– Nueve y media a diez, pero podemos espiar.
– Abrir la caja es cuestión de diez minutos.
– Ni eso, ya está probada la llave.
– Te felicito por la precaución… Así que a las once podemos ir.
– Sí.
– ¿Y dónde nos vemos nosotros?
– En cualquier sitio.
– No, hay que ser precavidos. Yo voy a estar en Las Orquídeas a las diez y media. Vos entrás, pero no me saludás ni nada. Te sentás a otra mesa, y a las once salimos, yo te sigo, entrás a la casa y entro yo, después cada uno que tire por su lado.
– En esa forma evitamos sospechas. Está bien pensado… ¿Tenés revólver vos?
– No.
De pronto el arma lució en su mano, y antes que lo evitara, la introdujo en mi bolsillo.
– Yo tengo otra.
– No hace falta.
– Nunca uno sabe lo que puede pasar.
– ¿Y vos serías capaz de matar?
– Yo… la pregunta, ¡claro!
– ¡Eh!
Algunas personas que pasaron nos hicieron callar. Del cielo celeste descendía una alegría que se filtraba en tristeza dentro de mi alma culpable. Recordando una pregunta que no le hice, dije:
– ¿Y cómo sabrá ella que vamos esta noche?
– Le doy la seña por teléfono.
– ¿Y el ingeniero no está de día en la casa?
– No, si querés le hablo ahora.
– ¿De dónde?
– De esa botica.
El Rengo entró a comprar una aspirina y poco después salió. Ya se había comunicado con la mujer.
Sospeché el enjuague, y aclarando, repuse:
– Vos contabas conmigo para este asunto, ¿no?
– Sí, Rubio.
– ¿Por qué?
– Porque sí.
– Ahora todo está listo.
– Todo.
– ¿Tenés guantes vos?
– Sí.
– Yo me pongo unas medias, es lo mismo.
Después callamos.
Toda la tarde caminamos al azar, perdido el pensamiento, sobrecogidos por desiguales ideas.
Recuerdo que entramos a una cancha de bochas.
Allí bebimos, pero la vida giraba en torno nuestro como el paisaje en los ojos de un ebrio.
Imágenes adormecidas hacía mucho tiempo, semejantes a nubes se levantaron en mi conciencia, el resplandor solar que hería las pupilas, un gran sueño se apoderaba de mis sentidos y a instantes hablaba precipitadamente sin ton ni son.
El Rengo me escuchaba abstraído.
De pronto una idea sutil se bifurcó en mi espíritu, yo la sentí avanzar en la entraña cálida, era fría como un hilo de agua y me tocó el corazón.
"¿Y si lo delatara?"
Temeroso de que hubiera sorprendido mi pensamiento, miré sobresaltado al Rengo, que a la sombra del árbol, con los ojos adormecidos miraba la cancha, donde las bochas estaban esparcidas.
Aquél era un lugar sombrío, propicio para elaborar ideas feroces.
La calle Nazca ancha se perdía en el confín. Junto al muro alquitranado de un alto edificio, el bodeguero tenía adosado su cuarto de madera pintado de verde, y en el resto del terreno se extendían paralelas las franjas de tierra enarenada.
Varias mesas de hierro se hallaban en distintos puntos.
Nuevamente pensé:
"¿Y si lo delatara?"
Con la barbilla apoyada en el pecho y el sombrero echado encima de la frente, el Rengo se había dormido. Un rayo de sol le caía sobre una pierna, con el pantalón manchado de lamparones de grasa.
Entonces un gran desprecio me envaró el espíritu, y cogiéndole bruscamente de un brazo, le grité:
– Rengo.
– Eh… eh… ¿qué hay?
– Vamos, Rengo.
– ¿A dónde?
– A casa. Tengo que preparar la ropa. Esta noche damos el golpe y mañana rajamos.
– Cierto, vamos.
Una vez solo, varios temores se levantaron en mi entendimiento. Yo vi mi existencia prolongada entre todos los hombres. La infamia estiraba mi vida entre ellos y cada uno de ellos podía tocarme con un dedo. Y yo, ya no me pertenecía a mí mismo para nunca jamás.
Decíame:
"Porque si hago eso destruiré la vida del hombre más noble que he conocido.
"Si hago eso me condeno para siempre.
"Y estaré solo, y seré como Judas Iscariote.
"Toda la vida llevaré una pena.
"¡Todos los días llevaré una pena!…"
Y me vi prolongado dentro de los espacios de vida interior, como una angustia, vergonzosa hasta para mí.
Entonces sería inútil que tratara de confundirme con los desconocidos. El recuerdo, semejante a un diente podrido, estaría en mí, y su hedor me enturbiaría todas las fragancias de la tierra, pero a medida que ubicaba el hecho en la distancia, mi perversidad encontraba interesante la infamia.
"¿Por qué no?… Entonces yo guardaré un secreto, un secreto salado, un secreto repugnante, que me impulsará a investigar cuál es el origen de mis raíces oscuras. Y cuando no tenga nada que hacer, y esté triste pensando en el Rengo, me preguntaré: '¿Por qué fui tan canalla?', y no sabré responderme, y en esta rebusca sentiré cómo se abren en mí curiosos horizontes espirituales."
Además, el negocio éste puede ser provechoso.
En realidad -no pude menos de decirme- soy un locoide con ciertas mezclas de pillo; pero Rocambole no era menos: asesinaba… yo no asesino. Por unos cuantos francos le levantó falso testimonio a "papá" Nicolo y lo hizo guillotinar. A la vieja Fipart que le quería como una madre la estranguló y mató… mató al capitán Williams, a quien él debía sus millones y su marquesado. ¿A quién no traicionó él?
De pronto recordé con nitidez asombrosa este pasaje de la obra:
Rocambole olvidó por un momento sus dolores físicos. El preso cuyas espaldas estaban acardenaladas por la vara del Capataz, se sintió fascinado: parecióle ver desfilar a su vista como un torbellino embriagador, París, los Campos Elíseos, el Boulevard de los Italianos, todo aquel mundo deslumbrador de luz y de ruido en cuyo seno había vivido antes.
Pensé:
"¿Y yo?… ¿yo seré así…? ¿No alcanzaré a llevar una vista fastuosa como la de Rocambole?"
Y las palabras que antes le había dicho al Rengo sonaron otra vez en mis orejas, pero como si las pronunciara otra boca:
"Sí, la vida es linda, Rengo… Es linda. Imaginate los grandes campos, imaginate las ciudades del otro lado del mar. Las hembras que nos seguirían, y nosotros cruzaríamos como grandes 'bacanes' las ciudades que están al otro lado del mar".
Despacio, se desenroscó otra voz en mi oído:
"Canalla… sos un canalla."
Se me torció la boca. Recordé a un cretino que vivía al lado de mi casa y que constantemente decía con voz nasal: "Si yo no tengo la culpa."
"Canalla… sos un canalla…
"Si yo no tengo la culpa."
"¡Ah!, canalla… canalla…"
"No me importa… y seré hermoso como Judas Iscariote. Toda la vida llevaré una pena… una pena… La angustia abrirá a mis ojos grandes horizontes espirituales… ¡pero qué tanto embromar! ¿No tengo derecho yo…? ¿acaso yo?… Y seré hermoso como Judas Iscariote… y toda la vida llevaré una pena… pero… ¡ah!, es linda la vida, Rengo… es linda… y yo… yo a vos te hundo, te degüello… te mando al 'brodo' a vos… sí, a vos… que sos 'pierna'… que sos 'rana'… yo te hundo a vos… sí, a vos, Rengo… y entonces… entonces seré hermoso como Judas Iscariote… y tendré una pena… una pena… ¡Puerco!"
Grandes manchas de oro tapizaban el horizonte, del que surgían en penachos de estaño, nubes tormentosas, circundadas de atorbellinados velos color naranja.
Levanté la cabeza y próximo al zenit entre sábanas de nubes, vi relucir débilmente una estrella. Diría una salpicadura de agua trémula en una grieta de porcelana azul.
Me encontraba en el barrio sindicado por el Rengo.
Las aceras estaban sombreadas por copudos follajes de acacias y ligustros. La calle era tranquila, románticamente burguesa, con verjas pintadas ante los jardines, fuentecillas dormidas entre los arbustos y algunas estatuas de yeso averiadas. Un piano sonaba en la inquietud del crepúsculo, y me sentí suspendido de los sonidos, como una gota de rocío en la ascensión de un tallo. De un rosal invisible llegó tal ráfaga de perfume, que embriagado vacilé sobre mis rodillas, al tiempo que leía en una placa de bronce:
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