Martin Amis - Perro callejero

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Xan Meo es un hombre de múltiples talentos: actor, músico, escritor, y también hijo de un célebre delincuente. Una noche, Xan se sienta a tomar una copa en la terraza de un pub y, al poco rato, dos hombres le parten la cabeza a cachiporrazos. Tras una difícil convalecencia será otro. Deberá acostumbrarse a su nuevo ser, como todos los que le rodean, porque Xan se convertirá en un antimarido, en un antipadre, movido por impulsos primarios y con una sexualidad muy perturbadora. Pero hay otros personajes que inciden en la vida de Xan. Clint Smoke, un periodista de un diario amarillista volcado en la pornografía y las noticias de escándalo, y también Henry England, el rey de Inglaterra y padre de la Princesita, a la que alguien ha fotografiado desnuda en su bañera. También está el misterioso Joseph Andrews, como una araña en el centro de una vasta red. Y en el núcleo de todo: Edipo, los padres como posibles corruptores devoradores de sus hijos, el difícil pasaje a la madurez.

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Había leído algo acerca de una mujer que decía haber sentido una «profunda calma» mientras su hija era asaltada y acuchillada ante sus ojos. De forma semejante, el sueño no lo vencía hasta que todo aquello había sucedido en su mente y veía ante sí sus cuerpecillos destrozados: cuando flotaba en un lago vidrioso de indiferencia, calado por los medicamentos que actúan en esos momentos y que vienen a transportarte al otro lado. «No puedo protegerlas. Son mías, pero no puedo protegerlas… Si es así, ¿por qué no desgarrarlas? ¿Por qué no violarlas?»

Uno puede vivir como un animal. Ahora le parecía entender por qué un animal devora a sus crías: para protegerlas. Para meterlas nuevamente dentro de sí.

Esa niña que veo pasar por delante de mi ventana… ¿Es ella, o es sólo el fantasma de mi hija?

2. ¡EXTRAÑA HERMANA! [28]

La mujer le telefoneó al octavo día.

– ¿Cuándo vendrás?

– ¿Y tú quién eres?

– ¿Que quién soy? Soy Karla. Idiota.

– ¿Te conozco?

– ¡Oh, vamos… ! -dijo Cora Susan-. Espera un momento. Hay alguien en la puerta. ¡Está abierta…! Póngalo aquí, por favor… Gracias. Muchas gracias… Champán. Para celebrar mi llegada. Tengo media botella en el frigorífico, pero no me gusta la marca y nunca es suficiente, ¿no crees? Ahora mira… Tenía la impresión de que tú y yo habíamos quedado en algo.

– Lo siento. ¿«Karla» has dicho?

– Sí, Karla. ¡Joder! Con k .

– Ah, un momento… El caso es que he tenido un accidente hace como un mes. Y que…

– ¿Un accidente? ¿Qué clase de accidente?

– Un golpe en la cabeza. Mi memoria, ahora, ya no es lo que era.

– ¿No te acuerdas de una mujer llamada Karla? ¡Pues menuda decepción me llevo! Me parecías perfecto para mí. Lo siento mucho…, y todo eso… pero, probablemente, ya no me sirves.

– Servirte… ¿para qué?

Ella suspiró y dijo:

– Empezaré por el principio, entonces. Soy una hermosa mujer de negocios, rica, joven, sana…, que adora el sexo sin amor. De acuerdo…, soy menuda; pero tengo un cuerpo soberbio y estoy morena y en perfecta forma. Suelo pasar por Londres dos veces al año. Se suponía que vendrías a mi hotel una tarde y que me harías todo lo que te apeteciera. Luego yo tomaría un avión y pondría ocho mil kilómetros entre nosotros. Hasta la siguiente ocasión. Pero supongo que ahora tendré que echarle el ojo a otro. Acabo de ver la nota del champán. Me encanta gastar dinero, pero esto es una locura.

– Bueno, yo… La verdad es que no creo haber estado nunca dispuesto a hacer una cosa así…

– ¿No? Pues, cuando lo hablamos, me pareció que la idea te agradaba muchísimo.

– ¿Cuándo fue eso?

– En verano, en casa de Pearl… Bueno…, puedes venir a saludarme, por lo menos. Y, por cierto, Xan… ¿No sería preferible que evitaras una situación muy embarazosa? Porque… ¿y si me entra un ataque de histeria y me presento en tu casa?

– ¿Dónde estás?

Se lo dijo. Él objetó:

– Pienso que sería mejor que nos viéramos en un terreno neutral.

– De acuerdo. Podemos encontrarnos en el vestíbulo, si quieres. Estaré ocupada hasta el viernes: así tendrás tiempo para pensártelo.

– El viernes… Sí. Mañana voy a salir de excursión con mis hijos.

– ¡Fascinante! ¿ De verdad no te acuerdas? ¿No recuerdas lo que dijiste acerca de mis pechos…? ¿No los recuerdas? Eso es alarmante. ¿Sabes, Xan? Esto tal vez podría ser muy beneficioso para ti… Estoy segura de que, en el instante en que me veas, todo volverá torrencialmente a ti.

Cora llevaba mallas, falda y blusa negras, pero aún no se había puesto los zapatos negros, el top negro y el sombrero negro con su velo negro colgando. Ahora se enfrentaba a la fastidiosa tarea de peinar sus cabellos de un modo muy clásico: el pelo recogido hacia arriba y a un lado, y mantenido así mediante un arsenal de horquillas. Empezó a peinarse en el baño, pero pronto se trasladó más allá de la puerta para completar la operación en el dormitorio. Allí, la activa profusión de espejos, en diferentes ángulos y alturas, la hizo sentirse observada…, sobre todo por el espejo de su visión interior.

Estaba familiarizada con la literatura. Las víctimas de incesto crecen pensando que tienen poderes mágicos. Porque los tienen. Todos los bebés, todos los pequeños creen ejercer la magia: críos de un año, si los has disgustado especialmente, te mirarán tal vez desde sus cunas con carita de asombro viendo que has sobrevivido físicamente a sus anatemas y conjuros. Al crecer, se les pasa. Pero las víctimas de incesto, esas niñas, esas «hermanas extrañas», jamás pierden tal fe. Porque tienen ese poder: pueden pronunciar una frase y hacer que desaparezca una familia.

Las mujeres con las que Cora había coincidido antes en grupos de apoyo y programas de recuperación mantenían persistentemente otra idea: la de que eran capaces de seducir a cualquier hombre. Y era cierto en su caso, a condición de que el hombre fuera un ser violento o inadecuado; a condición de que se tratara de un violador o de un adicto, de un proxeneta o de un gorrón… También Cora se creía capaz de seducir a cualquier hombre, y hasta entonces nada la había sacado aún de su error. Pero, en lo relativo a Xan Meo, su propósito iba más allá de la mera seducción y del evidente desengaño que ello representaría para su esposa cuando se enterara. Aún no sabía cómo. Pero seguro que algo se le ocurriría.

Cinco minutos antes de que estuviera listo su coche, tomó el teléfono, marcó un número y preguntó:

– ¿Oiga? ¿Podría hablar con Pearl, por favor?… ¡Pearl! Tú no me conoces, pero soy un antiguo amor de tu ex marido… De hace ocho años. Sí, así es: de cuando aún estabais casados -Cora mantenía el auricular tan lejos de su boca como se lo permitía la longitud de su brazo-. Espera, espera. Por si te sirve de consuelo, también conmigo se portó muy mal… Por eso…, por eso he pensado que podríamos enterrar el hacha de guerra y tener una agradable conversación en torno a unos gramos de cocaína -siguió.

Minutos después, Cora estaba ya con el abrigo puesto, y lo cerró bien para que no se le abriera mientras iba en busca del tradicional ramo de flores para aquel difunto tan poco respetuoso con las normas sociales.

3. EL REY BASTARDO

– Explicádmelo otra vez -les pidió a sus hijos.

– Tu segundo nombre, más el de tu calle, es el de tu estrella de cine -dijo Michael.

– Y el nombre de tu mascota, más el de tu calle, es el de tu estrella porno -dijo David.

– Yo no tengo mascota -objetó Xan.

– ¿Qué era la última mascota que tuviste?

– Un perro. Se llamaba Softy. [29]

– Bueno, pues. Softy St George, entonces.

– A Softy no le iba bien ese nombre -prosiguió Xan-. No era nada «blandito». Al contrario. Era un alsaciano blanco moteado, un animal realmente difícil. De niño pensaba que el motivo de que Softy estuviera siempre furioso era el nombre que le habían puesto.

Los tres volvieron a lo que estaban leyendo. Michael y David leían las páginas de deportes de dos de los principales representantes de la prensa amarilla. Y Xan se leía a sí mismo: Lucozade… Los tres se habían sentado en un establecimiento de comida rápida en Paradise Pier, entre colores de guardería. ¿Y cuáles eran los colores de la clientela? Los típicos colores de los ingleses, sus rosas y grises, serían subsumidos con el tiempo por los colores de lo ultramundano. «¡Y cuánto necesitaban ahora estos nuevos colores!», pensó Xan. En la mesa de al lado un hombre de raza blanca ofrecía un biberón lleno de Pepsi a un niño mulato; la pálida mano del hombre, con un amoratado tatuaje, parecía obtener grandes ganancias de la transacción. La sonrisa que le dirigía su negra esposa también lo distinguía enormemente.

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