucio y tembloroso, siendo limpiado por algunos de sus colegas. Un cocinero subalterno dirigía la limpieza de la cocina sobre la cual se asentaba el caldero y la preparación de un nuevo potaje para reemplazar al que se había derramado. El senescal se detuvo, observando con ojo crítico el desarrollo de la tarea. Los pinches trabajaron todavía con mayor presteza. Aquel a quien Quiss había arrojado dentro de las gachas al ver la enorme figura cubierta de pieles del humano se puso a temblar con tanta fuerza que comenzó a esparcir restos de sopa, al igual que un perro sacudiéndose agua.

—Pues —dijo el senescal—, desde aquí hasta allí hay un buen trecho.

—Podrían construir un montaplatos.

—Eso sería… —el senescal dejó de hablar, observando a uno de los aprendices de cocinero introducir un largo cucharón dentro del caldero del cual acababan de rescatar al infortunado ayudante. El aprendiz se llevó el cucharón a la boca, asintió apreciativamente y se dispuso a bajar por la escala mientras el senescal continuaba diciendo—…ir en contra de la tradición. Es un gran honor para nuestros camareros llevarles las comidas a nuestros invitados. De ningún modo puedo privarles de eso. Un montaplatos sería algo… —el aprendiz de cocinero del cucharón ahora hablaba con el cocinero subalterno, que también había probado el contenido del cucharón y asentía, al mismo tiempo que el senescal completaba su frase—…impersonal.

—¿Y a quién le importa que sea impersonal? Éstas no son precisamente la clase de… personas con las cuales me interesaría relacionarme de cualquier modo —dijo Quiss, señalando a los ayudantes, camareros y pinches que les rodeaban en tanto el cocinero subalterno se acercaba respetuosamente al senescal, saludándole con una reverencia. El senescal se agachó ligeramente mientras el cocinero subalterno trepaba a un taburete para susurrar algo en el oído de su amo. El senescal dirigió una rápida mirada al tembloroso ayudante atendido por sus compañeros, luego se alzó de hombros diciéndole algo al cocinero subalterno, quien rápidamente se bajó del taburete dirigiéndose hacia los demás.

El senescal miró a Quiss y dijo:

—Desgraciadamente no sólo cuentan sus sentimientos. También tengo que pensar en el bienestar de mi personal. Así es la vida. Ahora debo retirarme. —Dando media vuelta se marchó, ignorando los gritos del pequeño y mojado ayudante mientras, después de que el cocinero subalterno hubiera hablado con los otros pinches, señalado el caldero, el cucharón y su propio vientre antes de indicar con la cabeza al empapado ayudante, era cogido, entre pataleos, por los mismos pinches que habían estado atendiéndole, empujado hacia arriba por la escala que aún se hallaba apoyada sobre un costado del enorme caldero, y vuelto a ser arrojado dentro. La tapa sujeta a la polea se cerró con un ruido estrepitoso.

Quiss pateó el suelo con un gesto de frustración y luego se dirigió al lugar en donde había dejado el resto de sus pieles, para continuar subiendo hasta los niveles superiores del castillo.

Estratego Abierto resultó ser finalmente un juego que consistía en ubicar piedras blancas y negras en las cuadrículas de un gran mapa ocupando territorios. A él y a Ajayi les llevó doscientos días —de acuerdo a su manera de calcular el tiempo— aprender y poner en práctica las reglas de aquel juego. Nuevamente estaban a punto de finalizar y él todavía tratando de hacer que reparasen el sistema de calefacción. Desde el último juego había menguado tanto el calor como la iluminación.

—Y ahora supongo que tendré la culpa de que no hayan reparado inmediatamente la calefacción —murmuró para sus adentros mientras caminaba por el angosto pasillo. Ella le echaría la culpa. Pues bien, que lo hiciera; a él no le molestaba. Con tal de que pudieran terminar pronto ese estúpido juego y que le llegase el turno de responder a él. Ella podría quizás ser mejor jugando a aquellos estúpidos juegos (piezas infinitas que tan sólo eran infinitas en una dirección, desde un punto ; ¡se las podía sostener de un extremo pero igual continuaban siendo infinitas! ¡Demencial!), pero él estaba seguro de tener la respuesta correcta, y una mucho más obvia y directa que la que había dado ella. Jamás debió dejar que le convenciese de responder primera cuando estaban decidiendo el modo de manejar toda esta situación. ¡Ella y su manera de hablar tan agradable, sus argumentos «lógicos»! ¡Qué tonto que había sido!

—Sin embargo esta vez lo conseguiremos —se dijo a sí mismo, mientras subía por el serpenteante interior del castillo y las luces comenzaban a difuminarse y el frío se hizo más intenso, obligándole a arroparse de nuevo con sus pieles—. Sí, esta vez lo conseguiremos —lo conseguiré. Definitivamente.

Hablando por lo bajo consigo mismo, el corpulento y viejo hombre cubierto con pelo moteado subió torpemente las mal iluminadas plantas del castillo, abrigado en sus pieles, esperanzas y temores.

La solución del problema, la respuesta de Quiss al acertijo: «¿Qué sucede cuando una fuerza imparable se encuentra con un objeto inmóvil?», fue:

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