ARSENIO VITRI – Ingeniero
Era la única indicando dicha profesión, en tres cuadras a lo largo.
A semejanza de otras casas, el jardín florecido extendía sus canteros frente a la sala, y al llegar al camino de mosaico que conducía a la puerta vidriada de la mampara se cortaba; luego continuaba formando escuadra a lo largo del muro de la casa ladera. Encima de un balcón una cúpula de cristal protegía de la lluvia el alféizar.
Me detuve y presioné el botón del timbre.
La puerta de la mampara se abrió, y encuadrada por el marco, vi una mulata cejijunta y de mirada aviesa, que de mal modo me preguntó lo que quería.
Al interrogarle si estaba el ingeniero, me respondió que vería, y tornó diciéndome quién era, y qué es lo que deseaba. Sin impacientarme le respondí que me llamaba Fernán González, de profesión dibujante.
Volvió a entrar la mulata, y ya más apaciguada, me hizo pasar. Cruzamos ante varias puertas con las persianas cerradas, de pronto abrió la hoja de un estudio, y frente a un escritorio a la izquierda de una lámpara con pantalla verde, vi una cabeza canosa inclinada; el hombre me miró, le saludé, y me hizo señal de que entrara. Después dijo:
– Un momento, señor, y soy con usted.
Le observé. Era joven a pesar de su cabello blanco.
Había en su rostro una expresión de fatiga y melancolía. El ceño era profundo, las ojeras hondas, haciendo triángulo con los párpados, y el extremo de los labios ligeramente caídos acompañaba a la postura de esa cabeza, ahora apoyada en la palma de la mano e inclinada hacia un papel.
Adornaban el muro de la estancia, planos y diseños de edificios lujosos; fijé los ojos en una biblioteca, llena de libros, y había alcanzado a leer el título: Legislación de agua, cuando el señor Vitri me preguntó:
– ¿En qué puedo servirle, señor?
Bajando la voz le contesté:
– Perdóneme, señor, ante todo, ¿estamos solos?
– Supongo que sí.
– ¿Me permite una pregunta quizá indiscreta? Usted no está casado, ¿no?
– No.
Ahora mirábame seriamente, y su rostro enjuto iba adquiriendo paulatinamente, por decirlo así, una reciedumbre que se difundía en otra más grave aún.
Apoyado en el respaldar del sillón, había echado la cabeza hacia atrás; sus ojos grises me examinaban con dureza, un momento se fijaron en el lazo de mi corbata, después se detuvieron en mi pupila y parecía que inmóviles allá en su órbita, esperaban sorprender en mí algo inusitado.
Comprendí que debía dejar los circunloquios.
– Señor, he venido a decirle que esta noche intentarán robarle.
Esperaba sorprenderlo, pero me equivoqué.
– ¡Ah!, sí… ¿y cómo sabe usted eso?
– Porque he sido invitado por el ladrón. Además usted ha sacado una fuerte suma de dinero del banco y la tiene guardada en la caja de hierro.
– Es cierto…
– De esa caja, como de la habitación en que está, el ladrón tiene la llave.
– ¿La ha visto usted? -y sacando del bolsillo el llavero me mostró una de guardas excesivamente gruesas.
– ¿Es ésta?
– No, es la otra -y aparté una exactamente igual a la que el Rengo me había enseñado.
– ¿Quiénes son los ladrones?
– El instigador es un cuidador de carros llamado Rengo, y la cómplice su sirvienta. Ella le sustrajo las llaves a usted de noche, y el Rengo hizo otras iguales en pocas horas.
– ¿Y usted qué participación tiene en el asunto?
– Yo… yo he sido invitado a esta fiesta como un simple conocido. El Rengo llegó a casa y me propuso que le acompañara.
– ¿Cuándo le vio a usted?
– Aproximadamente hoy a las doce de la mañana.
– Antes, ¿no estaba usted en antecedentes de lo que ese sujeto preparaba?
– De lo que preparaba, no. Conozco al Rengo; nuestras relaciones se establecieron vendiendo yo papel a los feriantes.
– Entonces usted era su amigo… esas confianzas sólo se hacen a los amigos.
Me ruboricé.
– Tanto como amigo no… pero siempre me interesó su psicología.
– ¿Nada más?
– No, ¿por qué?
– Decía… ¿pero a qué hora debían venir ustedes esta noche?
– Nosotros espiaríamos hasta que usted saliera para el club, después la mulata nos abriría la puerta.
– El golpe está bien. ¿Cuál es el domicilio de ese sujeto llamado Rengo?
– Condarco 1375.
– Perfectamente, todo se arreglará. ¿Y su domicilio?
– Caracas, 824.
– Bien, venga esta noche a las 10. A esa hora todo estará bien guardado. Su nombre es Fernán González.
– No, me cambié de nombre por si acaso la mulata conociera ya, por intermedio del Rengo, mi posible participación en el asunto. Yo me llamo Silvio Astier.
El ingeniero apretó el botón del timbre, miró en redor; momentos después se presentó la criada.
El semblante de Arsenio Vitri conservábase impasible.
– Gabriela, el señor va a venir mañana a la mañana a buscar ese rollo de planos -y le señaló un manojo abandonado en una silla-, aunque yo no esté se lo entrega.
Luego levantóse, me estrechó fríamente la mano y salí acompañado de la criada.
El Rengo fue detenido a las nueve y media de la noche. Vivía en un altillo de madera, en una casa de gente modesta. Los agentes que le esperaban supieron por el Pibe que el Rengo había venido, "revolvió el bagayo y se fue". Como ignoraban cuáles eran los lugares que acostumbraba frecuentar, presentáronse inopinadamente a la dueña de la casa, se dieron a conocer como agentes de policía y entraron por una empinada escalera hasta el cuarto del Rengo. Allí en apariencia no había nada que valiera la pena. Sin embargo, cosa inexplicable y absurda, colgadas en un clavo a la vista de todo el que entrara, encontrábanse las dos llaves: la de la caja de hierro y la de la puerta del escritorio. En un cajón de querosene, con algunos trapos viejos, hallaron un revólver y en el fondo, oculto casi, recortes de periódicos. Referían un asalto cuyos autores no había individualizado la policía.
Como las noticias de los periódicos trataban del mismo delito, se supuso con razón que el Rengo no era ajeno a esa historia, y precaucionalmente fue detenido el Pibe, es decir, se le envió con un agente a la comisaría de la sección.
En la buhardilla había también una mesa de pino tea blanca, con un cajón lateral. Allí encontróse cierto torno de relojero, y un juego de limas finas. Algunas denotaban uso reciente.
Secuestradas todas las pruebas del delito, la encargada de la casa fue nuevamente llamada.
Era una vejezuela descarada y avara; envolvíase la cabeza con un pañuelo negro cuyas puntas se ataba bajo la barbilla. Sobre la frente le caían vellones de pelos blancos, y su mandíbula se movía con increíble ligereza cuando hablaba. Su declaración hizo poca luz en torno del Rengo. Ella le conocía desde hacía tres meses. Pagaba puntualmente y trabajaba a la mañana.
Interrogada acerca de las visitas que recibía el ladrón, dio datos oscuros; eso sí, recordaba "que el domingo pasado una negra vino a las tres de la tarde y salió a las seis junto con Antonio".
Descartada toda posibilidad de complicidad, se le ordenó absoluta discreción, que la vejezuela prometió por temor a posteriores compromisos, y los dos agentes tornaron al altillo para esperar al Rengo, ya que fue explícito deseo del ingeniero que el Rengo fuera detenido fuera de su casa, para atenuar la pena que merecía.
Quizá pensó también que yo no era ajeno a la decisión del Rengo.
Los pesquisas creían que éste no vendría; posiblemente cenara en algún restaurante de las afueras, y se embriagara para darse coraje, pero se equivocaron.
Esos días el Rengo había ganado dinero con unas redoblonas. Después que se separó de mí volvió al altillo para salir más tarde hacia un prostíbulo que conocía. Casi a la hora de cerrarse los comercios entró en una valijería y compró una valija.
Читать дальше