Alberto Vázquez-Figueroa - Maradentro
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Tras varios cambios de morada, finalmente se instalan en la Guayana venezolana donde, la hermosa Yáiza vivirá una mágica transformación.
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— Más grandes nos han servido de merienda.
— A condición de saber donde cuelga su chinchorro, pero por lo que tengo oído es un pata-larga, más caminador que tigre con ladillas. — Esta vez no anda solo y las mujeres no le dejarán apresurarse mucho. — El colombiano señaló la inmensa extensión de verdor que había quedado a sus espaldas —, Esa es tierra difícil — añadió —. Monte bravo, poca sabana, cerros y cañadas. No pueden estar lejos.
— Lo que me preocupa no es dónde estén, sino hacia dónde se dirigen — replicó el mestizo masticando con fruición el extremo de uno de los inmensos habanos que siempre fumaba como símbolo de su poder y autoridad —. Si la niña escucha «La Música» tal vez ande tras la pista de una nueva «bomba». — El otro no dijo nada, pero la expresión de sus ojos bastó para demostrar lo que estaba pensando, y eso pareció molestarle —. Ya sé que no crees en esas vainas — añadió —. Pero yo sé que son ciertas.
— ¿Como en el caso del mariquitare?
— Aquel «comemierda» se asustó, eso fue todo. Era bueno para buscar «piedras» en los ríos, pero «La Madre de los Diamantes» le venía grande y cuando se enfrentó a los farallones del tepuy le entró tal cagalera que a partir de ahí no supo ni cómo se llamaba.
— ¿Y qué te hace pensar que la caraja es distinta?
— Porque lo es… — Se volvió a buscar con la mirada al arekuna que se entretenía en flechar peces Junto a la orilla, en la que se encontraban atracados y lo llamé con un gesto —. ¡Tragámonos! — pidió —. Ven y cuéntale al pastuñeo cómo es la guaricha.
El llamado Tragamonos — con más aspecto simiesco que los propios «marimondas» de los que acostumbraba a alimentarse — se aproximó dando saltitos, se plantó frente al colombiano al que apenas llegaba a la cintura, y estirando mucho el cuello como si se tratase de una tortura curiosa lanzó un corto rugido que imitaba a la perfección el grito de un araguato.
— Guaricha nacida para esposa de Makunaima, «cuñao» — dijo —. Pero ni siquiera un dios podrá tocarla sin quemarse porque está hecha de madera de «guachimacá», el árbol que produce el fuego. Guaricha oye y ve lo que nadie oye ni ve, porque el «cari-cari» le prestó sus ojos y el «cunaguaro» su nariz. Guaricha sabe lo que nadie más sabe, porque…
— ¡Anda a joder al coño de tu madre…! — le interrumpió el colombiano impaciente —. Lo único que esa guaricha tiene es la cuca más jugosa al sur del Caribe, y para comérsela vale la pena seguirla por esos montes hasta la mismísima tierra de los «guaicas». — Rió divertido mientras con dos dedos apresaba la diminuta nariz del indígena y se la retorcía como a un chicuelo travieso —. ¿Vendrás con nosotros a ver a los «guaicas» o te mearás en el «guayuco» en cuanto los huelas? ¿Eh? ¿Te gustan los «guaicas», indio de mierda?
El otro dio un salto atrás a riesgo de dejarse el apéndice nasal entre las manos del pastueño, y tras cerciorarse de que continuaba en su lugar de siempre, replicó malhumorado:
— «Guaica» mata primero blanco, luego negro, luego indio, y por último «guaharibo». Tendré tiempo de mearme en tus pantalones cuando estés hinchado y comido por las moscas. ¡Recuérdalo, «cuñao»!
Dio de un nuevo salto cuando el otro hizo ademán de echarle al cuello su ancha manaza, pero Bachaco Van-Jan intervino interponiéndose entre ambos.
— ¡Basta de guachafitas! — ordenó —. Nadie ha dicho nada de meterse en territorio «guaica» y no creo que el «Musiú» sea tan pendejo como pensarlo. — Hizo un gesto a sus hombres para que reembarcaran en la enorme curiara —. ¡Arriba todos! — gritó —. ¡Regresamos!
Y lo hicieron, atentos ahora a cada detalle de las orillas del río y deteniéndose de tanto en tanto a Investigar a fondo los puntos que pudieran haber servido de escondite a quienes ya en una ocasión habían conseguido burlarles, y el sol caía a plomo cuando se adentraron al fin en el diminuto caño de la margen derecha. De inmediato el arekuna comenzó a olfatear el aire como un perro perdiguero para saltar de improviso a tierra, seguir el rastro que su nariz le indicaba y descubrir, bajo una cuarta de tierra y hojarasca, las cenizas de la hoguera que Asdrúbal Perdomo encendiera la noche anterior.
— Aquí no durmieron — sentenció tras comprobar por el tacto el tiempo que llevaba apagada —. Bogaron de noche — añadió con un tono de voz que denotaba a las claras la repugnancia que tal hecho le producía —. Los «racionales» no respetan el «taré» de la luna y la utilizaron para alejarse. ¡Mala cosa! — concluyó convencido —. ¡Muy mala!
A partir de aquel momento Bachaco Van-Jan no abrigó dudas sobre el camino seguido por el húngaro y los Maradentro, pues resultaba evidente, si no aparecería su embarcación, que la única vía de escape antes de Turpial era el desconocido afluente que alimentaba el Curutú por su margen derecha.
Ordenó por tanto al timonel que le diera potencia al motor y se acomodó con el resto de los hombres que se entretenían jugando a las cartas en el interior de la toldilla hasta que cuatro horas más tarde el diminuto tributario se habla convertido en poco más que un canal invadido por una maleza que rascaba los costados y por el que resultaba imposible navegar.
— Si ese «Musiú» es tan listo como imagino, habrá hundido su curiara para que no podamos averiguar desde dónde comenzaron la «pica» — comentó —. Hay quinientos «bolos» para el primero que descubra qué camino ha seguido. Cesáreo, con tu gente, por la margen izquierda; Tragamonos y el resto, por la derecha. Todos aquí de vuelta dentro de una hora, y no quiero disparos que puedan alarmarlos. Vienen y me lo cuentan… ¡Andando!
Se recostó contra el tronco de un támaro, cerró los ojos, y como no tenía sueño dejó pasar el tiempo fumando y recordando el entusiasmo con que su padre le repetía la vieja historia del día en que vio brillar sobre el mostrador de un bar de Ciudad Bolívar las «piedras» que el viejo McCraken había obtenido de su misteriosa mina del Tepuy.
— ¡Las había como huevos de paloma! — aseguraba —. Y una azulada parecía tan excepcionalmente fina que yo hubiera podido sacar de ella un brillante de cuarenta quilates. ¿Te imaginas? ¡Un brillante de cuarenta quilates…!
El mulato Van-Jan no había visto nunca un brillante de cuarenta quilates y no conseguía por tanto imaginárselo, y a lo largo de toda su vida — que transcurría sin tropezar jamás con una gema semejante — había continuado de igual modo tratando de imaginar qué aspecto tendría y qué sensación se experimentaría al poseerla.
Muchas «piedras» habían pasado en aquellos años por sus manos, pero ninguna de la que pudiera obtenerse ni remotamente un brillante perfecto, y se preguntó si no habría sido todo ello tan sólo fantasías de borracho hasta el día que conoció personalmente a Jimmy Ángel y éste le confirmó la historia palabra por palabra:
— Recuerdo especialmente aquella «piedra» azulada — admitió —. McCraken me aseguró que jamás la vendería, y años más tarde, cuando me lo encontré en el tren, aún la llevaba colgada al cuello. Le había dado un nombre: «El Gran Willians», en memoria de su socio muerto. — ¿Cómo era McCraken?
— Un viejo solitario. Siempre hablaba de Willians, y de los años que pasaron juntos. Más que amigos debían ser como hermanos, y creo que jamás se recuperó por su muerte. — ¿Es cierto que aquella noche regresó con dos cubos de diamantes?
— ¿Crees que si no lo hubiera visto con mis propios ojos estarla perdiendo los mejores años de mi vida buscando esa dichosa mina…? |No friegues! — ¿Lo intentarás de nuevo? — En cuanto tenga otro avión. — Yo puedo proporcionarte uno. Hans Van-Jan jamás olvidaría — y eso era algo que habla jurado cobrarle algún día — la despectiva mirada que Jimmy Ángel le habla dirigido, y lo marcadamente ofensivo de su tono al replicar:
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