Jorge Molist - El Anillo

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En su veintisiete aniversario, Cristina, una prometedora abogada neoyorquina, algo engreída y snob, recibe dos anillos. El primero, con un gran brillante de compromiso, es de un rico agente de bolsa, mientras que el otro, un misterioso anillo antiguo, proviene de un remitente anónimo. Ella acepta ambos sin saber que son incompatibles y que el anillo de rojo rubí ha de arrastrarla a una aventura que le enseñará sobre la vida, el amor y la muerte, dándole una lección inolvidable que hará cambiar su destino y su visión del mundo para siempre. Empezando en Barcelona, Cristina recorrerá la costa mediterránea, retornando a su pasado y a otro mucho más lejano: el trágico destino del último de los templarios. Una atípica novela histórica sobre la importancia de nuestra relación con el pasado.

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– La Costa Brava queda más al norte -me dijo-. ¿Lo sabías, querida?

– Sí, querido -repuse con el mismo tono cínico-. Cambio de planes.

Hizo una pequeña inclinación de cabeza aceptando con educación la explicación de una dama.

– Señor Casajoana -le dijo a Luis-. Veo que es hombre de palabra y cumple usted con sus compromisos.

¡Luis! Pensé. Luis está compinchado con Artur. ¿Cómo puede ser?

– Los acuerdos están para honrarlos -repuso éste-. Ahora le toca a usted y debe negociar, tal como quedamos, con mis amigos hasta que logremos un buen acuerdo para todos.

– Ya lo intenté antes, sin éxito. ¿Cree usted que estarán ahora más receptivos? -Artur sonreía malévolo. Estaba disfrutando de su victoria.

– Sí. Estoy seguro de que le van a escuchar -afirmó Luis lanzándome una mirada de súplica.

– Pero ¿cómo has podido hacerlo? -le reproché-. ¿Por qué nos has traicionado?

– Yo opino que el señor Boix tiene también derecho a una parte del tesoro -afirmó levantando la barbilla en un gesto que quería ser digno.

– ¿Se lo has reconocido? -quise saber-. ¿En nombre de todos?

– Y también me vendió su parte -aclaró Artur- Hace unos meses su amigo, que había invertido en empresas de internet, perdió mucho dinero, dinero que no era sólo suyo; estaba apurado, negociamos y yo le compré su parte del tesoro. Hoy ha cumplido su promesa.

– ¿Pero cómo pudiste…?

– ¡Tenía que hacerlo! -Luis estaba alterado-. ¡Me amenazaba de muerte!

El tonillo que usó me recordaba al gordito llorón de nuestra infancia. ¡Dios!, me dije, ¡si se pone a lloriquear le parto la cara!

– Y ahora nos matará a todos -intervino Oriol-. ¿No te das cuenta, estúpido? ¿No entiendes que, aunque llegáramos a un acuerdo, él jamás podría revender las piezas tranquilo teniendo tres testigos que le pueden denunciar?

– Te crees muy listo -Artur se encaró a Oriol, al que continuaban sujetando aquellos dos individuos de aspecto facineroso por los brazos-. Creías que me engañabas, que el crimen del degenerado de tu padre iba a quedar impune, que te apoderarías de todo… Y encima te atreves a golpearme… -levantó el puño derecho y lo estrelló en la boca de Oriol, que no pudo defenderse. Sonó un golpe amortiguado y que algo se partía. Corrí a interponerme y Artur me empujó a un lado.

– ¡Apártate! -rugió-. Esto es entre nosotros dos…

Como abogada nunca aconsejaré a nadie que busque esa situación, y menos que la provoque, pero si una mujer duda entre dos hombres, no hay mejor forma de aclarar sus sentimientos que ver a sus pretendientes enfrentados… en serio. Tu corazón toma partido de inmediato. Ver a Oriol sujeto entre aquellos dos matones, sus labios cubiertos de sangre y a un Artur triunfante agrediéndole, aun reconociendo que Oriol había empezado primero, me hizo sentir una gran ternura por el chico de los ojos rasgados y odio por su oponente. Así que mi corazón, como era previsible, se decidió por Oriol y de paso amorticé el curso de defensa personal que jamás había usado por falta de agresor. Fue instintivo. Me salió una patada a la entrepierna de lo más precisa. Fue un impacto seco seguido de un resoplido y un grito que no le terminaba de salir a Artur de la garganta. Cayó sobre sus rodillas protegiendo, aunque tarde, sus partes con las manos y luego se hizo un ovillo en el suelo. He de reconocer que incluso eso era capaz de hacerlo con estilo y elegancia.

Oriol aprovechó el desconcierto y zafándose del tipo que le sujetaba el brazo derecho, le colocó un codazo en la cara. El individuo cayó hacia atrás mientras mi amigo le lanzaba un puñetazo al otro, que en su intento de esquivarle también le soltó. Oriol no lo pensó un instante y sin detenerse saltó por la borda. De inmediato supe lo que iba a hacer y sentí pánico. Oriol nadaba, sin ningún tipo de equipo o protección hacia la entrada de la cueva que las olas golpeaban sin descanso. Era un suicidio. No sabíamos qué había al otro lado. Podía estar la cueva cegada por un derrumbamiento o inundada, o que, agotado por la pelea y de nadar en aquella marejada, no tuviera fuerzas para superar el sifón, o que las olas le aplastaran contra la pared o mil cosas más. Salir vivo de ésa sería un milagro.

Desde nuestra conversación de la noche en el pueblo, en nuestro primer viaje, no había dejado de pensar en la promesa templaria que Oriol me propuso que intercambiáramos, y que su primo interrumpió, esperando quizá el momento oportuno para sellar aquello y algo más en un beso, el frustrado por Luis. La promesa de legión sagrada de Tebas, la de los caballeros del Temple que juraban no abandonar al compañero, sacrificando por él su vida. La que llevó a Enric a matar a cuatro hombres para vengar a su amante.

Sentía en mí la misma emoción, la misma fuerza que me hizo defender a mi amigo, pateando la entrepierna de Artur, sin preocuparme de las consecuencias. Y en aquel momento, viendo luchar contra las olas al muchachito flaco y tímido que tanto amé, al que di mi primer beso, me salió muy de dentro:

– Te lo prometo.

La noche anterior, agotada, me había derrumbado en la cama sin cumplir una regla básica para con los equipos de buceo. Desmontarlos y limpiarlos. Allí estaba mi traje de neopreno y los escarpines encima de los plomos y el chaleco con la botella sujeta y el regulador montado. Sólo había cerrado el paso del aire. Aprovechando la confusión y que todos estaban pendientes de Oriol me precipité hacia el equipo y abriendo la espita comprobé que quedaban poco más de cien atmósferas. Suficiente para salvarnos los dos. Calcé los escarpines, me puse gafas y tubo al cuello y apoyando chaleco y botella en uno de los camastros logré colocármelos. No había tiempo para traje ni plomos. En aquel momento oí el primer disparo, luego otro. Mi corazón se aceleró. ¡Lo iban a matar! ¡Miserables! Tiraban a un hombre indefenso que peleaba contra el oleaje.

– ¡Parad, estúpidos! -oí gritar a Artur y me alegré de no haberle dado más fuerte-. ¡No hagáis ruido! ¡Maldita sea! ¿No veis que no puede escapar? Tenemos la isla llena de gente.

No me gustó nada la confianza que mostraba en que estábamos atrapados y menos que lo único que le preocupara de los disparos fuera el ruido. Pero eso no cambiaba nada. No cambiaba mi promesa. Y a punto de saltar, miré la línea de costa y en efecto, allí había varios hombres, más de los que antes había visto, vigilando.

Entonces noté que me sujetaban fuerte por atrás, preguntándome con sorna, en voz alta, para que lo oyeran todos:

– Y tú bonita, ¿adónde vas? -era uno de los matones.

Me debatí para soltarme pero me sujetaba por la espalda de tal forma que me di cuenta de que no me zafaría de él. Desesperada traté de golpearle coceando. Fue inútil, me apretó con mayor fuerza.

De pequeña, siempre me rondaba ese pensamiento: yo le gustaba a Luis. Más que gustarle, él estaba enamorado de mí. Y eso hacía que se pusiera difícil conmigo, fastidiándome para probarse a sí mismo que no era eso, que no era amor, sino odio. Quizá en aquel momento sintiera él por mí lo que yo había sentido segundos antes por su primo y que me hizo patear a Artur; el caso es que le vi aparecer por mi derecha enarbolando una de esas boyas para proteger a los barcos de golpes laterales. Y eso fue lo que descargó sobre el individuo que me sujetaba: un tremendo boyazo que sonó a hueco macizo.

– ¡Salta, marimandona! -me ordenó al tiempo que me ayudaba con el equipo. Me puse las gafas y en el siguiente instante me encontré dándole máxima flotabilidad al chaleco al tiempo que caía al agua.

Nadando sentí una extraña felicidad. Por él, por Luis, por lo que había hecho. Por su dignidad recobrada. No sabía si su acción nos serviría para algo, quizá ya estábamos todos condenados a muerte, pero Gordito había tenido su momento de gloria. Y ese gesto generoso y heroico le redimía. Oriol y yo lo íbamos a pasar mal. Pero ahora seguramente Luis lo pasaría peor. Él era el único de nosotros que aquellos piratas tenían a su alcance para desahogar su frustración.

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