Jodi Picoult - Diecinueve minutos

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Peter Houghton es un estudiante de 17 años en Sterling, New Hampshire, que lleva tiempo sufriendo los abusos verbales y físicos de sus compañeros de clase. Su única amiga, Josie Cormier, ha sucumbido a la presión del grupo y ahora pertenece a la élite popular que habitualmente lo acosa. Un último incidente lleva a Peter al límite y lo empuja a cometer un acto de violencia que cambiará para siempre la vida de los habitantes de Sterling. Incluso aquellos que no se encontraban en la escuela aquella mañana vieron sus vidas supendidas, incluyendo a Alex Cormier.

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Lincoln, Massachusetts, era un suburbio de Boston que había sido tierra de labranza en tiempos pasados y que ahora era una mezcolanza de enormes casonas con unos precios ridículamente altos. Josie miraba por la ventanilla ese escenario de lo que podría haber sido el ambiente en el que se criara si las circunstancias hubieran sido otras: las paredes de piedra que serpenteaban entre las diferentes propiedades; las placas con la inscripción de «Propiedad Histórica» que ostentaban unas casas que debían de tener casi doscientos años; el pequeño puesto de helados que olía a leche fresca. Se preguntaba si Logan Rourke le propondría dar un paseo y tomarse un helado. A lo mejor se iba directo al mostrador y pedía un helado de nueces sin necesidad de preguntarle a ella cuál era su favorito; a lo mejor un padre era capaz de adivinar una cosa así por instinto.

Matt conducía con desgana, con la muñeca apoyada en el borde del volante. Nada más cumplir los dieciséis años se había sacado el carnet de conducir y estaba siempre listo y dispuesto para ir a donde fuera, a buscar un litro de leche por encargo de su madre, a dejar la ropa en la tintorería, a acompañar a Josie a casa después del colegio. Para él, lo importante no era el destino, sino el viaje mismo, razón por la cual Josie le había pedido que la llevara a ver a su padre.

Además, tampoco es que ella tuviera muchas alternativas. No podía pedírselo a su madre, dado que ésta ni siquiera sabía que Josie hubiera estado buscando el paradero de Logan Rourke. Seguramente podría haberse informado de algún autobús que fuera a Boston, pero encontrar una casa en los suburbios no era tan fácil. Así que al final se había decidido contarle a Matt toda la verdad: que no conocía a su padre y que había dado con su nombre en un periódico, porque optaba a un cargo público.

El camino de entrada a la casa de Logan Rourke no era tan grandioso como algunos de los otros por delante de los cuales habían pasado, pero era impecable. El césped estaba igualado a dos centímetros del suelo; un ramillete de flores silvestres estiraban el cuello alrededor de la base de hierro del buzón. De la rama de un árbol colgaba el número de la casa: el 59.

Josie sintió que se le erizaba el vello. Cuando el año anterior había formado parte del equipo de hockey sobre hierba, aquél había sido el número de su camiseta.

Aquello era una señal.

Matt torció por el camino de entrada. Había dos vehículos, un Lexus y un jeep, y también un camión de bomberos de niño pequeño, de esos para subirse. Josie no podía apartar los ojos de él. Sin saber por qué, no había imaginado que Logan Rourke pudiera tener otros hijos.

– ¿Quieres que entre contigo?-le preguntó Matt.

Josie negó con la cabeza.

– Estoy bien.

Mientras se acercaba a la puerta principal, la asaltaron las dudas acerca de lo que había ido a hacer allí. No podías presentarte así como así delante de un tipo que era un personaje público. Seguro que habría por allí un agente del Servicio Secreto, o algo por el estilo; un perro de presa.

Como si lo hubiera invocado, se oyó un ladrido. Josie se volvió en dirección a él y se encontró con un diminuto cachorro de Yorkshire con un lazo rosa en la cabeza, que fue directo hacia sus pies.

Se abrió la puerta principal.

Tinkerbell , deja al cartero en…-Logan Rourke se interrumpió al advertir la presencia de Josie-. Tú no eres el cartero.

Era más alto de lo que ella había imaginado, y tenía el mismo aspecto que en el Boston Globe …el pelo blanco, la nariz aguileña, el porte estirado. Pero los ojos eran del mismo color que los suyos, tan eléctricos que Josie no podía apartar la mirada. Se preguntó si habían sido también la perdición de su madre.

– Tú eres la hija de Alex-dijo.

– Bueno-replicó Josie-. Y la suya.

A través de la puerta abierta, Josie oyó los chillidos de un niño aún medio dormido y encantado de que lo persiguieran. Y también la voz de una mujer:

– Logan, ¿quién es?

Él echó la mano atrás y cerró la puerta para que Josie no pudiera seguir asomándose a su vida. Parecía terriblemente incómodo, aunque, para hacerle justicia, Josie pensó que debía de ser un poco chocante verse delante de la hija a la que habías abandonado antes de que naciera.

– ¿Qué haces aquí?

¿No era evidente?

– Quería conocerle. Pensé que quizá usted también querría conocerme a mí.

Él respiró hondo.

– La verdad es que no es un buen momento.

Josie echó un vistazo hacia el camino de entrada, donde seguía el coche de Matt estacionado.

– Puedo esperar.

– Mira…es que…Estoy en plena campaña política. Ahora mismo sería una complicación que no puedo permitirme…

A Josie se le atragantó una palabra. ¿Ella era una complicación?

Vio cómo Logan Rourke se sacaba la cartera del bolsillo y separaba tres billetes de cien dólares del resto.

– Toma-dijo, metiéndoselos en la mano-. ¿Será suficiente?

Josie intentó recuperar la respiración, pero alguien le había clavado una estaca en el pecho. Comprendió que trataba de compensarla con dinero; que su propio padre creía que ella había ido allí a chantajearle.

– Cuando pase la elección-dijo-, a lo mejor podríamos comer juntos un día.

Los billetes le crujían en la palma de la mano, acababan de entrar en circulación. A Josie la asaltó un recuerdo repentino de una ocasión, cuando era pequeña, en que había ido con su madre al banco; ésta le había dejado que contara los billetes para comprobar que el cajero le había dado la cantidad correcta; el dinero fresco olía siempre a tinta y a buena fortuna.

Logan Rourke no era su padre, no tenía más que ver con ella que el tipo que recibe las monedas en la cabina de un peaje, o que cualquier otro extraño. Puedes compartir el mismo ADN de alguien y no tener nada en común con él.

Josie cayó en la cuenta, de un modo fugaz, de que ya había aprendido aquella lección de su madre.

– Bueno-dijo Logan Rourke, e hizo ademán de volver a meterse en casa; se quedó dudando, con la mano en el pomo-. Yo…no sé cómo te llamas.

Josie tragó saliva.

– Margaret-dijo, para igualarse con él en cuanto a falsedad.

– Margaret-repitió él, y entró en la casa.

Mientras iba hacia el coche, Josie abrió los dedos como los pétalos de una flor. Se quedó mirando los billetes caer al suelo junto a una planta que, como todo lo demás a su alrededor, parecía crecer por momentos.

Para ser sinceros, la idea entera del juego le había venido a Peter estando dormido.

Ya había ideado juegos de computadora antes-reproducciones de ping-pong, carreras de coches, e incluso un guión de ciencia ficción que permitía jugar online con otro jugador de otro país si todos se conectaban a la página-, pero aquélla era la mayor idea que había concebido hasta el momento. El origen había que buscarlo en una tarde, después de uno de los partidos de fútbol de Joey, en que se habían parado en una pizzería en la que Peter se había atiborrado de albóndigas y pizza de salchichas, y había estado observando una consola de juegos llamada «Caza del ciervo». Te metías en tu cabina y te ponías a disparar con un rifle simulado a los ciervos macho que iban asomando la cabeza desde detrás de unos árboles. Si le dabas a una hembra, perdías.

Por la noche, Peter había tenido un sueño en el que iba a cazar con su padre, pero en vez de perseguir ciervos, perseguían a personas.

Se había despertado sudoroso, con un calambre en la mano como si hubiera estado sosteniendo un rifle.

Tampoco debía de ser tan difícil crear avatares, personajes virtuales. Había hecho ya varios experimentos, y aunque el tono de la piel no era muy logrado y los grafismos no eran perfectos, sabía representar las diferencias propias entre razas, así como colores de pelo diferentes, y manejarse con el lenguaje de programación. Le parecía algo genial, idear un juego en el que las presas fueran humanas.

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