Alberto Vázquez-Figueroa - Maradentro

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Apasionante final para la trilogía. Los Perdomo Maradentro son una familia que huye de Lanzarote para rehacer su vida en tierras venezolanas. En ese lugar, siguen sucediéndose inesperadas situaciones por ese particular hechizo que Yáiza ejerce sobre los hombres.
Tras varios cambios de morada, finalmente se instalan en la Guayana venezolana donde, la hermosa Yáiza vivirá una mágica transformación.

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— Seguir río abajo en «bongó» no es cosa fácil — señaló al fin el húngaro —. El Curutú es aún relativamente tranquilo, pero en cuanto desemboquemos en el Paragua tropezaremos con raudales y chorreras. Necesitaríamos una buena curiara.

— Podemos regresar por donde vinimos.

— ¿Sin «bastimento»? — se asombró Zoltan Karrás —. No nos quedan provisiones ni para tres días, y no confío en la caza. Somos demasiados.

— No tiene por qué preocuparse por nosotros — le hizo notar Sebastián —. Nos arreglaremos solos.

Pero les constaba que no sabrían arreglárselas solos, y aquélla fue por tanto una amarga noche de dudas que únicamente se despejaron al amanecer, cuando Yáiza abrió los ojos y descubrió, acuclillado frente a ella, al hermoso «guaica» del inmenso arco.

— Sé donde hay más diamantes — dijo —. Muchos diamantes. Puedo llevarte hasta ellos y no habrá nada que te impida cogerlos.

Le observó con fijeza:

— ¿Por qué lo harías? — inquirió desconfiada.

— Porque eres «Camajay-Minaré» y todo lo que existe en estas tierras te pertenece.

— Yo no soy «Camajay-Minaré».

— Lo eres — insistió el otro —. Me enviaron en tu busca y te encontré. Ahora estoy muerto y ya no obedezco a Etuko, mi hechicero. Tan sólo tú puedes decirme lo que debo hacer.

Se alejó como siempre con paso elástico y altivo, y Yáiza quedó sola frente a aquella selva en la que no cantaban las aves ni gritaban los monos y en la que aún tardarían en escucharse las voces de los mineros que aguardaban a que les dieran permiso para cruzar el río y reiniciar su trabajo.

Clavó la vista en el techo de la palma, escuchó el rumor del río y la entrecortada respiración de sus hermanos, recordó las palabras de Sebastián que había depositado en sus manos el destino de la familia, y experimentó una profunda angustia y unos incontenibles deseos de llorar.

— ¿Qué ocurre, hija?

— Ha vuelto.

— ¿El indio? — El silencio era suficientemente explícito, y Aurelia compartió desde ese mismo instante aquella extraña angustia —. ¿Qué te ha dicho?

— Que puede llevarme donde hay diamantes.

— ¡Malditos diamantes! Y maldita la hora en que nos hablaron de ellos. ¡Dile que se marche! — suplí-co —. Pídele que te deje en paz y no continúe atormentándonos. ¡Mira lo que hemos conseguido!: Tus hermanos sólo sueñan con diamantes y todo lo que no sea hacerse ricos de la noche a la mañana se les antoja estúpido.

— ¿Y tengo derecho a prohibírselo? — inquirió Yáiza con voz ronca —. ¿Debo condenarles a continuar siendo unos muertos de hambre pudiendo cambiar su destino?

Aurelia guardó silencio porque al igual que Sebastián había aceptado que los acontecimientos desbordaban su capacidad de reacción, y desde que habían abandonado de nuevo el barco se encontraba perdida y desconcertada. El mar, aquel mar tan amigo pese a que le hubiera arrebatado a su esposo, se encontraba cada vez más lejos, y como si esa distancia debilitara sus fuerzas una profunda fatiga se iba adueñando de su voluntad, pero le constaba que resultaba injusto dejarle a su hija toda la responsabilidad sobre el futuro de la familia, e hizo un último esfuerzo por ayudarla.

— Si mi opinión te sirve de algo — dijo —, sigo creyendo que debemos regresar. Eduqué a mis hijos para que nunca les asustaran las dificultades y están preparados para eso, pero no sé si están preparados para hacerse ricos con algo tan ilusorio como encontrar diamantes en la selva.

Los «rionegrinos» se consideraban a sí mismos una clase aparte. El Río Negro conformaba la frontera natural entre Brasil, Colombia y Venezuela, y en sus orillas y sobre todo en su capital, San Carlos, se habían ido dando cita a través del tiempo infinidad de aventureros que saltaban de un país a otro según les conviniera, constituyendo un submundo heterogéneo que se alimentaba principalmente del contrabando, pero que hundía también sus raíces en la recolección del caucho, la prostitución, la comercialización de pieles de jaguar y caimán, la inevitable búsqueda de oro y diamantes.

Violentos, pendencieros e individualistas, se les tenía por absolutamente ingobernables desde el punto de vista de cualquier tipo de autoridad legítima, pero quizá debido a ello se habían impuesto a sí mismos un personalísimo código moral que les llevaba a aceptar la eventual jefatura de unos determinados líderes que se elegían cada tres años durante el transcurso de una pantagruélica bacanal que tenía lugar al final de la época de lluvias a unos veinte kilómetros al norte de Cucuí.

Por tradición, el jefe máximo jamás podía presentarse a la reelección, pero a causa de la desaparición física o la renuncia «voluntaria» de sus opositores, el último «pleno» había decidido excepcional mente confirmar en su puesto de líder indiscutible a Hans, Bachaco, Van-Jan, hijo de un rubio tallador holandés, y una negra prostituta trinitaria.

De ojos verdes, pelo rojizo, facciones europeas y piel azabache, nadie podría determinar si Hans Van-Jan resultaba más negro que blanco o más blanco que negro, pero lo cierto era que su aspecto físico imponía una instintiva repugnancia y al propio tiempo una morbosa atracción, pues en determinados momentos se le podría tomar por un etíope albino y en otros por un nórdico embreado.

El apelativo de Bachaco respondía al genérico con que se designa en Venezuela a los «negros-rubios», y venía dado por el hecho de que las enormes hormigas «bachaco» ofrecían el mismo aspecto con sus cuerpos oscuros y sus enormes estómagos amarillentos, sumamente desagradables a la vista pese a que constituyeran un alimento muy apreciado por la mayoría de las tribus indígenas que solían comerlas ahumadas y mezcladas con harina de mandioca.

Rechazado por las dos razas casi desde el momento mismo en que nació, el Bachaco circunscribía su «imperio» a la selva y las sabanas, pues jamás pretendió atravesar el Orinoco y ni tan siquiera había intentado poner los pies en Ciudad Bolívar, pero en La Guayana era un nombre temido y poderoso, ya que se encontraba dotado de una brillante inteligencia heredada del gran borracho que fue su padre, y una total carencia de escrúpulos que no había necesitado heredar de nadie, y de él se aseguraba que siempre que se le ofreciese la oportunidad de hacer un favor o causar un daño elegía lo último, puesto que su propia fama le impedía dar la más mínima muestra de debilidad.

Zoltan Karrás lo despreciaba por ello aún más de lo que despreciaba al conjunto de los «rionegrinos», pero no dejaba de admitir que era un hombre sumamente peligroso, y cuando le vio llegar por la orilla del río, y no le cupo duda de que venía en su busca, se apresuró a lanzar una rápida ojeada a su alrededor para cerciorarse de dónde se encontraba su machete, pues sabía que aquélla era el arma predilecta del mulato.

Pero el «rionegrino» parecía venir en son de paz, y sonrió de oreja a oreja mostrando abiertamente su perfecta dentadura, lo que confería una expresión aún más desconcertante y atrabiliaria a su desagradable rostro.

— ¡Buenos días, mi caballo! — fue lo primero que dijo acuclillándose frente al húngaro —. ¿Cómo va la viana?

— Más o menos — fue la seca respuesta.

— Dicen que encontraste «guiña».

— La gente dice demasiadas cosas.

Resultaba evidente que Zoltan Karrás no tenía ningún interés en hablar del tema, pero el «rionegrino» fingió no darse cuenta, e insistió:

— ¿Seguirás en la busca cuando se marchen los «zamuritos»?

— Seguiré.

— Pueden tardar meses, hermano… — Le guiñó un ojo —. O incluso años. ¡Quién sabe lo que piensa una piraña!

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