Se abrió otro camarín del ascensor (Xan estaba observando los destellos rojos de las flechas de los diagramas) y salió de él una nueva cuadrilla que enseguida perdió su formación en la atmósfera de apresuramiento que tenía que ver con la hora del día y la proximidad de la tarde. Ella no participó de aquellas prisas. Los demás pasajeros se dispersaron mientras Cora avanzaba lentamente a través de las líneas de fuga de los otros. Caminaba como impedida por la presencia de niños pequeños: pero ya podías buscar a esos niños más allá de ella, debajo de ella, porque no los había… Xan hizo lo que le había visto hacer a Billie: inclinarse un poquito hacia atrás para poder mantenerse un instante sobre la mínima elevación de las puntas de sus dedos. Pero ella no sólo no compartía las prisas, sino tampoco las exquisiteces del hotel. Calzaba sandalias, llevaba un sencillo vestido blanco y un bolso de rafia. Todo lo cual obligaba a fijarse bien en su talle, que él, de entrada, viendo cómo marcaba el istmo de su cintura, atribuyó a la acción del más apretado corsé, por más que su cuerpo se movía con un cimbreo regular que evidenciaba la ausencia de sujeciones. Cuando todavía estaba a unos metros de él, se fijó en que no llevaba maquillaje, y esto le hizo sentir una intimidad contra la cual no podía hacer nada. No conseguía situarla. Pero el hecho era que su cuerpo reconocía haberla visto antes. Xan inclinó la cabeza. Ella se puso de puntillas y lo besó en un ángulo de la boca.
Xan había ensayado dificultosamente su frase, y ahora la pronunció también con dificultad:
– Es mi primera cita a ciegas desde hace treinta años.
– ¿A ciegas? Bueno…, a tuertas más bien. Yo te conozco. ¿Tú no me conoces?
– Yo… Bueno, no sé… Tengo la sensación de que ya… te había visto.
– En la parte de atrás -dijo ella- tienen un bar sorprendentemente bueno. ¿Vamos? -propuso, al tiempo que lo agarraba del brazo.
Xan se encontró de nuevo «esperando» que el bar estuviera bien iluminado y con un número razonable de clientes: sería lo mejor porque así le pondría más difícil a la mujer hacer algo que pudiera no gustarle. El caso es que se sumergió en el Salón Rosa como quien viene directamente de una playa ecuatorial, y que le costó un minuto entero darse cuenta de que eran los únicos clientes allí. Una cita a ciegas, pues, y una cita sorda también, porque la algodonosa oscuridad reinante parecía oprimirle los tímpanos con sus patas mientras iba tras ella como en pos de un pequeño y blanco fantasma hasta un reservado distante: un opulento burdel de terciopelo rojo. Enseguida se presentó un camarero sin rostro, que encendió las velas de la mesa y desapareció de nuevo tras un estudiado gesto de cortesía. Ahora sus caras estaban inestablemente iluminadas, pero nada más lo estaba. Se dijo que en aquel ambiente no parecería particularmente atrevida una fornicación lánguida y metódica. Pero una cita a ciegas es eso: una cita a ciegas. Fue ella quien rompió el silencio.
– Veamos… ¿ Déjà vu en sentido propio o en el vulgar? Porque en el sentido vulgar significa, simplemente, «algo ya visto». Contemplamos con una clara sensación de déjà vu que un equipo de fútbol gana un trofeo por segundo año consecutivo. En cambio, en sentido propio significa que tú no me habías visto antes: que sólo tienes la sensación de haberlo hecho. ¿En cuál lo dices tú?
– En el último, creo. Como te he dicho, hay cosas que no andan bien en mi memoria.
– Por supuesto que podría tratarse de «algo ya visto» en sentido realmente vulgar. Supervulgar, de hecho. Pero ya volveremos a eso. ¡Ah…!
A los ojos de Xan, que todavía no habían conseguido adaptarse a la oscuridad, la cara del camarero sin rostro resultó ser ahora inverosímilmente joven: le pareció a punto de recomendarles un vaso de leche.
– Tomaré lo que tú -dijo ella.
Razón de más, pues, para poner orden en aquel océano de azuladas ruinas. A decir verdad, él habría dado cualquier cosa por un trago de alcohol. Habría dado cualquier cosa…, pero no todas las cosas. Por el momento, podía ver como una línea trazada en la arena: a un lado de ella, todo lo que tenía; al otro, todo cuanto podría perder. Leche, sí, o agua, agua pura y cristalina, el líquido desprovisto de cualquier vida. Preguntó si tenían zumo de naranja, y el camarero le dijo que sí.
– ¿Zumo de naranja? -dijo ella-. No, yo no tomaré eso. Un Martini doble con ginebra para mí, por favor, con una rodajita de limón. Oh, no tomes zumo de naranja. Pide un café espresso, por lo menos.
– De acuerdo…, tomaré un espresso .
– Que sea doble… He leído tu libro. Es…
Aquello le agradó…, pero las palabras se le agolparon en la mente y no encontró otra manera mejor de expresarlo:
– ¿Y no se te ha atravesado en el culo? Lo siento. Ya sé que suena terriblemente mal, pero seguro que entiendes lo que quiero decir.
– ¿Te refieres a que te parece adular al lector? Bueno, sí, produce cierta sensación de querer congraciarse con todos. Una especie de deseo de no ofender a nadie. Y das la impresión de sostener un montón de falsas ideas preconcebidas a propósito de los hombres y de las mujeres. Es lo que yo pienso. Como si se hubiera acabado entre nosotros toda suerte de enemistad y estuviéramos bebiendo la leche de la concordia. Y hay algo más aún. ¿Cuál es ese relato que lleva por título un nombre de mujer? «Evie». Sí, ése es. Bueno…, tras treinta páginas de persecución, el narrador consigue finalmente llevarse a Evie a la cama, y entonces, a mi entender, más bien se congratula por no describir el momento. «No, no voy a contar la cosa con pelos y señales», y chorradas así. ¿Qué es eso? ¿Una actitud galante? ¿Evolucionada? ¿Crees que es eso precisamente lo que debería hacer el escritor…, rehuir su tarea para inspirar una actitud? Ya me doy cuenta de que me estoy mostrando injusta, porque no es un problema sólo tuyo. El buen sexo es algo inalcanzable para la narración. Quizá lo único a lo que no llega. Aunque quedan los sueños, claro. Pero, dime, ¿por qué ha de ser así? Hmm. Dispénsame mientras saboreo esta deliciosa bebida.
– Dicen… -alegó Xan-, dicen que el escritor rehúye hablar en nombre de cualquiera que no sea él. Que las peculiaridades aparecen por sí solas. Pero ya no tienen nada que ver con lo universal.
– ¿No pueden ser universales las peculiaridades? ¿No existen cosas que nos gustan a todos ?
– Tiene gracia… Yo no suelo narrar historias de sexo, pero es la primera pregunta que me hago a propósito de mis personajes: la de cómo son en la cama.
– ¿De veras? Perdona… ¿Te preguntas «cómo son» o «qué les gusta»?
– Supongo que ambas cosas. ¿O acaso es lo mismo?
– O sea que, si fueras a convertirme en uno de tus personajes, cosa que no te recomiendo, ¿cómo empezarías?
– ¿Por qué dices que no me lo recomiendas?
– Porque nadie cree en las mujeres que son como yo. O ninguna mujer lo hace. A menos que ella sea una víctima también. Las víctimas sí creen.
– Las víctimas… ¿de qué?
– Aguarda… Veo que has evadido mi pregunta. En todo caso, el buen sexo, como cualquier otra cosa, ha de tener cabida en alguna parte. Por eso hay otra forma, otra industria, que se dedica exclusivamente a él.
– La pornografía.
– Pornografía… Porno es una palabreja desagradable, ¿verdad? El aspecto más desagradable de todo el fenómeno. Pero la realidad no es tan mala. En mi mundo, hablamos de la industria del porno. Así la llamas cuando trabajas en ella. Yo estoy en ella… Te dije antes que tal vez me hubieras conocido ya, en el sentido más vulgar de la palabra. Fue hace tiempo, y entonces tenía mis razones…, pero, bueno…, lo cierto es que protagonicé más de un centenar de películas. Películas obscenas, como Karla White. Durante tres años, el único sexo que viví fue el que tuve delante de una cámara. Pero las gentes del porno no son como las que no trabajan en él. Cuando vemos un espectáculo porno, enseguida prescindimos del sexo para concentrarnos en la actuación. Pero eso es una verdadera perversidad.
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