— Reconstruir, amueblar y acondicionar La Negrita os mantendrá entretenidos — concluyó —. Y os aseguro que es el lugar más hermoso que hayáis visto.
— ¿Cuánto costará? — preguntó de inmediato Celeste.
— Eso es asunto mío.
— Pero ¿tienes dinero?
— Si no lo tengo, lo conseguiré — fue la tranquila respuesta —. Corren rumores de que se está preparando una gran armada con el fin de interceptar a la Flota cuando salga de Cuba. Podríamos unirnos a ella.
— ¿Sabes qué significaría eso? — intervino el panameño.
— Lo sé — respondió Sebastián Heredia —. Significaría que nuestra bandera ondearía junto a la de los corsarios, que es algo que el viejo aborrecía. Pero ¿qué otra cosa podemos hacer, si los hombres se han cansado de abordar barcos de carga? Solos no podemos intentar enfrentarnos a la Flota, ni asaltar una plaza fuerte. ¿O sí?
— No. Naturalmente que no — reconoció su segundo —. Pero si quien esté al mando del asalto a la Flota es corsario, será una carnicería de la que resultará difícil sacar provecho. — Hizo un gesto hacia el galeón que fondeaba a corta distancia —. Sin embargo, si quien manda es De Graaf, la cosa podría estudiarse. Es astuto y le interesa más el oro que la sangre.
— ¿Le conoces?
Lucas Castaño hizo un gesto que parecía querer indicar que no deseaba comprometerse.
— Hablé una vez con él — admitió —. El viejo le apreciaba y a menudo se emborrachaban juntos.
— Me parece increíble que estéis haciendo planes sobre asaltar la Flota o asociaros con la escoria del mundo — señaló de improviso Miguel Heredia, que debía de estar muy molesto para encararse abiertamente a su hijo —. ¿Te das cuenta de adonde puede conducirte?
— A convertirme en un auténtico pirata, padre, ya lo hemos discutido — fue la agria respuesta —. Deberías asumir de una vez por todas que si estoy en el oficio, estoy en el oficio. ¡Mira alrededor! Salvo aquellas cuatro goletas que cargan azúcar, el resto son barcos piratas. ¿Qué hacemos entre ellos si no somos como ellos…?
— En ese caso, vámonos… — musitó Celeste.
— ¿Adonde? — preguntó su hermano —. Martinica es más o menos como esto, pero en francés. La Tortuga se ha convertido en una ruina, nido de bandoleros de poca monta, y en el resto ondea la bandera española, lo cual quiere decir que en cualquier momento nos podrían ahorcar. — Le acarició la mano con ternura —. ¿Adonde iríamos, pequeña? — insistió —. Dame una idea y te prometo estudiarla.
No hacía falta recalcar que al joven capitán del Jacaré le sobraba razón, puesto que si, como resultaba evidente, la pretensión de todos ellos continuaba siendo pasar el resto de sus vidas en el Nuevo Mundo, no había mucho dónde elegir, a no ser que se resignaran a despertar una mañana al pie del patíbulo.
Lo primero que hacía la Casa de Contratación de Sevilla en cuanto un nuevo vecino se establecía en cualquiera de las posesiones de ultramar, era informarse sobre sus antecedentes y lugar de procedencia, datos que contrastaba en sus archivos centrales, lo cual les permitía «controlar» hasta el último habitante de las colonias.
De hecho, harto difícil resultaba que se permitiera a un ciudadano mudarse a cualquier lugar mínimamente civilizado sin contar con una cédula emitida por la autoridad competente, así como con una autorización expresa firmada y sellada por un funcionario de la Casa.
De todos era sabido que el tiempo, el celo y el notable esfuerzo que los españoles de las Indias empleaban en «defenderse» de los posibles enemigos interiores, nada tenía en común con la manifiesta desidia demostrada a la hora de combatir a los extraños, dado que sus jueces parecían sentirse infinitamente más felices a la hora de encarcelar a un mísero campesino que hubiera robado dos gallinas, que a la hora de ahorcar a un feroz filibustero que hubiese hundido un galeón cargado de tesoros.
Semejante contrasentido tal vez se debiera a que dichos jueces opinaban, no sin razón, que al castigar a un ladrón de gallinas atemorizaban a otros ladrones de gallinas, mientras que por el hecho de ahorcar a un filibustero no se evitaba que nuevos filibusteros hundiesen nuevos barcos.
Una atractiva jovenzuela que había cometido el imperdonable crimen de fugarse con más de dos mil perlas pertenecientes a la Casa no tenía, por tanto, posibilidad alguna de pasar inadvertida en ninguno de los extensos territorios que controlaba la Casa, y en vista de ello, soñar con establecerse en un lugar que no fuera Barbados o Jamaica era soñar con imposibles.
— Ninguno de nosotros hubiera deseado convertirse en fugitivo de la justicia — comentó esa noche Sebastián en el transcurso de la cena, aprovechando uno de los cortos descansos de la orquesta del barco vecino —. Pero eso es lo que en verdad somos, y cuando antes lo aceptemos, mejor.
Celeste dejó con sumo cuidado sobre la mesa la copa de plata de la que estaba bebiendo y en la que aparecía grabada la enseña de la calavera y el caimán, observó con desconcertante insistencia a su hermano, y por último inquirió:
— Dime una cosa y respóndeme, por favor, sinceramente. ¿Estabas decidido a convertirte en pirata antes de que volviéramos a encontrarnos?
— ¡Naturalmente! De hecho, ya lo era.
— ¿Y mi presencia puede contribuir de algún modo a que algún día abandones el oficio?
— Probablemente. — El muchacho hizo un gesto hacia su padre —. Ahora tengo dos buenas razones para retirarme en cuanto haya ahorrado algún dinero.
— Bien! — dijo la muchacha —. En ese caso creo que tienes razón y no hay que darle más vueltas. — Le guiñó un ojo a su padre —. Nuestra misión será hacerle tan agradable la estancia en tierra que pierda las ganas de volver al mar. — Alzó su copa —. ¡Por el capitán pirata más joven de la historia!
Lucas Castaño le interrumpió con un gesto.
— ¡Tendrá que ser por el más listo! — dijo —. El capitán más joven de la historia fue Mombars.
— ¿El Exterminador? — preguntó sorprendido Sebastián.
— El mismo — admitió el panameño —. A los dieciocho años tenía su propio barco y había asesinado personalmente a más de cuarenta personas. Ya por aquel entonces era una bestia gigantesca, con espesas cejas muy negras, el pelo largo, revuelto y castaño, lo que le daba el aspecto de un demonio recién salido del averno. Recuerdo que no bebía ni jugaba ni se acostaba con mujeres, y su tripulación estaba compuesta casi exclusivamente por los indios más salvajes de la región. Su mayor placer era abrir en canal a un prisionero, amarrarle las tripas a un árbol y obligarle a correr para que se las fuera dejando atrás como una serpentina.
— ¡Dios bendito! — se horrorizó la muchacha dejando de nuevo la copa sobre el mantel con mano temblorosa —. ¡No es posible que existan personas así!
— ¡Existen! — insistió el panameño —. Mombars era exactamente así. Y L'Olonnois no le andaba muy lejos. Los dos estaban locos, aunque, desde luego, el Exterminador se llevaba la palma.
— Anoche una fulandanga me propuso que me enrolara en su barco.
Lucas Castaño le observó como si le costara trabajo admitirlo, y por último, señaló:
— Tenía entendido que se había retirado a un refugio secreto, e incluso se rumoreaba que los salvajes se lo habían comido, al igual que se comieron a L'Olonnois en la isla de Baru. ¿Estás seguro de que se refería a Mombars?
— Eso dijo. Por lo visto necesita un buen piloto y está dispuesto a pagar una fortuna.
— Como dato no está mal — admitió meditabundo el panameño —. El problema de Mombars ha sido siempre la navegación. Ni él ni sus jodidos salvajes tienen puñetera idea de cómo interpretar un derrotero. — Soltó un leve silbido que parecía ayudarle a pensar para añadir bajando mucho la voz, como si temiera que alguien pudiera oírle —: Le ocurre lo que a L'Olonnois, que a lo largo de su vida embarrancó nada menos que cuatro barcos perdiendo docenas de hombres y cientos de millones. — Sacudió la cabeza como si se convenciera a sí mismo —. Resulta lógico suponer que si Mombars decide abandonar su escondite y reanudar sus actividades, lo primero que necesite sea un piloto. Y si necesita un piloto, el mejor lugar para encontrarlo es Port-Royal. ¡Sería fantástico!
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