Iain Banks - Pasos sobre cristal

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Pasos sobre cristal: краткое содержание, описание и аннотация

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La historia de
, son tres historias en realidad. En la primera tenemos a Graham, un joven artista que se dirige a casa de su amiga Sarah, acompañado de una carpeta con varios dibujos de ella. En segundo lugar está Steven Grout, un tipo verdaderamente extraño, que acaba de renunciar a su puesto de trabajo y que siempre va con casco, huyendo de sus Atormentadores. Y por último tenemos a Quiss y Ajayi, un hombre y una mujer, respectivamente, ya mayores, que están encerrados en un extraño castillo, algunas de cuyas paredes son de cristal, detrás de las cuáles hay peces luminiscentes, y donde pasan los días jugando a estrambóticos juegos de mesa con el fin de poder obtener la opción de responder a un acertijo, y así poder salir libres.

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—¡El objeto inmóvil es derrotado; la fuerza siempre gana!

(El cuervo rojo, apoyado sobre la balaustrada del balcón, cloqueó de risa. Ajayi lanzó un suspiro.)

El ayudante regresó al cabo de unos pocos minutos, enredándose con sus diminutas botas rojas en el dobladillo de su túnica.

—Por más que no me cause ningún placer ser el portador de malas noticias… —comenzó a decir.

TERCERA PARTE

La calle Amwell

Una sucesión de pesados camiones que pasaban con estruendo por la calle Amwell sorprendieron a Graham al doblar por la Avenida Rosebery; eran unos inmensos autocamiones grises con los laterales acanalados que transportaban canto o ripio, dada la estela de polvo que dejaron detrás suyo en el aire casi inmóvil. El camino comenzaba a hacerse un poco ascendente, por lo que Graham aminoró su marcha. Prestó atención al tráfico, percibió la leve brisa cálida y cambiando el portafolio de mano volvió a pensar en ella.

Después de la fiesta, durante dos días le fue imposible encontrar a Slater y pasó todo ese tiempo en un estado de ofuscamiento. El lunes, sin embargo, le halló en el pequeño y humeante café bar de la calle León Rojo en donde por lo general solía pasar la mayor parte de su periodo académico, y Graham le había invitado a varias rondas de tazas de té y costoso salmón ahumado sobre pan de cereales, mientras Slater le contaba de modo pausado y provocativo acerca de Sara.

Sí, habían sido vecinos en Shrewsbury, pero naturalmente sólo se veían durante la época de vacaciones, y tampoco se hicieron amigos hablando por encima de un bonito y grotesco seto de jardín; él reparó por primera vez en ella desde la casa que se había construido sobre un árbol del jardín de sus padres mientras aprendía a montar en su nuevo poni en la finca de diez acres de bosque y pasto bien cuidado que poseían los padres de Sara.

—¿Una casa sobre un árbol? —dijo bromeando Graham—. ¿No es eso algo varonil?

—Querido, jugaba a que era Jane y no Tarzán —le respondió con sarcasmo Slater.

Los mejores años de Sara, continuó diciendo Slater, comenzaron después de que hubiera terminado los estudios. En esos días era una golfa, había dicho, suspirando con exagerada añoranza. Bebía Guiness, fumaba Gauloises y comía lo que fuera siempre y cuando estuviese condimentado con mucho ajo. También despedía un olor fuerte. Nunca salía sin su gran bolsa de mano. Dentro llevaba patatas que colocaba en los tubos de escape de los coches lujosos, y un impresionante y afilado cuchillo con el cual desgarraba las capotas de los automóviles convertibles. Si era posible, se introducía en los coches por esos mismos agujeros.

Se emborrachaba a menudo y una vez se desvistió sobre el piano de un pub local. (En uno de sus paseos por el canal, Graham le preguntó a Sara si aquello era verdad. Ella había sonreído, bajando la vista mientras seguía caminando, para finalmente admitir, un poco avergonzada, que todo aquello era cierto:

—Era salvaje —asintió con su grave y pausada voz. En aquel momento Graham se sintió dolido, igual que cuando Slater se lo contó por primera vez; deseaba haberla conocido entonces, ser parte de su vida durante aquel tiempo. Se daba cuenta de que estaba celoso del mismísimo tiempo.)

Era tres años mayor que Slater; es decir que ahora tenía veintitrés años. Durante los dos últimos años había estado casada con un hombre que realmente era director de obras del sistema de alcantarillado (a Slater le ofendió profundamente que Graham hubiese pensado que se había inventado aquel detalle tan sólo para bromear). Ella se casó contra la voluntad de sus padres, con quienes no se hablaba desde el día de la boda. De todos modos, tampoco se llevaba muy bien con ellos; probablemente lo hizo nada más que para irritarles. Era una lástima, porque sus padres no eran malas personas; al igual que los suyos, se creían todo lo que leían en el Daily Telegrah.

Sara poseía una única habilidad, o talento. A pesar de haber sido una alumna mediocre (ni siquiera le permitieron presentarse a examen en la universidad de Oxford), jamás descuidó sus lecciones de piano y de hecho tocaba muy bien ese instrumento. Su horrible maridito no veía esto con buenos ojos sin embargo, y vendió el piano un fin de semana en que ella se hallaba fuera en casa de unos amigos. Pero eso no fue La Última Gota, ni mucho menos. La venta del piano sucedió a los pocos meses de llevar casados. Ella tendría que haberle dejado entonces, pero la muy obstinada persistió.

Cuando no aparecieron los bebés el maridito se enfadó; le echó la culpa a ella. Sara había intentado ser una buena esposa pero fracasó; las otras mujercitas con las cuales se suponía que tenía que intimar para favorecer el ascenso de su esposo eran insoportablemente estúpidas. Al ostracismo social le siguieron ataques de tontera, el maridito comenzó a beber más de la cuenta, no le pegaba con frecuencia pero se la pasaba insultándola y le dio por la pesca; desaparecía fines de semana enteros con amigos que ella no conocía. Según él, andaba pescando por los ríos, pero cada domingo por la noche traía a casa filetes de pescado de mar y se cuidaba muy bien de vaciar los bolsillos de su ropa antes de dársela a ella para que la lavase. Sara comenzó a sospechar.

Pasaba sus fines de semana aquí en Londres, en el piso de Verónica, que ahora ocupa mientras su amiga permanece por un año en la Universidad de California como estudiante de intercambio. En uno de estos fines de semana conoció a Stock, fotógrafo que trabajaba para el suplemento de color de un periódico, aunque siempre bajo nombre falso para no pagar impuestos. Slater le había visto con su moto BMW, pero jamás sin su casco protector; para él podía ser tanto un albino como un rasta. Se parecía un poco a Darth Vader, el de La Guerra de las Galaxias. sin su capa. Aparentemente era un sujeto celoso y malhumorado; también estaba separado. No entendía cómo le podía gustar a Sara.

De todas formas, Slater pensaba que aquello no iba a durar mucho, basándose maliciosamente en el hecho de que ahora se veían con mayor frecuencia y no tan sólo los fines de semana; Stock se quedaba a menudo a dormir en aquel horrible y pequeño piso de Islington, pero Slater creía que Sara se podría cansar muy pronto del viril hombre enfundado en cuero negro.

¿Esa cosa alrededor de su cuello? Era una cicatriz sin duda; una marca de nacimiento que se había hecho sacar en la adolescencia por si resultaba ser maligna. Sí, él también la encontraba perversamente hermosa. Le había puesto a ella el apodo «La Cicatrice».

Finalmente, Slater le pasó el número de teléfono de su piso y Graham apuntó cuidadosamente las siete cifras, verificándolas a continuación sin prestar atención a las mezquinas observaciones de Slater acerca de la peculiar Sara y su espantoso gusto para con los hombres o de la naturaleza adúltera y frívola de las mujeres en general. Le propuso intercambiar las historias de lo que cada uno hizo después de abandonar la fiesta, pero Graham no quiso saber nada, y así se lo dijo a Slater mientras escribía el nombre de ella al costado de los números: Sarah Fitch. Slater lanzó una carcajada, burlándose y señalando lo que Graham había escrito.

—No lleva una «f» mayúscula sino dos minúsculas. Al igual que la industria británica, nuestra Sara está descapitalizada. Y Sara no lleva «h» final —dijo.

Graham la llamó desde la Escuela ese mismo día y la encontró. Sara dijo que estaba encantada de que la hubiera llamado; el sonido de su voz hizo temblar de emoción a Graham. Ella estaba libre el siguiente jueves por la noche. Le citó a las nueve en un pub llamado Camden Head. Esperaba que fuese.

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