Martin Amis - Perro callejero

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Xan Meo es un hombre de múltiples talentos: actor, músico, escritor, y también hijo de un célebre delincuente. Una noche, Xan se sienta a tomar una copa en la terraza de un pub y, al poco rato, dos hombres le parten la cabeza a cachiporrazos. Tras una difícil convalecencia será otro. Deberá acostumbrarse a su nuevo ser, como todos los que le rodean, porque Xan se convertirá en un antimarido, en un antipadre, movido por impulsos primarios y con una sexualidad muy perturbadora. Pero hay otros personajes que inciden en la vida de Xan. Clint Smoke, un periodista de un diario amarillista volcado en la pornografía y las noticias de escándalo, y también Henry England, el rey de Inglaterra y padre de la Princesita, a la que alguien ha fotografiado desnuda en su bañera. También está el misterioso Joseph Andrews, como una araña en el centro de una vasta red. Y en el núcleo de todo: Edipo, los padres como posibles corruptores devoradores de sus hijos, el difícil pasaje a la madurez.

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Pearl tenía los pies en la mesa, y acababa de aspirar su séptima raya de cocaína, cuando Cora introdujo el tema de la sexualidad masculina, refiriéndose particularmente a Xan Meo.

– Es demasiado efervescente, ¿no? -dijo Pearl-. Has de removerlo con un dedo. Así… Y con eso consigues que las burbujas se disipen y puedes bebértelo antes. Bueno… Yo nunca tuve que disfrazarme… Una cosa puedo decir: Xan no era fetichista. Como lo son algunos. Conocí a un tipo que se agitaba espasmódicamente cada vez que oía la descarga del agua del aseo. Otro sólo podía hacerlo si llevaba puesta una máscara, y yo tenía que fingir que era una desconocida…, ya sabes, una persona diferente cada vez. «¡Venga, hombre, deja de hacer numeritos», le dije. Y me replicó: «Es como ser gay: no puedo hacerlo de otra manera.» Xan… A Xan le gustaban las braguitas con volantes y todos esos perendengues, pero dime a quién no le chiflan. Con él, todo era un asunto de poder. Él quería dominarte. Así que, ya sabes, tenías que resistirte y fingir que él no te hacía sentir nada. Que no estabas de humor y que meramente le permitía que se saliera con la suya. Hasta que tú… Eso es lo que le gustaba. Bueno… Ya sabes lo difícil que es tratar con ellos… O se ponen en plan amo, o se encierran con llave en el baño. Para llorar o para hacerse una paja. Remuévelo con tu dedo.

Cora preguntó ahora por las presentes circunstancias de Xan, y le agradó ver que Pearl se estremecía y adoptaba una nerviosa postura altruista: era indicio de que cabía esperar de ella indiscreciones mayores aún.

– Por supuesto que todo ha acabado ahora, desde que le atizaron ese porrazo en la cabeza. -Su voz tenía un tono nasal, por el billete de diez libras enrollado como un canutillo en su nariz-. Siempre fue un calentorro, ésa es la verdad, pero ahora está jodido y no es capaz de pensar en ninguna otra cosa. Russia… Me llevo muy bien con Russia, por teléfono, al menos… Russia tuvo que echarlo de casa después que una noche volvió a las tantas y trató de follársela a la fuerza. Estuvo a punto de ponerle una denuncia. Dice que se comporta como un muchacho retrasado de catorce años. No saben cómo tratarlo. Y parece que puede haber incluso algo peor.

Cora inclinó el cuerpo hacia delante. Y Pearl prosiguió con expresión de justificado pánico:

– Russia me preguntó si… Cuando me estaba divorciando de él, le dije a mi abogado que Xan se portaba de forma impropia con los chicos. Tonterías, sin duda, pero ya se sabe que cualquier puerto vale en caso de tempestad. Pues bien… Russia me preguntó si aquello era cierto. Porque piensa que puede haber tenido algún episodio raro con Billie, es decir, con su pequeña de cuatro años que, según los chicos, es un tanto pizpireta y precoz. No es nada definido, claro, sino la forma como él la mira. En fin… Se supone que es algo que no debería contar a nadie, pero tú ya sabes cómo son estas cosas. Al final acaban saliendo a la luz.

– Oh, no saldrá de mí -dijo Cora-. Por cierto, tu jardín está precioso. ¿Me lo enseñarás antes de que me vaya?

Pearl estaba balanceándose en la puerta de la calle.

– ¡Uf! Este aire fresco me está haciendo mucho bien, realmente. Y fíjate… Tú, en cambio, estás fresca como una rosa. No hemos hablado acerca de ti y del tiempo que pasaste con Xan… Sí, ¡qué tiempos!, ¿eh? ¿Te parece prudente…? ¡Oh, ya veo! Vas a hacerlo, vas a remover un poco las cosas, ¿no? Vas a enredarlo. Yo diría que se va a sentir muy contento. Durante media hora. Sus relaciones con Russia están en la cuerda floja: un resbalón y todo habrá acabado. Hazme saber cómo te las apañas. Yo telefonearé a Russia y le iré con el cuento. ¿O querrás encargarte tú también de eso?

5. NO ES INUSUAL

El viernes Xan se levantó a las siete. Desayunó con las niñas y con Imaculada, para compensar o expiar su ausencia luego… si, por alguna razón, se veía retenido en el hotel. Tuvo su hora con Tilda Quant y, después, en el gimnasio, trabajó mucho más duro y más tiempo de lo habitual, con su instructor, Dominic, que le recomendaba ásperamente esforzarse más con los ejercicios en el banco. De vuelta al piso, cuando se disponía a quitarse su apestosa camiseta, se dijo a sí mismo: No te laves. Ve tal como estás. Esto hará que parezcas sincero… Como fórmula de compromiso (lo que tampoco era en él una actitud habitual) se estuvo un cuarto de hora bajo una ducha fría. Tilda Quant habría dicho que el mecanismo puesto en juego era autoflagelatorio: un castigo por anticipado. El infierno no es necesariamente caluroso; puede ser frío también.

Sin duda, tenía la misma idea cuando cedió a la tentación de someterse a una prueba que llevaba posponiendo mucho tiempo: tratar de escribir algo. Tan sólo un par de párrafos -se dijo-: un par de centenares de palabras describiendo las confusiones que lo acosaban desde su accidente. Dejó de escribir al cabo de cuarenta y cinco minutos, y leyó lo que había escrito. Como se temía, aquello valía mucho menos como evocación que como sombría dramatización de su estado. Era, ciertamente, otro síntoma: una disfasia expresiva. Se daba cuenta de que su concentración se veía dificultada, además, por el hecho de seguir pensando en el sexo: en el sexo de media tarde. Para entonces, su imaginación hacía mucho que había agotado todos los actos, acrobacias, posiciones, variaciones… Para entonces, lo único que le quedaba era una pura nostalgie: el mero recuerdo de una adicción. Y Xan sentía que se hundía cada vez más en aquellos melancólicos pensamientos.

Con una sonrisa de dolor, tomó Lucozade, para tratar de acabar su lectura… o, mejor dicho, de acabar «Lucozade», el último y más extenso de sus relatos.

Doce páginas más adelante, se puso en pie diciendo:

– ¿Joseph Andrews?

En aquel instante Mal Bale se encontraba a doscientos metros de distancia e iba directamente en su busca. Bueno…, no era del todo así. Tenía algún asuntillo que resolver en route. Pero no le llevaría más de un minuto. Ese día, Mal tenía una doble misión. No le gustaba la primera cosa que tenía que hacer, y tampoco le hacía ninguna gracia la segunda. Pero las haría. Embutido en su viejo abrigo de cuero (cuyo ancho cinturón era como el fleje metálico de un barril), Mal se acercó a un puesto de perritos calientes en la acera oeste de Prince Albert Road.

– Adelante, pues. ¿Cuánto es? ¡Joder, tú no quieres tener clientes fijos, tío! ¿Cebollas? No. Sin cebolla.

El tipo del puesto, un rasta negro de mediana edad, al que le faltaban la mitad de los dientes y con la cara curtida y amarillenta por medio siglo de fumar grifa, dijo persuasivamente:

– Tienes que comer cebolla, hombre. Hace crecer la polla.

– Ya me crece sin ella, tú. Mira el estado de esas salchichas tuyas. A eso se le llama bioterrorismo; eso es lo que es. ¿Sabes quién soy? ¿Sabes por qué estoy aquí? -¿Por qué estoy aquí?, se preguntó a sí mismo. A mis años, estoy asustando a vendedores ambulantes de perritos calientes. Y éste ni siquiera es un puesto como Dios manda, sino un maldito carro de mano…-. Los primos no van a consentirlo.

– ¡Pero ellos se dedican a los helados!

– Helados, perritos calientes… Todo es lo mismo.

El hombre de las salchichas se quedó inmóvil mirándolo, con el trapo en una mano y la espátula en la otra.

– Mira…, seguro que no querrás ver tu cara aplastada contra esa parrilla, ¿verdad?, o que este carrito te pase por encima y te piquen las cebollas en el pelo. Y que luego te pongan un chorrito de ketchup en una oreja y uno de mostaza en la otra.

– Tengo hijos, hombre.

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