—¡Suélteme! —El ayudante aulló y forcejeó, mientras alrededor de su cintura el cordón verde se agitaba de un lado a otro—. ¡Socorro! ¡Socorro!
Quiss le pegó un sacudión.
—Cállate… espiroqueta —dijo—. Dime en donde puedo hallar al senescal en toda esta confusión. —Sacudió repentinamente el cuerpo del ayudante e indicó con la cabeza el sitio que tenían delante de ellos.
Quiss estaba de pie junto al inicio de un tramo de escalera, justo en el límite exterior del pandemónium que eran las cocinas del castillo. Éstas se hallaban en lo más profundo de la estructura, alejadas de cualquier muro exterior. Eran gigantescas; poseían un techo muy alto abovedado con tejas de pizarra sobre pilares de hierro, y desde el lugar en donde permanecía Quiss, todas las paredes salvo la que tenía justo detrás suyo eran invisibles: estaban ocultas por los vahos ascendentes, humos y vapores provenientes de cientos de ollas, cacerolas, tinas, hornos, sartenes, teteras, parrillas, marmitas y calderas.
La luz provenía de unos prismas colgados del techo; grandes placas talladas de cristal reflejaban la luz desde el exterior a través de largos, claros y vacíos pasadizos que desembocaban en las tumultuosas cocinas. También atravesaban el enmarañado techo, obscureciendo secciones enteras de la cilíndrica estructura, conductos de humo retorcidos al igual que inmensas serpientes recubiertas de metal, sus enrejadas bocas absorbiendo los vahos de la cocina y expeliéndolos en las ventiladas alturas de alguna cementada torrecilla. El senescal le había explicado a Quiss que el sistema de circulación de aire era generado por algunos de los diminutos ayudantes del castillo de menor rango; movían molinos de disciplina que estaban conectados a ventiladores parecidos a molinos de agua. Quiss comenzó a sentir escozor en los ojos debido a la atmósfera cargada de vapores, y mientras intentaba ver algo por entre las nubes grises, amarillas y marrones producidas por los vahos ascendentes, pensó en sugerirle al senescal —si alguna vez le encontraba— que de algún modo persuadiese a los pinches de cocina encargados de aquellas ruedas ventiladoras que en vez de caminar debían correr. Allí también hacía demasiado calor. Quiss ya sentía que comenzaba a sudar, pese a haber dejado gran parte de sus pieles tendidas en lo alto de las escaleras por las cuales había descendido hace tan sólo unos instantes.
—¡Yo no sé cómo llegar hasta él! ¡No sé de qué me habla! —dijo retorciéndose el ayudante. Sus pequeños pies enfundados en botas verdes imitaban los movimientos de un corredor, si bien se encontraban a casi un metro de altura del suelo de pizarra de la cocina.
—¿Cómo dices? —rugió Quiss, salpicando de saliva la máscara que llevaba el pinche. Sacudió a la criatura rudamente—. ¿Qué dices, miserable excreción?
—¡No sé cómo llegar al despacho del senescal! ¡Ni siquiera sé de quién me habla!
—Entonces —dijo Quiss, atrayendo el inexpresivo y desconsolado rostro al suyo—, ¿cómo es que sabes que tiene un despacho?
—¡No lo sabía! —respondió el otro con un chillido—. ¡Usted me lo dijo!
—No es cierto.
—¡Sí que lo es!
—No —dijo Quiss, sacudiendo tan rudamente al ayudante que el ala de sombrero sin copa que llevaba encima de su cabeza se cayó—, es —volvió a sacudirle, haciendo que la capucha se deslizase de su cabeza y revelara la lisa continuación de la máscara por encima del cráneo de la criatura, que agitó los brazos tratando de volver a ponerse la capucha mientras Quiss terminaba de hablar—, cierto.
—¿Está usted seguro? —dijo el pinche atontado.
—Absolutamente.
—Oh, diablos.
—Por lo tanto, ¿en dónde se encuentra?
—No se lo puedo decir; no está permitido. Yo… ¡oh! ¡Por favor, no siga sacudiéndome!
—Entonces dime en dónde puedo hallar al senescal.
—¡Waaah! —exclamó el pequeño ayudante.
—¡Gusano escrofuloso! —vociferó Quiss; cogiendo al ayudante por los pies introdujo su cabeza en el cubo que había estado cargando. Las humeantes gachas de avena se derramaron sobre el suelo de la cocina. Dejó que el servidor forcejease y patease durante unos instantes, luego lo volvió a alzar, lo sacudió, y le cogió nuevamente del cogote. Como se estaba ensuciando las manos, se las limpió en las ropas de la criatura.
—¿Y bien? —dijo Quiss.
—¡Eso ha sido horrible ! —lloriqueó el ayudante.
—Lo haré otra vez y te dejaré allí a menos que me digas en dónde puedo hallar al senescal.
—¿Quién? ¡No! ¡No lo haga! Yo…
—¡Muy bien! —dijo Quiss, y metió nuevamente la cabeza del pinche de cocina dentro del cubo ahora medio vacío. Al rato lo volvió a halar hacia arriba. La cabeza de la pequeña criatura colgaba indolentemente de sus hombros al igual que sus laxos brazos.
—Le diré una cosa —habló, respirando con cierta dificultad—. Por qué no buscamos entre los dos a alguien a quien podamos preguntarle…
—¡No! —gritó Quiss. Esta vez sostenía a la debilitada criatura por una de sus piernas. Reconsideró la situación: en las cocinas no podía existir una desorganización tan absoluta como para que los pinches ya no supieran a cargo de quién estaban, o en dónde se hallaba su despacho. ¿O acaso las cosas se habían deteriorado tanto? Sacudiendo la cabeza, Quiss pensó que aquello era un triste espectáculo. El ayudante ya no forcejeaba. Miró hacia abajo recordándose de lo que estaba haciendo y con una exclamación sacó al fláccido pinche del cubo, chorreante de gachas. Lo sacudió un poco hasta que la criatura produjo un gorgoteo y movió débilmente su cabeza—. ¿Estás dispuesto a hablar?
—Oh, mierda, de acuerdo —dijo sin fuerzas el ayudante.
—Bien. —Quiss se dirigió hasta una amplia zona de mesas de trabajo, hornillos, fregaderos y comederos; sentó al pinche sobre una superficie plana, sólo para que al cabo de unos instantes su trasero comenzara a humear; la criatura saltó abruptamente lanzando un chillido. Quiss se excusó por haberle puesto encima de un hornillo y le depositó sobre un escurridero, salpicándole el rostro enmascarado con un poco de agua.
—Sucede lo siguiente —dijo el pinche, secándose la máscara—. Aquí abajo hemos puesto en marcha un nuevo régimen para hacer las cosas un poco más interesantes. Cuando alguien nos hace preguntas hay entre nosotros unos que siempre dicen la verdad y otros que dicen lo contrario. Algunos de nosotros damos respuestas correctas y otros las damos falsas, ¿comprende?
—No, no comprendo —dijo Quiss, mirando fijamente a la máscara. Al estar sentado sobre una superficie elevada, sus cortas piernas sobresaliendo por fuera de la pulida barandilla de bronce que servía tanto de barrera protectora alrededor de los hornillos como de colgadero para los sucios trapos de la cocina, el pequeño rostro del ayudante se hallaba casi a la misma altura que el del hombre. Quiss aguardó a que el pinche recobrase el aliento, y mientras tanto se dedicó a examinar nuevamente las cocinas.
Se veían pocos ayudantes por los alrededores. Él estaba seguro de haber visto más cuando llegó; les había visto correr aprisa por el lugar, llevando utensilios, de pie sobre taburetes revolviendo mezclas humeantes, cortando cosas y arrojando trozos y pedazos dentro de las ollas. Algunos de ellos habían estado fregando los suelos; otros lavando platos y copas; otros cuantos tan sólo corriendo, sin carga alguna, pero igual de veloces y resueltos.
Ahora únicamente veía a unas cuantas figuras imprecisas, medio ocultas por los vapores de las cocciones. Aquellos olores le hicieron arrugar la nariz; supuso que los pequeños sinvergüenzas trataban de mantenerse alejados de su persona. Deseó que se les quemase la comida. El pinche sentado sobre el escurridero continuó hablando.
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