Martin Amis - Perro callejero

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Xan Meo es un hombre de múltiples talentos: actor, músico, escritor, y también hijo de un célebre delincuente. Una noche, Xan se sienta a tomar una copa en la terraza de un pub y, al poco rato, dos hombres le parten la cabeza a cachiporrazos. Tras una difícil convalecencia será otro. Deberá acostumbrarse a su nuevo ser, como todos los que le rodean, porque Xan se convertirá en un antimarido, en un antipadre, movido por impulsos primarios y con una sexualidad muy perturbadora. Pero hay otros personajes que inciden en la vida de Xan. Clint Smoke, un periodista de un diario amarillista volcado en la pornografía y las noticias de escándalo, y también Henry England, el rey de Inglaterra y padre de la Princesita, a la que alguien ha fotografiado desnuda en su bañera. También está el misterioso Joseph Andrews, como una araña en el centro de una vasta red. Y en el núcleo de todo: Edipo, los padres como posibles corruptores devoradores de sus hijos, el difícil pasaje a la madurez.

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– Le han quitado públicamente a ese impresentable putero de Ainsley Car la medalla honorífica de los Kestrel Juniors -dijo David-. Se dice que irá a parar al Charlton. Cuando salga de la cárcel.

– ¿Al Charlton? Son unos gilipollas.

– Car es un gilipollas. Y también lo es el Charlton. Él es un gilipollas y ellos son unos gilipollas también.

– Bueno…, Car es un gilipollas. Pero los del Charlton no lo son tanto.

– Tonterías. Son menos gilipollas que él, pero, aun así, lo son.

– Chicos, chicos… Tenéis que aprender algunas palabras nuevas para vuestros tacos. Fijaos en gilipollas, por ejemplo… Si lo que queréis decir es «una mierda», vale, porque «mierda» sí significa algo. Y tiene sentido; pero, entonces, decidlo. A nadie llama a engaño. Pero… gilipollas… ¿Qué quiere decir eso? Como palabra, gilipollas es una gilipollez mayúscula.

– Ahí está la cuestión. Gilipollas es algo muy malo.

– Sí. Gilipollas va de coña.

– Yo os diré lo que es una gilipollez -dijo, y pasó las páginas del libro que tenía en la mesa-: es esta mierda.

– … ¿Qué quieres decir, papá?

– No te preocupes. Ya os lo explicaré cuando seáis mayores.

Habían avanzado hasta el último confín de Inglaterra. La roca, las caracolas; la paloma con irisaciones de petróleo en el cuello, las gaviotas esforzándose por alcanzar tierra firme; y el mar, al día siguiente de una galerna, confuso y alterado, como si no supiera qué lugar le correspondía. Todo en el muelle, los soportales, las cafeterías y los bares, con su escasez de cambio y sus escasas raciones, los autos de choque, el tren fantasma, la totalidad de la estructura narrativa, había sido organizada por una amplia -y, en secreto, notablemente próspera- familia suburbial. Aquello era todo cuanto quedaba de la cultura de su infancia.

El jueves por la mañana amaneció luminoso y azul. Dio a los chicos un centenar de libras a cada uno, y después fue a sentarse a solas en las rocas entre los dos muelles, el de la ópera y el del Paraíso. Los marineros hablan de un momento que tiene lugar cada día dos veces: el momento en que las olas «se lo piensan». Algo así parecía estar ocurriendo delante de él, aunque el mar se mostraba más en regla ahora; había vuelto a él la moral, el esprit de corps. Las olas rompían y se retiraban; se desplomaban y retrocedían en la resaca.

Xan se preguntó por las razones de la sensación de alivio que experimentaba. Sus recuerdos del lugar eran estimulantes, vívidos y, sobre todo, abundantes; y su entrega a Lucozade (en la que ahora iba ya por la mitad del libro) parecía prometerle la revelación del misterio que buscaba en él, fuera lo que fuese lo que pudiera costarle. Pero no eran éstas las causas, no. Debían de ser los chicos, los chicos. ¿Era consecuencia esa sensación de alivio de su masculinidad, de lo laxo de sus conversaciones o de la amigable cutredad de la que habrán llenado inmediatamente sus habitaciones en el Crown? No. Era consecuencia de que habían aceptado lo alterado de su estado sin hacer preguntas, y del hecho de que a ellos les fuera imposible juzgarlo. Ellos también estaban viviendo el proceso de abandonar su antiguo ser para acceder a otro. Al igual que su padre, no podían recordar plenamente lo que habían sido ni podían predecir en qué se convertirían. De igual modo, aún ignoraban quiénes eran.

Michael y David lo vieron desde lo alto de la carretera que discurría sobre los acantilados. Las nubes lejanas parecían continentes: por allí iba África, por allá América. El mar estaba en condiciones (mediante todo un día de trabajo) de transformar en guijarros la roca en que se encontraba sentado. Las olas rompían y se retiraban; se desplomaban y retrocedían en la resaca. La línea de espuma parecía un rugido, luego una sonrisa, después otro rugido y una nueva sonrisa: fantasmas de la ópera, fantasmas del paraíso.

– Entonces…, ¿Vicky no ha vuelto aún al colegio? -preguntó Xan.

Estaban en un taxi, camino de la estación, y en el momento de alejarse el coche del paseo marítimo se les ofreció una vista clara de St Bathsheba en lo alto de su acantilado…, unas rocas que se desmoronaban y que no parecían estar más que a uno o dos años de hundirse en el mar.

– No -respondió Michael-. La han puesto a buen recaudo en algún lugar en el campo. ¿Y todo eso por qué? El fulano que lo hizo debió de dejarla preñada.

– Se ha ido hace cuatro meses -dijo David-. Está fuera de aquí.

– Y lo peor está por llegar -dijo el viejo taxista-. El tipo que la preñó es un tipo de color. Y le ha contagiado una enfermedad.

– Si tiene un chico… -dijo Michael-, será uno de esos bastardos pretendientes al trono.

– Bastardo I.

– El rey Bastardo.

Ya en el tren, Xan dormitó, y su corazón y su mente se relajaron en un candor informe. Lo que necesitaba, lo que quería obtener, aparte de venganza, era una reinstauración familiar con todos los honores. Se haría así. Quería que se hiciera así. Porque consideraba que se había portado muy bien con Russia, fingiendo ser el hombre que solía ser antes. Por otra parte, mientras su cabeza salía del sueño y volvía a sumirse en él de un modo que recordaba las oscilaciones de los hilos del telégrafo más allá de la ventanilla, por otra parte… Sus pensamientos volvían a la mujer que le había dicho que lo esperaría en la habitación del hotel y se proyectaban hacia delante impulsados por los recuerdos que ese hecho le traía. Las satisfacciones de la fama: la circular ciclostilada del adolescente ansioso por conseguir autógrafos; la petición de ayudas del grupo de teatro búlgaro; y, de cuando en cuando (aunque de eso hacía ya mucho tiempo ahora), una mujer que se acercaba a él desde más allá de los límites de la realidad. Él era consciente de que estas mujeres distaban mucho de ser fuerzas favorecedoras del bien, de la estabilidad… Pero eran mujeres. Y era agradable sentirte querido, incluso por alguien que pudiera causar tu ruina… Por supuesto, todo dependería, fundamentalmente, de su aspecto. Él estaba decidido a ser fiel…, fiel en toda ocasión; no la tocaría. Aun así, tal vez acudiera a la cita y se quedara allí unos momentos para verla pavonearse en sus bragas. Y después se marcharía tranquilamente.

4. LA VISITA DE CORA A PEARL

– Bueno… Una cosa debo decir en favor de Xan Meo: tenía tirón. Entra, entra, sé bienvenida. Era consecuencia de la televisión. Su atractivo no paraba de subir cada minuto que estaba en la pantalla. Oh…, ponlo en cualquier parte. Tienes unas tetas preciosas, querida. Y apuesto a que son naturales, también. ¡Y ese talle! ¡Y tu culo…! ¡Joder…! Cuando te vio, debió de pensar que aquel día celebraba todos los cumpleaños de su vida, y que tú eras el regalo que le hacían por ello… Incluso tu vientre es excepcional… ¿Y cuándo fue eso? Tuviste que ser una maravilla a tus…, ¿qué…? ¿A tus veintinueve, a tus treinta años? No. Apuesto a que estás mejor ahora. Lamento este barullo. Deberías ver las habitaciones de los chicos. Llegan a casa de la escuela y se prueban toda la ropa que tienen. Muy amable de tu parte. Puedo imaginarme bastante bien lo que pasó.

Cora hizo un hueco en la amplia mesa de la cocina para poner allí la lujosa bolsa de compra que contenía la botella magnum de champán, de la cual sacó asimismo una cajita de rapé llena de polvo blanco.

– ¡Oh…! Vamos allá, pues.

Una mirada a la sala, con la exhibición de chales y bufandas extendidos sobre los muebles y los múltiples niveles de objetos depositados por todas partes como por efecto de una inundación, le reveló a Cora que Pearl no tenía secretos. Los regalos domésticos que le había traído estaban de más; no es que fueran mal recibidos, es que eran perfectamente ociosos. El aspecto de Pearl era asimismo muy revelador: las mejillas y la frente lívidas, las raíces de los cabellos irregularmente teñidas de color caoba, la bisutería con que se adornaba, la chaqueta de tonos difuminados, la falda corta… Era esa falda corta la que concentraba los pensamientos de Cora. Vio enseguida que era el centro de gravedad de Pearl: los muslos arqueados, el vacío que enmarcaban. Con cierta emoción, al recordar que todos somos mortales, Cora se dijo que el día en que Pearl decidiera finalmente dejar de llevar faldas cortas sería el peor de su vida. De camino hacia su cita, el taxi de Cora había pasado junto a una anciana que iba por la calle (Cora no estaba acostumbrada a fijarse en las ancianas con que se cruzaba en la calle) y caminaba tremendamente encorvada tratando de mantener el equilibrio. La anciana estaba esperando a cruzar en un paso cebra; el taxista frenó y se detuvo; y ella, antes de echar a andar como un cangrejo enfermo, se quedó mirándolo, por espacio de al menos veinte segundos, con una expresión de desconfiado desprecio en el rostro, como si fuera cosa sabida que los taxis de Londres tienen fama de atropellar ancianitas en los pasos cebra. «Prueba a hacer todo eso yendo con falda corta», pensó Cora.

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