Martin Amis - Perro callejero

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Xan Meo es un hombre de múltiples talentos: actor, músico, escritor, y también hijo de un célebre delincuente. Una noche, Xan se sienta a tomar una copa en la terraza de un pub y, al poco rato, dos hombres le parten la cabeza a cachiporrazos. Tras una difícil convalecencia será otro. Deberá acostumbrarse a su nuevo ser, como todos los que le rodean, porque Xan se convertirá en un antimarido, en un antipadre, movido por impulsos primarios y con una sexualidad muy perturbadora. Pero hay otros personajes que inciden en la vida de Xan. Clint Smoke, un periodista de un diario amarillista volcado en la pornografía y las noticias de escándalo, y también Henry England, el rey de Inglaterra y padre de la Princesita, a la que alguien ha fotografiado desnuda en su bañera. También está el misterioso Joseph Andrews, como una araña en el centro de una vasta red. Y en el núcleo de todo: Edipo, los padres como posibles corruptores devoradores de sus hijos, el difícil pasaje a la madurez.

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– Sí, bueno… Todos los tenemos. Lo siento y todo eso que se dice. Pero volveré dentro de un rato y, si aún sigues aquí, ocurrirá lo que te digo.

Mal siguió adelante, dejó atrás la iglesia de St Mark y tomó por St George’s Avenue.

Llamó al timbre y esperó. En el instante en que abrían la puerta oyó un grito feroz proveniente de la calle:

– ¡Oooi!

Miró a su alrededor, volvió a mirar atrás, y después movió los pies, levantó las manos hasta la altura de los hombros y agachó la cabeza. Cualquiera que lo hubiera visto al pasar habría pensado que Mal se disponía a zanjar una discusión -en la esperanza de encontrar un acuerdo común- entre marido y mujer. O eso, o que intentaba separarlos.

– El castigo nunca es proporcional al delito. Eso lo tengo claro. El castigo jamás guarda proporción con el delito. ¡Ah, muy amable! -dijo Mal aceptando la taza de té que había pedido medio disculpándose. Se encontraban los dos en la cocina del apartamento de Meo, alrededor de la mesa, Mal con el abrigo todavía puesto y con un cigarrillo en la mano-. Me dijo: «Pártele la mandíbula de un buen golpe, y veremos si eso le gusta. Quiero que esté una temporada teniendo que comer a través de una paja. Veremos si sigue mencionando mi maldito nombre.» Por la mala leche que tenía, pensé que lo habías delatado…, que pretendías que lo detuvieran. Pero todo lo que habías hecho fue mencionar su nombre en… en un relato. ¿Estás ya bien, colega?

– Sí, colega…

Xan estaba de pie, apoyado en la mesa. Podía sentir todavía las hormonas de violencia que recorrían su cuerpo: voluptuosos anestésicos del dolor y de la realidad. Había visto que un extraño se acercaba a su casa, y después lo había reconocido. Y al instante siguiente subió los pocos escalones que lo separaban de la calle, dispuesto absolutamente a todo… Ahora observaba a Mal, que hablaba apretando los labios, levantando las cejas e inclinando la cabeza ora a la izquierda ora a la derecha, como si tuviera algo en cada mano. Poco a poco se iba tranquilizando y mostrándose casi amable; tenía la sensación de estar acercándose a algo.

– Ni siquiera hice eso -dijo Xan.

– No. Vamos… Aquí está escrito, negro sobre blanco. -Le tendió la revista que traía consigo-. En Punch. Y se menciona el libro y todo. Joseph Andrews.

Xan Meo no era un escritor de temas literarios, pero, en Lucozade, se había permitido recurrir a algunos adornos no habituales en él. El relato hablaba de un guardaespaldas de mediana edad que, en alguna etapa anterior de su carrera, había trasladado su negocio a los ambientes del espectáculo americanos. «Había pasado un año en Las Vegas trabajando para Joseph Andrews», se decía. Y en Lucozade se añadía más adelante que Joseph Andrews vivía retirado en Los Ángeles. Eso era todo.

– En realidad, no me refería a Joseph Andrews -dijo Xan, intentando explicarse-. Hablaba de Tom Jones.

– ¿Tom Jones?

– Sí, ya sabes…, el cantante. El de It ’s Not Unusual. Aludía a Tom Jones.

– Bueno…, ¡eso sí que es de lo más inusual! ¿Por qué no pusiste Tom Jones?

– Es que es…, bueno…, una especie de chiste. Tom Jones y Joseph Andrews son dos novelas, escritas ambas por Henry Fielding… Yo no podía poner Tom Jones, así que…

– Bueno… ¡Tampoco podías poner Joseph Andrews! ¡Santo Dios! -Mal, evidentemente horrorizado por tamaña frivolidad, necesitó unos momentos para recobrarse de la impresión. Luego frunció el ceño y murmuró-: «No es inusual que alguien te quiera.» -Después, su frente se ensombreció más y añadió-: «Cada día toco la hierba, la verde hierba del hogar…» Recuerdo que vi esa película, Tom Jones, cuando tenía catorce años. Fue la primera que vi para mayores. Ahora ya puedo, pensé. Orgías y tacos a tutiplén… Pero todo consistía en un montón de pubs, y en chicas con las… con las domingas al aire.

Xan esperó. Desde el principio había quedado claro que había cosas que Mal podía decirle, y cosas que debía callar.

– Ahora no se llama así, Joseph Andrews. Y es muy puntilloso en este aspecto. Como debe ser. -Mal miró ahora a su alrededor-. Tú lo has pagado ya, colega… Lo has pagado con creces. Y el castigo jamás guarda correspondencia con el delito. Te diré una cosa. ¿Qué te parecería esto: cargarte a Snort?

– ¿Cargarme a Snort?

– Sí, cargarte a Snort. El tipo que te sacudió ese golpe en la nuca. Yo me encargaré.

Aguarda, pensó Xan. Tengo que saber bien en qué me meto. Se suponía que uno no debía hacer preguntas, pero objetó:

– ¿Por qué tengo la sensación de que el tal Andrews no ha acabado conmigo?

– ¿Una sensación? Bueno, espero que estés equivocado. Pero lo has sacado de sus casillas, colega. Es un hombre muy desagradable el tal Joseph Andrews. Mi padre trabajó para él durante treinta años hasta que sus enemigos, los hermanos Plutarco, lo dejaron impedido. Daba pena ver a mi padre cuando fue a ver a Jo. Arrastraba una pierna, con el brazo retorcido sobre sí mismo y el cuello inclinado hacia un lado. Y Jo va y le dice: «De acuerdo, los Plutarco se tomaron algunas libertades contigo. Se lo haremos pagar.» Y le dio sesenta libras…, y una patada en el culo mientras salía cojeando de la habitación. -Mal volvió a balancear la cabeza y a enarcar las cejas-. La verdad es que no me extrañaría nada que todo esto tuviera que ver con sus antiguas relaciones con Mick Meo. Tengo entendido que nunca se llevaron bien. Y tú, ¿cómo estás de salud?

– Físicamente, bien. Pero no como antes.

– ¿Y… en casa?

– Estoy a prueba.

– Bueno…, aférrate a ella. Porque es lo más importante de todo. No hace falta que te lo diga. A tu edad, muchacho, uno es un desastre si no tiene esposa. Ni chicos y todo eso.

Xan se levantó y dijo de pronto:

– Tengo que ir a ver a una chica a un hotel.

– Ah. Entiendo.

Y, mientras se ponía de pie, mirándolo y con aire estrictamente práctico, Mal añadió:

– Supongo que ya sabes cuáles pueden ser las consecuencias.

6. TALLA CERO-1

Ven a verme a mi carísimo hotel, le había dicho entre otras cosas. Y Xan estaba sintiendo ahora la atracción de un planeta realmente pesado. Las lúnulas de cristal, los espejos, las distancias que parecían derrochar espacio, la cúpula dorada por encima de la escalera circular: una brochure vivante para Adames. Y abajo, en las calles pavimentadas de mármol, peluquería, masajistas, manicura y pedicura, perfumería, joyas y haute couture. Nada de aquello iba dirigido al espíritu, ¿o sí? Pero lo sentías…, sentías una fuerte presión para vivir deliciosamente. Y antes incluso de probar la comida y el vino, las suaves toallas, las blancas sábanas que olían a limpias.

Preguntó en el mostrador de recepción y lo encaminaron a una hilera de teléfonos…, que bien hubieran podido ser utilizados por los cortesanos de Luis XIV.

– ¿Karla? -dijo-. Soy yo.

– Tengo una suite con bar -le dijo ella-. Sube.

– No…, tal como quedamos. Baja tú, si quieres.

– ¿Cómo, así, con la ropa que no llevo puesta…? Tranquilo, estoy bromeando. Bajo en un minuto.

Tardó algo más que eso. Mientras tomaba posiciones junto al surtidor, a cierta distancia de las puertas de bronce de los ascensores, y sobrevivía a cada nueva hornada de mujeres recién maquilladas, Xan tuvo tiempo para imaginársela arriba, en su habitación, quitándose una prenda para enfundarse en otra. Ni que decir tiene que no tenía grandes esperanzas de que resultara una mujer atractiva. Pero, por el momento, no podía estar seguro de si su aspecto, y mucho menos aún la forma como fuera vestida, supondría alguna diferencia. Tilda Quant no era atractiva (debía de haber estado distraída cuando se repartían todas las cualidades físicas), pero a Xan lo atraía, ciertamente. Y esa misma mañana, horas antes, se había sorprendido a sí mismo extasiándose ante el rostro obstinadamente azteca de la medio dormida Imaculada…

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