Iain Banks - Pasos sobre cristal

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Pasos sobre cristal: краткое содержание, описание и аннотация

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La historia de
, son tres historias en realidad. En la primera tenemos a Graham, un joven artista que se dirige a casa de su amiga Sarah, acompañado de una carpeta con varios dibujos de ella. En segundo lugar está Steven Grout, un tipo verdaderamente extraño, que acaba de renunciar a su puesto de trabajo y que siempre va con casco, huyendo de sus Atormentadores. Y por último tenemos a Quiss y Ajayi, un hombre y una mujer, respectivamente, ya mayores, que están encerrados en un extraño castillo, algunas de cuyas paredes son de cristal, detrás de las cuáles hay peces luminiscentes, y donde pasan los días jugando a estrambóticos juegos de mesa con el fin de poder obtener la opción de responder a un acertijo, y así poder salir libres.

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—¿No le habrán despedido nuevamente, señor Grout? —dijo la señora Short y lanzó una carcajada, doblándose por la cintura y dando fustigazos con su trapo de limpiar.

¡Maldición! Grout no había pensado en aquello. ¿Qué podría decirle? Tenía unos pocos preciosos segundos mientras la señora Short se reía y luego se secaba los ojos, limpiándose la nariz con el trapo. De repente estornudó; ¡más preciosos segundos! Permaneció de pie en su sitio. El tiempo se le había acabado.

—Ah no —dijo. Bueno, era una contestación sucinta. Tal vez no del todo convincente, él lo sabía, pero inequívoca. Apretó con fuerza sus labios.

—Pues entonces, señor Grout, ¿qué es lo que le trae por aquí tan pronto? —dijo sonriendo la señora Short. Las sutiles variaciones en el color del esmalte de sus dientes postizos, reemplazados uno por uno a lo largo de los años luego de que los originales perdiesen la batalla contra los bombones de menta que a la señora Short tanto gustaban, llamaron la atención de los ojos de Steven que dijo rápidamente:

—El dentista. —Una idea brillante, pensó.

—Oh, ¿ha ido o está por ir? —La mujer adelantó su cabeza fijando la vista en su boca. Él la cerró de inmediato.

—Tengo que ir, muy pronto —murmuró.

—¿Y qué le tiene que hacer? ¿Sacarle algún diente? ¿Empastárselo? Mi sobrina Pam fue el otro día al dentista para que le arreglase un diente cariado; ¡éste le tocó un nervio con el taladro! Ella lo mordió; no lo hizo con intención pero cerró la boca. ¡La punta del taladro le perforó la boca! —A continuación la señora Short se desternilló de risa. Steven observó con ansiedad si había lugar detrás de la señora Short para poder pasar y escaparse por las escaleras, pero no le fue posible. La señora Short dejó de reírse, buscó un pañuelo en el bolsillo de su vestido pero al no encontrar ninguno volvió a usar el trapo de limpiar con el cual se sonó la nariz. Después de inspeccionar brevemente el hueco dejado por la nariz en el pañuelo, posó de nuevo la vista en Grout—. ¡Pobre mujerona! Estuvo una semana sin ir a trabajar. ¡Sólo podía comer a través de una paja!

Confundiendo la expresión inmóvil de Steven con miedo, se inclinó hacia adelante dándole un golpecito con su trapo y dijo:

—Oh, veo que le estoy asustando, ¿no es eso, señor Grout? Todos los hombres son iguales; al menor dolor ya están fuera de combate. ¡Tendría que probar lo que es un parto! ¡Ja! —La señora Short se rio, llenándosele los ojos de lágrimas ante el recuerdo—. ¡Algo espantoso, señor Grout, pensaba que me iba a partir en dos! ¿Gritar? ¡Pensé que me iba a morir! —La señora Short se rio de un modo convulsivo, teniéndose que coger del pasamanos de la escalera para evitar que su hilaridad la hiciese caer al suelo. Después de sacudir su trapo de limpiar un par de veces se secó con él los ojos. Grout trató de medir la distancia que había entre su casera y la pared del otro lado del pasamanos, comprobando si aferrándose de este último podría tener espacio suficiente para escaparse escaleras arriba a su cuarto. No lo había.

—Pues, vaya —dijo, moviéndose paulatinamente para que viese que él quería subir—. Mejor que suba a prepararme para ir al dentista. —Arrastrando torpemente los pies, tuvo que ladearse para poder pasar con dificultad entre la señora Short y la pared.

—Oh, ¿así que tiene que ir ahora? —dijo la señora Short, girándose para mirarle pero aún obstaculizándole el paso—. En ese caso yo seguiré con mi limpieza. ¿Está seguro que no desea que le limpie su cuarto, señor Grout? Ya sabe que para mí no es ninguna molestia.

—Ah, no, no muchas gracias —dijo Steven, tratando de apretarse contra la pared para poder pasar alrededor de las abultadas caderas de la señora Short. Su espalda se restregó en el descascarado barniz del viejo enmaderado.

—Creo que encontraría su cuarto mucho más limpio y con menos polvo si me dejara hacer a mí la limpieza, señor Grout, no lo dude. ¿Por qué no hacemos la prueba durante un periodo de tiempo? —La señora Short le tocó ligeramente en las costillas.

—No, sinceramente, no —dijo Steven, frotándose el sitio en donde la señora Short le había tocado. ¿Qué se sentía cuando a uno se le reventaba el bazo? La señora Short no tenía por lo visto ninguna intención de dejarle pasar. Mirando con desaprobación algo sobre el hombro de Steven, la mujer le pasó por allí su trapo de limpiar—. No, yo realmente… —comenzó a decir Steven, y luego estornudó.

—No sufriría de tanta fiebre del heno si me dejara limpiarle su cuarto, señor Grout. —La señora Short volvió a sacudir su trapo. El rostro de Steven se vio rodeado por una mayor cantidad de las brillantes motas de polvo que le habían hecho estornudar anteriormente.

—Realmente debo ir a mi… —comenzó a decir, pero la señora Short le interrumpió.

—No, no irá, señor Grout.

—¡Cuarto! —dijo éste sin aliento. Señalando las escaleras y con un extraordinario esfuerzo logró pasar a través del estrecho espacio que había entre la señora Short y la pared, cayéndose casi en el otro extremo. La señora Short giró sobre sí misma como la ametralladora de la torreta de un tanque y fijó su vista en él.

—¿El cuarto, señor Grout? ¿Desea que se lo limpie, entonces?

—No —dijo Steven, alejándose de espaldas hacia el próximo tramo de las escaleras, todavía mirando a la señora Short y esbozando una sonrisa con la boca cerrada—. No, sinceramente —dijo—, yo me limpio mi propio cuarto, de veras. Se lo agradezco, pero no, de veras.

La señora Short continuaba sacudiendo la cabeza y su trapo de limpiar cuando él finalmente logró subir el tramo curvo de las escaleras; Steven se pasó la mano por la frente sudada, dio media vuelta y a toda prisa terminó de subir el resto de los escalones, temblando y haciendo muecas mientras pensaba en la señora Short.

En su cuarto logró relajarse. Después de haberse lavado la cara y el torso en la pequeña jofaina que había en un rincón del cuarto se sentó junto a la ventana. Para llegar de la jofaina hasta la ventana, en donde desde una pequeña silla podía contemplar la calle Packington, había tenido que superar cuatro esquinas de ángulo llano y tres rectangulares de su laberinto de libros apilados sobre el suelo.

Le agradaba mirar a través de la ventana (hoy la tenía abierta; era un día placentero) y a veces se pasaba tardes enteras del sábado o del domingo sentado observando el tráfico y a los transeúntes, momentos en los que era invadido lentamente por una extraña sensación de paz, como si fuera algo hipnótico, como un trance; permanecía allí sentado, sin pensar o preocuparse o angustiarse por nada, contemplando, la mente en blanco y libre de inquietudes, mientras los coches circulaban y las personas caminaban y hablaban, y durante un ratito, por entre aquella carencia de pensamientos, esa pérdida temporaria de su propia personalidad, podía sentirse parte de aquel lugar, de aquella ciudad y gente y especies y sociedad; se sentía como él imaginaba que las demás personas corrientes, las personas que no eran como él y que no estaban allí para atormentarle, deberían sentirse todo el tiempo.

Se secó con su pequeña toalla; olía un poco mal, aunque no de manera ofensiva. Era un olor agradable, como el de su cama.

Miró por encima de las paredes de libros del laberinto que cubrían el suelo de su cuarto. Las paredes de libros, las cuales intentaba mantener aproximadamente al mismo nivel, le llegaban ya a la mitad del muslo, y Steven tenía miedo de que muy pronto comenzarían a ser inestables. Naturalmente, si no recibía ningún dinero no podría comprar más libros por una temporada, al menos hasta que no encontrara un nuevo trabajo. Pero de todas formas, era deprimente pensar en el caos resultante si los libros comenzaban a perder su estabilidad, y aunque hubiera una forma de evitar este problema (que él se sentía muy orgulloso de haber ideado) colocando los libros juntos como si fueran los ladrillos de una pared en vez de apilados simplemente uno encima del otro, esto haría mucho más difícil el sacar algún libro que quisiese volver a leer.

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