Cora no incluía precisamente a Xan en esa categoría, pero había pensado en Randy Rivers a propósito de Pearl. A propósito de Pearl: era un buen título para ella. Pearl le habría revelado todo sin necesidad de un buen licor, sin necesidad de la cocaína de primera. De forma semejante, Xan parecía un pobre candidato para los polvos de cuerno de rinoceronte y la mosca española: Xan, el desgalichado exhibicionista chismoso, con una sucia gabardina, tal como lo describía Pearl. Pero no se estaba mostrando de esa forma. Ella era una experta en la materia, y la resistencia que encontraba en él era inesperadamente obstinada; confusa y errática, pero obstinada. Seducirlo, por consiguiente, le resultaba ahora una cuestión en la que estaba comprometido su respeto a sí misma, e incluso su propia confianza en sí misma; algo vital para su cultura privada, para sus soles y lunas íntimos. Más tarde, si debía llegar, habría tiempo para el otro y más terrible castigo.
Se acercó a él por la espalda y apoyó las manos en sus hombros, mientras le decía:
– Voy a tomar otra copa de lo mismo…, y te odiaré un poco si tú pides lo mismo también.
– Entonces…, pediré lo que tú estás bebiendo… Te has puesto maquillaje.
– ¿Notas alguna diferencia?
– Pareces un poco más joven. No, mayor. No, mejor dicho, más artificial. Como este lugar. Y menos familiar. Ahora sí que ya no te recuerdo en absoluto.
– Así está bien. ¿Sabes…? Dos cócteles es mi límite. Me divierte ver lo estrictos que son los hombres con las mujeres bebidas…, salvo en el dormitorio. No les gusta que se pongan sentimentales…, salvo en el dormitorio también. A los hombres les encanta hacer el amor con una mujer borracha como una cuba. Supongo que piensan que eso disminuye su responsabilidad. Pero tienes que controlar bien el tiempo.
Les trajeron las bebidas, y ella empezó a tocarlo. Una mano en el brazo, una mano sobre la otra; ambas manos se tocaban.
– Eres un poco duro con la industria, ¿no? Cuando empecé, me parecía que estaba hecha a propósito para trabajar en ella. A medida.
– ¿Porque tú y tu padre…?
– Bueno, sí…, pero quiero decir en sentido físico. -Le tomó la mano y, acercándosela, comenzó a contarle los dedos-: Uno. De acuerdo: mi padre. Dos. Puedo ser sincera contigo, ¿verdad? Dos. Mi…, esto…, mi vello púbico es, por naturaleza, minimalista…, como lo llevan todas ahora. Como lo son ahora todas. ¿Tendrá algo que ver con la evolución? ¿Como el que los hombres hayan dejado de tener barba? Tres. No nací con un tatuaje en forma de beso en la rabadilla, pero tengo una marca de nacimiento en la cadera que recuerda un corazón. Todo lo que me hace falta para completar la imagen es encajarme en el ombligo un pedrusco realmente grueso. O en mi lengua. Cuatro. Mis pechos. Parecen falsos. Pero lo parecen porque les falta simetría. No se mueven como los de silicona, pero inspiran esa sensación. Sensación.
Hasta entonces, las miradas de Xan no se habían fijado en sus pechos. Eran éstos, más bien, los que habían estado todo el rato apuntándole a él. Pero ahora los miró y ellos sostuvieron su mirada. «Sensación»… ¿Qué podía decir él…? ¿Que habría preferido no tocarlos? En lugar de hacer eso, para ganar un par de segundos, replicó:
– No sé qué sensación causan los pechos falsos.
– Sí lo sabes. Has tocado los míos.
– ¿Lo he hecho? Pero los tuyos no son de silicona.
– Pero lo parecen. Tócalos.
Los tocó. Ella retuvo la mano en su lugar con la muñeca, e inspiró profundamente.
– Es como si sacaras la palma de la mano, ahuecándola, por la ventanilla de un coche y midieras la velocidad del aire al pasar… Algunos pechos te ponen a cuarenta y cinco por hora. Algunos a ochenta. Yo diría que los míos alcanzan los ciento veinte; la velocidad límite para los pechos -dijo, y aflojó la presa con que retenía la mano de Xan-. ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Cinco. Soy menuda.
– ¿Cómo?
– Es bastante evidente, ¿no? Mido metro cincuenta y dos y una tarjeta de crédito. Peso algo más de cincuenta kilos en remojo. Magnifico al hombre. Soy una pequeña ninfómana… Ahora bien…, esto último guarda relación con lo que ocurrió en casa de Pearl. Te lo voy a describir, y así tal vez sabremos todos dónde estamos. Pero piensa que voy a pedir un tercer Martini. Vas a tener que ayudarme a subir a mi suite .
En la pantalla, los actores parpadean sólo cuando quieren hacerlo; y cuando Xan decidió que quería ser actor, había pasado un montón de tiempo practicando el «no parpadeo». «¡Deja de mirarme fijamente!», solía decirle su madre. «No te estoy mirando. ¡Estoy aprendiendo a no parpadear!» Y ahora, en el lujoso hotel, Xan intentaba no parpadear. Porque, cada vez que lo hacía, le parecía ver a dos mujeres desnudas en el túnel de lavado de su cama… Sí, el mundo estaba escapando, escurriéndose por algún desagüe. Podía oír los ruidos de su cierre, semejantes al último suspiro de un ordenador: un débil rebote, un lejano miau… .
– Era como la una de la madrugada. Quedaba todavía un grupo de resistentes en la sala, pero se estaban yendo poco a poco, hasta que se hubieron ido todos a casa… Salvo tú, curiosamente. Tú no estabas bebiendo, pero había otra cosa circulando por la sala, y tal vez hubieras dado un par de caladas; no lo sé. Quedamos en encontrarnos en el jardín. ¿Recuerdas que, en el extremo más apartado, pasado el arco de enredadera, había una cabaña, la casita de Wendy, que de hecho no pertenecía a la finca, pero en la que podías introducirte a través de un hueco en el seto?
– La llamábamos la Casita de los Monos -asintió él confusamente-. Era de las pequeñas que vivían en la casa de al lado. Pero ya se habían hecho mayores.
– Bueno…, el caso es que nos metimos a escondidas dentro. Era una niñería, y al principio lo tomamos a risa. Ya sabes: jugar a los médicos en el cobertizo de la leña. Y entonces ocurrió. Oh, no fue nada demasiado serio. Una mano que baja, otra que sube, y enseguida estabas acariciando todo mi cuerpo. Fíjate…, al poco rato, yo ya me sentía cansada de estar de puntillas y te dije que aquello no era justo, porque tú eras mucho más alto que yo. Y tú, entonces, me levantaste con una mano para colocarme a tu altura. Con una mano me tranquilizabas; con la otra me sostenías.
– ¿Cómo podía hacerlo?
– ¿Cómo? Tenías la mano entre mis piernas.
«Había demasiados monos saltando en la camita. Uno se cayó y se rompió la cabecita. Lo llevaron al médico, que dijo enseguidita: Que los monos no salten, que duerme la niñita …» Xan se empalmó. Aún la sentía allí, como un pedazo de cartílago duro.
– Tal vez podría darse una reconstrucción, una repetición de aquel momento, arriba, en mi suite -estaba diciendo ella-. Me parece que quizá te he alarmado un poco con toda esa charla mía acerca de incesto y pornografía… Son temas resbaladizos, ajenos. Pero, como puedes ver, tengo una salud perfecta, tanto física como mental. Y sigo siendo menuda. Sé que después de un accidente las personas se sienten muy frágiles. Pero no te haré daño. Además…, ¿cómo podría dañar esto a nadie? -dijo encogiéndose de hombros-. Y tú te lo mereces, Xan. Has pasado una época muy dura, y te lo mereces. No tienes que tocar si no quieres. Puedes limitarte a mirar un rato mientras me muevo en ropa interior…, talla cero. Y, después, irte sigilosamente.
Sus recuerdos lo habían conducido a aquello, y ahora tal vez lo librarían. El primer instante, en el vestíbulo, había sido para Xan un coup de foudre sexual; pero aún creía que sería capaz de encontrar alguna forma de contrarrestarlo: que podría evitar la ocasión del pecado. Después había empezado a extenderse lentamente por su cuerpo algo así como un pesado reptil que se centraba en un único propósito y sentido. Él era el perezoso cocodrilo que había estado aguardando al acecho, que llevaba mucho tiempo aguardando y acechando. Y, simultáneamente, por espacio de unos minutos al fin, se había sentido como un cuerpo celeste en el espacio, atraído por otro cuerpo celeste de una fuerza de gravedad mucho mayor: había sentido la atracción celestial. Los demás, las demás cosas, el mundo: todo lo contenido en el universo estaba a punto de desaparecer… Y entonces se produjo un recuerdo. Llegó un recuerdo, como una llamarada, que trajo consigo toda una serie de deducciones forzosas.
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