Lan Chang - Herencia

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Herencia narra el rastro de una traición a lo largo de generaciones. Sólo una mirada mestiza como la de la escritora norteamericana de origen chino Lang Samantha Chang podía percibir así los matices universales de la pasión, sólo una pluma prodigiosa puede trasladarnos la huidiza naturaleza de la confianza.

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Esa respuesta, toda vez que no expresaba disconformidad, equivalía a un visto bueno. Y si Mma daba el visto bueno, a Junan no le cabía objetar nada sin perder el decoro. Hizo una reverencia y fue a hablar con Hu Mudan. Tenía la sospecha de que Yinan había convencido a la lavandera de que no le almidonase ni planchase la ropa. Ahora que Yinan iba a casarse, había que atajar ese problema.

Luchó por reprimir otro ataque de pena tan violento que la dejó sin aliento. ¿Seguro que su padre y su abuela sabían lo que se hacían? No cabía duda de que, en muchos sentidos, ese matrimonio sería mejor que el suyo. Con Mao Gao su hermana llevaría una vida desahogada y, si daba a luz a un varón, recibiría cariño y respeto. ¿Se convertiría Yinan en la virginal víctima a sacrificar para salvar las finanzas de la familia? Trató de quitarse esa idea de la cabeza.

Su padre escribió a su primo, y éste le respondió diciendo que Mao Gao se mostraba favorable a la boda pero que quería ver una fotografía. Esto dio pie a una tormentosa serie de acontecimientos. El chipao rosa de Yinan había desaparecido misteriosamente. Junan interrogó a su hermana, a la lavandera y a la criada. Ninguna de las tres lo había visto. Echó pestes ante este nuevo contratiempo: Mao Gao era un hombre mayor y querría ver a su futura prometida vestida con un traje tradicional. Yinan, que andaba por la casa en pantalones y con una blusa hecha un asco, sólo tenía ese vestido. Junan le hizo probarse uno de sus chipaos , pero no le quedaba bien.

Tras hablarlo con Hu Mudan, Junan decidió que podían hacerle la foto con el vestido que había tenido previsto ponerse para su boda. Era un vestido occidental, pero femenino y caro. Junan se afanó con la cicatriz del shuidou que Yinan tenía en la frente y al final consiguió dejarle la piel tersa, aunque tuvo claro desde el primer momento lo que la fotografía terminaría mostrando: una chica vulgar y corriente, desgarbada bajo aquel disfraz, y con los rasgos afeados por el sufrimiento y la vergüenza.

El fotógrafo le pidió a Yinan que sostuviese una rosa de papel de tallo alargado. Mediada la sesión, se puso a tiritar. Cuando el fotógrafo hubo terminado, Yinan tiró a Junan de la manga y se fueron las dos juntas al cuarto de aquélla, donde se quitó el vestido y se puso la misma ropa que llevaba dos horas antes. Junan desvió la mirada mientras el cuerpo flacucho y aniñado de Yinan emergía de la reluciente seda amarilla para volver a desaparecer enterrado bajo aquella raída combinación de pantalones, camiseta, blusa y chaleco.

– Tienes que dejar de ponerte esos andrajos -dijo-. ¿Así cómo vas a conseguir que tu marido te desee?

Yinan dijo algo inaudible.

– ¿Cómo dices?

Yinan bajó los ojos. Por un momento Junan pensó que la conversación había terminado, pero entonces Yinan insistió.

– ¿En qué consiste?

– No te entiendo.

– Que te deseen de esa manera.

Junan le puso dos dedos debajo de la barbilla y le levantó la cara, frunciendo el entrecejo para ganar tiempo.

– ¿Para qué demonios quieres tú saber una cosa así?

Yinan sacudió la cabeza.

Junan sintió como si tuviese un pajarillo entre las manos. Las largas pestañas de Yinan rozaban sus mejillas.

– Está bien -dijo-. No pasa nada. Ya lo sabrás cuando te ocurra, digo yo.

– Tal vez no.

Junan sonrió con dulzura.

– Eso no es verdad. -Pensó en la pregunta de Yinan-. Es algo bueno -le dijo. Volvió a hacer una pausa-. Sirve para que tu hombre te pertenezca.

– Entonces, ¿tú le perteneces a Li Ang? -dijo Yinan con tono asustado.

– No -respondió Junan-. No seas ridícula.

Pero se preguntó si su hermana habría adivinado su secreto. En uno de los cajones de su arcón, bajo un montón de ropas, había escondido la caja de caramelos que le requisara a Yinan. Se los estaba guardando a Li Ang, para cuando viniese por Año Nuevo. Se dijo a sí misma que era imposible que Yinan lo supiese.

Las primeras veces que hizo el amor con Li Ang, había experimentado un momento de temor cuando él, vencida la cautela inicial, comenzaba a introducirse en su cuerpo, olvidándose de quién era ella. Sus esbeltos brazos y piernas nada podían contra la fuerza de su marido. Se zambullía en ella, como una barca lanzándose contra las olas, mientras ella se quedaba mentalmente en la orilla, contemplándolo todo. Pero al cabo de unos momentos había empezado a disfrutar de su forma de retorcerse y sacudirse, jadeando encima de su cuerpo, como si ella fuese la respuesta a una necesidad desesperada. Esa necesidad física le había procurado una sensación de poder.

Estaba deseando que llegase Año Nuevo. Se negaba a reconocérselo a Yinan, pero lo cierto es que quería tenerlo a su lado. La última vez que habían estado juntos había empezado a gozar del peso de su cuerpo encima del suyo, de la piel tersa y caliente que le cubría los músculos y los huesos, del movimiento de su cuerpo cuando respiraba. Esa última vez, cuando Li Ang le hizo el amor, Junan había comenzado a experimentar la sensación física de internarse en lo más hondo de sí misma. Después, despierta en la cama, analizó esa sensación. Amor no podía ser. Pero tampoco se parecía a nada que hubiese sentido antes. Y se dio cuenta de que sería imposible explorar a fondo ese anhelo sin contar con Li Ang: de que debía pedirle algo, siquiera tácitamente. Se hizo fuerte para no ceder a esa petición, a ese posible endeudamiento. Apretó los dientes y se enfrentó a su deseo. No acertaba a imaginarse en qué podría terminar aquello, ni cómo sería rendirse a esa ansia, darse por vencida.

En la casa comenzaron los preparativos para el año del Gallo. Era la primera vez que Junan se hacía cargo de la celebración de Año Nuevo y sintió vergüenza cuando se enteró de lo poco que tenían para gastar. Trató de compensar lo escaso del presupuesto escogiendo las azaleas rojas más brillantes y chillonas que encontró y los faroles más grandes. Apiló la docena escasa de mandarinas de modo que la pirámide pareciese mayor de lo que era realmente. Le dijo a Gu Taitai que comprase el cerdo vivo en el mercado y lo asase ella misma para ahorrar dinero. El tradicional pollo también lo cocinaría Gu Taitai. Hu Mudan dijo que tenía cómo conseguir un pollo y le prometió a Yinan que nadie tocaría a Guagua.

Una semana antes de la fiesta, Junan puso a macerar tres docenas de huevos en hojas de té, sal y anís. Compró papel rojo y puso a Yinan a trabajar con su pincel de caligrafía. Más tarde, al pasar por delante de su cuarto, la vio sentada en el suelo, haciendo un pájaro de papel y rodeada de banderolas ya listas que había extendido en el suelo para que se secasen.

La víspera de Año Nuevo, su padre las llamó a las dos desde la alcoba de Mma.

– Mao Gao ha dado su visto bueno a la fotografía -les dijo.

– Un perro viejo está a la que salta -murmuró Mma desde la cama.

Junan se vio incapaz de decir nada. Abrió la boca y la cerró. Pese a todos sus preparativos, la noticia la cogió por sorpresa. Por fin se le ocurrió una pregunta.

– ¿Cuándo será la boda?

– Después del Festival de la Cosecha.

Junan cayó en la cuenta de lo pronto que se marcharía Yinan. Dirigió la mirada hacia su padre y su abuela. Mma miraba al frente con sus ojos nimbados, casi ciegos. Su padre apartó la vista. Junan observó a su hermana. Yinan sacudía violentamente la cabeza adelante y atrás, una y otra vez, en completo silencio, como si se hubiese tragado algo y no lograse respirar. Entonces, salió corriendo de la habitación.

En algún lugar de la casa lloraba el pequeño Hu Ran.

Junan se excusó y salió detrás de su hermana. Apenas lograba pensar en algo. Hacía un buen día y el olor a tierra húmeda llenaba el aire. Se sentía ebria, como flotando, pero bajo esa sensación extraña se agitaba una marea de impotencia y dolor.

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