Martin Amis - Perro callejero

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Xan Meo es un hombre de múltiples talentos: actor, músico, escritor, y también hijo de un célebre delincuente. Una noche, Xan se sienta a tomar una copa en la terraza de un pub y, al poco rato, dos hombres le parten la cabeza a cachiporrazos. Tras una difícil convalecencia será otro. Deberá acostumbrarse a su nuevo ser, como todos los que le rodean, porque Xan se convertirá en un antimarido, en un antipadre, movido por impulsos primarios y con una sexualidad muy perturbadora. Pero hay otros personajes que inciden en la vida de Xan. Clint Smoke, un periodista de un diario amarillista volcado en la pornografía y las noticias de escándalo, y también Henry England, el rey de Inglaterra y padre de la Princesita, a la que alguien ha fotografiado desnuda en su bañera. También está el misterioso Joseph Andrews, como una araña en el centro de una vasta red. Y en el núcleo de todo: Edipo, los padres como posibles corruptores devoradores de sus hijos, el difícil pasaje a la madurez.

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– ¿Y cuáles fueron esas razones tuyas?

– Ya te conté. ¿De veras no lo recuerdas?

– ¿Cuándo? ¿Dónde?

– Fue en la fiesta de verano de Pearl; el treinta y uno de agosto. Bastante caótica, como suele ocurrir. Y sin que apareciera para nada Russia. ¿Recuerdas? Estuvimos charlando un par de horas, y después pasamos al jardín e hicimos lo que hicimos.

– ¿Qué hicimos?

– Ya llegaremos a eso. Fue entonces cuando te expliqué mis razones. Antes era un cliché, y ahora es una falacia, pero… ¿por qué hacen películas obscenas las chicas? Porque fueron violadas por sus padres. Desde los seis hasta los doce años, inclusive, mi padre me violó a diario… Pero noto algo extraño. Muy extraño… Noto que lo recuerdas.

– ¿Por qué lo dices?

– Pues porque, cuando te lo conté la primera vez, te mostraste indignado por mi causa. En cambio…, mírate ahora. Te has limitado a parpadear una vez. Lentamente.

– No es que recuerde que me lo contaras. Es que…

– ¿Que ya no te parece tan horrible? Muchacho…, realmente te han dado un golpe en la cabeza, ¿eh? Bueno…, está bien. Considerémoslo: ¿es realmente tan horrible? Algunos padres, y no hablo de salvajes criminales en serie, sino de corredores de bolsa y políticos…, algunos padres están convencidos realmente de que el incesto es algo «natural». Me debes el ser, así que puedo tocarte; tu primer hijo debería ser de tu padre…, todas esas cosas. Es un atavismo. Porque librarse del incesto, del creciente incesto, formó parte del avance de la evolución, al igual que lo fue para la mujer librarse del estro.

– ¿El qué?

– El estro. El celo en la mujer. Jamás ha existido una sociedad humana que no observe tabúes con relación al incesto. Pero el que prohíbe las relaciones entre padres e hijas ha sido siempre el más débil. En la Biblia hay prohibiciones de todo tipo: «No descubrirás la desnudez de la hermana de tu padre; es una perversidad, porque es tía tuya.» Pero no se encuentra nada concreto a propósito de los padres y sus hijas.

– Régimen patriarcal.

– Bueno, sí… Pero no: es masculinidad. El incesto entre madre e hijo apenas existe. Se cuentan apenas veinte casos en toda la literatura. Y todas las prohibiciones bíblicas van dirigidas a los hombres. Los hombres hacen eso, y lo mismo ocurre con los animales superiores. Es cuestión de tamaño. De corpulencia masculina. Los hombres lo hacen porque son grandes… Si estás pensando en buscar una justificación, no mires al pasado.

Se inclinó para beber un sorbo y después se separó con las manos sus brillantes cabellos grises. Xan estaba oyendo palabras realmente muy extrañas… ¿Por qué no se lo parecían?

– Mira al futuro. Nosotras, como víctimas, no nos sentimos tan asustadas por cómo es el mundo hoy, ni nos repele tanto el fin de la normalidad. Siempre hemos sabido que no existía ningún orden moral. Así que acuéstate con Billie e introdúcela en el vacío.

– Eso es precisamente lo que es. Es un vacío.

– Es simplificar mucho -respondió ella sonriendo y mostrando unos dientes brillantes, menudos y felinos; luego dijo-: Donde yo vivo tenemos centros de tratamiento para toda clase de vicios, deficiencias y adicciones. A los padres incestuosos les enseñan a sublimar sus tendencias. Visten a sus pobres esposas como si fueran niñas pequeñas.

Xan pensó en Billie, en Sophie…

– ¿Quieres decir uniformes escolares, peleles y pañales?

– No lo tomes tan al pie de la letra. Pero es algo que les gusta a muchos hombres, créeme. Todo lo que tienes que hacer es llevar prendas de una talla bastante inferior a la tuya. Cuando te telefoneé y te dije que iba vestida como una niña, lo hice porque es una forma de desparticularizar… No sé…, de quitar todo énfasis. Piensa en cuando se dice de alguien que tiene una «cara de muñeca». No es una mera sublimación: es introducir una nota de comicidad. ¿Cómo puedes ser seria si tu vestido apenas te llega hasta la cintura?

– ¿Tú crees? ¡Uf, Karla! Déjame que me concentre un momento, y… Sí, te he visto antes. Y no ha sido en el cine.

– ¿Cómo lo sabes?

– Yo no veo películas pornográficas.

– Supongo que lo que quieres decir es que no vas a ver películas pornográficas… ¡Oh! Entonces es que no eres la buena y moderna persona que escribió Lucozade… No es justo. Perteneces a la generación anterior…, la que aún está obligada a rechazar la pornografía. Pasará algún tiempo aún, pero la pornografía está en auge. La industria, ahora, no hace más que insistir en lo respetable que es. Cada vez que un actor o una actriz porno abre un supermercado, la industria se hace lenguas de lo respetable que es. Pero, para eso, hay que decir que la masturbación se ha convertido en algo respetable. Y eso es lo que afirman. «Masturbarse está de moda», leí el otro día. «Hay pajas brillantes.»

– Hacerse una paja es una cochinada. Pero, espera…

Ahora sí miraba pornografía, en el status quo posterior al golpe. Anteriormente le gustaba cuando la veía, pero a la vez la reprobaba; ahora, en cambio, le gustaba mucho, y la aprobaba, y merecía sus bendiciones. Sin embargo, en la presente alteración de su estado, no le servía de ninguna ayuda. Porque incluso la pornografía necesita tu memoria…, y en la suya fallaban demasiadas cosas. Es lo mismo que ocurre con las corrientes de aire o de agua, con diferentes presiones y temperaturas: si no fluyen como solían hacerlo, si la memoria no puede dominarlas… Aunque se daba la correspondiente reacción fisiológica, eso no suponía relajación ni sosiego. Era como si su pasado erótico se hubiera perdido y sus deseos, sin dilución ni contrapeso alguno, se trasladaran al presente y lo real.

– ¡Oh! ¡No seas demasiado duro con las masturbaciones! -Su interlocutora extendió los brazos a la altura de los hombros sobre el fondo oscuro del terciopelo-. No es nada halagador verte olvidada. Te hace sentir merecedora de olvido.

– No es así como funcionan las cosas. Tres semanas antes de que me dieran los golpes en la cabeza, Billie cumplía cuatro años. -Se detuvo un instante, y después continuó apresuradamente-: Cuando fui a recogerla a la hora del almuerzo, lo que no suelo hacer, estaba muy feliz y excitada. Le dijo a su maestra: «Aquí llega mi papaíto a buscarme para ir a casa.» Ya sabes…, como si fuera la guinda del pastel. Siempre me había dicho que jamás olvidaría su cumpleaños, jamás en la vida, pero habían tenido que recordármelo. Lo mismo que el cumpleaños de mi hija pequeña, el de Sophie. Lo había olvidado. Lo he olvidado por completo. Diría que eres inolvidable. Pero, a pesar de todo, te olvidé.

– Entonces, tendré que recordártelo adecuadamente. ¿Me excusas un momento? Cuando vuelva, me encontrarás de un humor muy diferente… Todo lo que haces es… ponerte cosas que son de una talla muy inferior a la tuya, demasiadas tallas más pequeñas. Talla cero. No me sigas con la mirada. Me siento incómoda si me miras cuando me alejo.

Ella, pues, se alejó y él la siguió con la mirada y permaneció luego sentado allí con el rostro entre las manos.

7. TALLA CERO-2

Con el cuerpo inclinado sobre el mármol en el tocador de señoras, y observada por los espejos, Cora Susan se aplicó unos toques de maquillaje.

Recientemente, en los medios cinematográficos, había habido un actor, Randy Rivers, que falsificó su prueba negativa de anticuerpos de sida -en el argot de la industria del cine: su «permiso de trabajo»-, y había contagiado a cinco actrices. Cuando esto se descubrió, algunos tipos violentos fueron en busca de Randy. Todos lo encontraron y todos lo dejaron en paz. La explicación que había oído era que el estado y las circunstancias de Randy no podían ser empeorados de ninguna manera: que ya no había forma de joderlo.

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