Lan Chang - Herencia

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Herencia narra el rastro de una traición a lo largo de generaciones. Sólo una mirada mestiza como la de la escritora norteamericana de origen chino Lang Samantha Chang podía percibir así los matices universales de la pasión, sólo una pluma prodigiosa puede trasladarnos la huidiza naturaleza de la confianza.

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Como sabrás, Lo Dun es de buena familia y con los años ha conseguido unos ingresos fijos y decentes. Vive con su madre y he pensado que tal vez una mujer de edad podría representar una especie de figura maternal para tu hija. Además, Lo Dun es un hombre sensato y formal. Sus intenciones son dignas de toda confianza. Escríbeme y dime lo que te gustaría hacer.

Tu primo y hermano,

Baoding

Su padre le dijo a Junan que Lo Dun era una persona decente y que por eso había ido a la ciudad y le había mandado un telegrama a su primo pidiéndole que siguiese adelante. Pero su primo le había respondido con otro explicándole que el compromiso no estaba completamente cerrado. La madre de Lo Dun quería un encuentro cara a cara. Al final se acordó que Lo Dun y su anciana madre fuesen a tomar el té a casa de los Wang a la semana siguiente. Y Junan sería la encargada de preparar a Yinan.

Aquella noche, Junan se pasó toda la cena mirando a su hermana con aire pensativo. Yinan comía chuletas, sujetándolas por los extremos del hueso con las estrechas yemas de sus dedos, y doblando con gracia su alargado cuello cada vez que se inclinaba hacia delante. Nunca había sido lo que se dice guapa, pero esa garganta esbelta que desaparecía bajo el cuello fláccido de su blusa sugería una especie de inocencia que trascendía la mera juventud. La cicatriz que le había dejado el shuidou en mitad de la frente, una señal poco profunda, se le podría disimular, quizá con colorete, cuando se encontrase formalmente con Lo Dun.

La tarde en que tenían previsto recibir la visita de Lo Dun y su madre, Junan obligó a Yinan a embutirse en su nuevo chipao de color rosa una hora antes. Se pasó horas aleccionando a su hermana.

– No le dejes adivinar tus sentimientos. Si no sabe lo que sientes, le gustarás más. No te separes el cuello del vestido de la garganta, ni te toquetees la ropa.

– Es que me aprieta el cuello.

– No tengo muy claro qué tipo de familia son. Son comerciantes; lo más probable es que no sean ratones de biblioteca como tú, conque no tendrán ideas muy modernas que digamos. Haz alguna que otra reverencia, sé respetuosa. Procura parecer chapada a la antigua. Y cuando sonrías, no enseñes los dientes, que queda muy ordinario.

A la hora convenida en punto, llegó Lo Dun acompañado de su madre.

Era un hombre delgado que le sacaba unos quince años a Yinan, con un semblante alargado y serio y una mancha de pelo canoso en la esquina izquierda de su frente, amplia y despejada. Lo Taitai parecía ser una vieja bruja de armas tomar, pero Junan se alegró de ver que caminaba a duras penas. No tardaría en morir. Yinan no tendría que sufrir mucho tiempo.

Durante las presentaciones, Yinan hizo una medida reverencia y clavó los ojos en el suelo. Junan, al verla, experimentó sentimientos encontrados. Por un lado pensó que ojalá Yinan no fuese tan tímida y desdichada pero, al mismo tiempo, imaginó que a lo mejor esa timidez complacía a la vieja. Lo Taitai estaba tan consumida que los tendones le sobresalían del cuello, pero actuaba como la típica persona acostumbrada a salirse con la suya.

Miró a Yinan de arriba abajo, posando los ojos en la cara, en la ropa, en los pies y en las manos. Junan se mantenía a la espera, confiada, pues había supervisado personalmente el aspecto de su hermana hasta el último detalle. Le había aplicado un poco de colorete en la cicatriz del shuidou y casi no se le notaba.

Lo Taitai se aclaró la garganta y habló.

– Nació en el año del Carnero -anunció, sin dirigirse a nadie en particular.

– De la Serpiente -la corrigió Yinan.

La vieja apretó los labios.

Junan lanzó a Yinan una mirada de advertencia, pero su hermana estaba escudriñando las vetas del suelo de madera. Ofreció té a los invitados y sintió un gran alivio cuando Yinan se excusó y fue a buscarlo.

Lo Dun se despidió cortésmente. El padre de Junan se mostró optimista. Pero una semana después de la visita, Baoding escribió más cortésmente aún para decirle que Lo Dun se había echado para atrás. No es que tuviera nada en contra de la familia, pero su anciana madre se oponía a la boda. No quería que su hijo se desposase con una mujer nacida en el año de la Serpiente; pensaba que una mujer Serpiente sería más complicada de la cuenta para su hijo. De haber sabido que Yinan era Serpiente, jamás habría accedido al encuentro.

Cuando Junan leyó la carta supo que a Lo Taitai le había desagradado Yinan por el mero hecho de haber hablado.

Le dijo a su padre que no se dejase afectar por el fiasco y continuase la búsqueda, pero él pensaba que habían quedado mal y que habían sufrido un desprestigio. Todas sus amistades estaban al corriente de ese intento.

Mandó llamar a Yinan.

– Lo Taitai ha decidido que prefiere una novia nacida en el año del Carnero -dijo.

– Sí, papá -contestó.

Yinan parecía, sin lugar a dudas, aliviada.

Viéndola, Junan se alegró en su fuero interno de que los planes de matrimonio no se hubiesen concretado. Tal vez habría que plantearse alguien más del gusto de Yinan, una persona que no la intimidase tanto. Pero Lo Dun era un hombre sólido y bien relacionado: un buen partido, se mirase por donde se mirase, tanto para Yinan como para la familia.

Junan se sintió obligada a hablar.

– Tienes que ser más flexible, meimei -le dijo a Yinan-. Recuerda que el junco flexible se dobla con el viento.

– Sí.

Las dos hermanas se quedaron mirándose varios segundos. De pronto Junan tuvo miedo. La estampa lívida e inmóvil del rostro de su hermana se ondulaba y difuminaba ante sus ojos, y era como si una pena insoportable se cerniera sobre las dos. Salió corriendo del cuarto.

Unas semanas después su padre le mostró a Junan otra carta.

Vigésimo segundo año de la República

17 de marzo

Primo y hermano:

En su día conociste a Mao Gao, en el negocio de la seda, en Nanjing. Han pasado muchos años desde que su primera y joven esposa muriese de meningitis. Hace poco que ha decidido volver a casarse y me he tomado la libertad de mencionarle a Yinan.

Si me permites una opinión, no veo nada de malo en que tu hija se case con un hombre que frisa los sesenta, como Mao Gao. Los hombres de edad aprecian a las niñas y ejercen sobre ellas una influencia edificante que les templa el carácter.

Por otro lado, también tengo en mente tu situación. Estoy al corriente de la inestabilidad que últimamente ha sacudido al mercado del algodón. Considero que Mao Gao está bien cubierto y que no sólo podría concederte préstamos para tus aspiraciones empresariales en el norte, sino unos contactos cruciales en la industria en un momento en el que seguramente los precisas. Te ruego que respondas cuanto antes pues les corre cierta prisa.

Con mis mejores deseos de suerte y prosperidad para el entrante año del Gallo,

Tu primo y hermano,

Baoding

– Es demasiado viejo -dijo Junan a su padre.

– Eres muy niña. Tú no sabes de esto.

Le explicó que Mao Gao era un comerciante de gran envergadura. No podía rechazar la oportunidad de vincularse a una persona así. Ya le había mandado un telegrama a su primo diciéndole que adelante.

Junan sabía que no debía manifestarse abiertamente en contra de su padre. Fue al cuarto de Mma y le mencionó el asunto. Estaba segura de que Mma anularía semejante plan.

Pero Mma se limitó a encogerse de hombros. Estaba tan vieja que cuando hacía ese gesto, parecía que los raquíticos hombros se le desprendían del cuerpo.

– Los hombres son todos unos perros -farfulló-. Y un perro viejo no deja pasar la oportunidad de hincarle el diente a un tajo de carne fresca.

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