Jorge Molist - El Anillo

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En su veintisiete aniversario, Cristina, una prometedora abogada neoyorquina, algo engreída y snob, recibe dos anillos. El primero, con un gran brillante de compromiso, es de un rico agente de bolsa, mientras que el otro, un misterioso anillo antiguo, proviene de un remitente anónimo. Ella acepta ambos sin saber que son incompatibles y que el anillo de rojo rubí ha de arrastrarla a una aventura que le enseñará sobre la vida, el amor y la muerte, dándole una lección inolvidable que hará cambiar su destino y su visión del mundo para siempre. Empezando en Barcelona, Cristina recorrerá la costa mediterránea, retornando a su pasado y a otro mucho más lejano: el trágico destino del último de los templarios. Una atípica novela histórica sobre la importancia de nuestra relación con el pasado.

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En los dos días siguientes revisamos a conciencia todas las cuevas, excavando incluso con herramientas los fondos de arena o de piedra menuda por encima de la superficie del mar. Los ánimos sufrieron un progresivo deterioro conforme se perdían las esperanzas de hallar algo, las risas cesaron y poco a poco, junto al desánimo vino la fatiga, el desengaño. Nos resistíamos, pero al fin llegamos a la dolorosa conclusión de que aquello era el fin de nuestra aventura.

CUARENTA Y TRES

De regreso, Oriol quiso parar en Peñíscola, para visitar la base marítima templaria desde donde Arnau d'Estopinyá castigaba al infiel.

– Quizá encontremos alguna pista -argumentó para convencernos.

Lo cierto es que no estábamos para visitas turísticas; teníamos la moral por los suelos. El cuento de tesoros y piratas se había desvanecido con una última vuelta a la isla sin que nada nuevo nos llamara la atención en ninguna de las cuevas, localizadas con anterioridad y que volvimos a explorar al milímetro. Ningún indicio que nos permitiera suponer que Arnau había ocultado su legendario tesoro allí. Tampoco pudimos ubicar ninguna gruta adicional. Fuimos meticulosos, nos detuvimos en cada grieta, removimos piedras, excavamos en la arena. Y nada. Era como cuando de pequeños jugábamos con una de esas grandes y bellas pompas de jabón que van formando un arco iris en su superficie y que de pronto al estallar nos dejaba la cara mojada y expresión de chasco.

– Aquí no encontraremos nada -repuso Luis desanimado-. Regresemos a Barcelona cuanto antes.

Yo estaba de acuerdo, pero otra vez apoyé a Oriol. ¿Tendría él siempre razón o es que yo quería complacerle? La respuesta era obvia.

Recorrimos la parte antigua de la población y su fortaleza. Oriol mostraba una sorprendente energía y buen humor, mientras Luis y yo prácticamente arrastrábamos los pies de puro desánimo. Vimos el castillo del Papa Luna, el cismático, un par de cientos de años posterior a nuestro Arnau y al viejo comendador Pere de Sant Just que rindió su fortaleza, puerto y pueblo a las tropas de Jaume II sin ofrecer resistencia el 12 de diciembre de 1307. Mucho se ha construido desde el tiempo de los templarios, pero aún se pueden identificar elementos arquitectónicos del siglo XIII, las mismas piedras que Arnau d'Estopinyá, si es que existió alguna vez tal personaje, vio.

Después Oriol propuso contemplar el conjunto monumental desde la playa, y Luis malhumorado, y yo cansada, le seguimos. Fue allí en la orilla del mar, viendo la fortaleza en la lejanía, cuando Oriol lo dijo:

– Creo que hemos encontrado la cueva.

– ¿¡Queeé!? -respondimos a la vez.

– Que la tenemos -sonreía satisfecho viéndonos las caras.

– ¡Pero si no hallamos nada! -exclamé.

– Sí. Sí que encontramos -amplió su sonrisa. Estaba disfrutando.

– ¿Encontramos qué? -por el tono agresivo de Luis denotaba su pensamiento: su primo nos estaba gastando una broma.

– Una pista. Una pista importante.

– ¿Qué es?

– Piedras.

– Vamos, Oriol -Luis se enfadaba-. Hemos visto millones de piedras. Tengo las manos destrozadas de removerlas.

– Sí, pero pocas de granito o mármol.

– ¿Granito o mármol? -repuse intentando obtener más información.

– Piedras redondeadas. Como cantos rodados de tres a cuatro kilos.

– Vimos montañas de piedras redondeadas -repuse.

– Pero tienen que ser de granito o mármol -repitió Oriol.

– No nos fijamos. ¿Vale? -saltó Luis.

– ¿Adónde quieres ir a parar?

– Piedras redondeadas de granito o mármol en una isla donde no existe ese tipo de roca. ¿Os dice algo eso?

– Que no encaja -repuse yo-. Que están fuera de lugar.

– Las habrán traído las corrientes -aventuró Luis.

– ¿Tú crees que las corrientes bajan piedras al fondo del mar y las vuelven a subir?

– Quizá.

– No. Esas piedras las trajo el hombre y están taponando la entrada de una cueva sumergida.

Luis y yo nos miramos asombrados.

– Sí, y tienen forma redondeada porque eran proyectiles -continuó Oriol-. Proyectiles de catapulta que también servían para lastrar galeras.

Y se quedó en silencio observándonos.

– ¡Cuéntalo todo de una vez! -se impacientó Luis.

– Bien. Escuchad mi teoría. En la parte sur de la isla, del lado este, frente a un acantilado, y sumergidos a medio metro en marea baja, hay un montón de cantos rodados muy parecidos entre ellos. Tienen un tamaño semejante y pertenecen a minerales que no se encuentran en Tabarca. En aquella zona sólo hay rocas metamórficas de un color verduzco oscuro y alguna ocre; de la isla se extrajo ese mineral en el pasado. Me llamó la atención en nuestra primera vuelta y lo verifiqué en las sucesivas. Las piedras a las que yo me refiero las ha traído el hombre. ¿Quién traería esas rocas tan uniformes y de distintas constituciones? Lo lógico es pensar que no se cargaran ex profeso, sino que alguien que las utilizaba habitualmente decidiera desembarazarse de ellas por una necesidad puntual. Llegué a la conclusión de que debió de ser una galera; las usaban de lastre y como proyectiles.

– Explícame lo de los proyectiles -quiso saber Luis.

– Las galeras tenían un equipamiento reglamentado, dependiendo de su tamaño. Los inventarios escritos que nos han llegado son muy estrictos, tantos remos, timones de repuesto, cascos, corazas, lanzas, ballestas, arcos, saetas, máquinas de guerra y… proyectiles para éstas. A finales del siglo XIII las galeras venecianas ya equipaban artillería, pero lo más probable es que Na Santa Coloma de Arnau d'Estopinyá aún usara las viejas catapultas. Y éstas lanzaban rocas redondeadas para romper las naves enemigas y jarras con nafta encendida para incendiarlas. Pero no importa, aun si Arnau usaba artillería, en esa época, los cañones disparaban piedras. Elemental.

»Si quieres ocultar una cueva que se abre cerca de la superficie del mar en un pequeño sifón, como éste debe de ser el caso, mueves unas rocas grandes para evitar que las piedras más pequeñas rueden hacia el fondo del mar y cubres el resto con los proyectiles que te sirven de lastre en la bodega. Así ocultas la cueva, pero siempre puedes abrirla moviendo esos cantos de tamaño manejable fuera de la entrada. ¿Qué os parece?

– ¡Increíble! -exclamé impresionada-. Así que ¿podría aún existir el tesoro?

– Pues sí.

– ¿Y cómo has esperado tanto tiempo para contarnos esto? -Luis, aunque su voz indicaba excitación, parecía guardar resentimiento.

– Porque temo a Boix y a sus hombres. He estado atento todo el viaje y no he visto nada ni a nadie raro, pero estoy seguro de que nos vigilaban. Artur Boix no se va a dar por vencido, y pensé que lo mejor sería que creyeran que nos retirábamos desanimados. Me extraña no haber notado nada, pero estoy convencido de que sabe todo lo que hacemos. Incluso temo que tenga micrófonos en el coche, por eso he querido hablar aquí en la playa y os pediré que no tratemos más el asunto, ni en el automóvil ni en casa.

– Pero tarde o temprano tendremos que volver a Tabarca -afirmé.

– Temprano -repuso Oriol-. Llevo un par de días meditando el siguiente paso. Y éste es el plan: mañana continuaremos vida normal, aparentando retomar nuestras actividades cotidianas. Pasado mañana, tú, Cristina, alquilas un coche y vas de turismo a la Costa Brava. Y tú, Luis, sales hacia Madrid en viaje de negocios. Nos aseguraremos de despistar a cualquiera que pudiera seguirnos. Vuestro equipaje debe ser lo más reducido posible, una bolsa de mano o algo así. Yo iré, dando varios rodeos, a Salou, donde un amigo me prestará un barco de cuarenta pies, equipado con una lancha zodiac, y con él me dirigiré a Valencia. Allí recogeré a Cristina en el puerto deportivo. Te sugiero que dejes el coche alquilado aparcado con las llaves escondidas en su interior, cerca de la estación de uno de los pueblos que visites, te apeas en Barcelona, enlazas con el ferrocarril del aeropuerto y allí mismo compras un billete para Valencia, usando la tarjeta de embarque en el último minuto, así nadie sabrá tu destino hasta que sea demasiado tarde para seguirte. A Luis le recogeré en el puerto de Altea. Propongo que utilices la misma táctica que Cristina dos veces, una para el vuelo de Barcelona a Madrid y otra de Madrid a Alicante. Si alguien os sigue, y sólo en caso de emergencia, llamadme al móvil para modificar planes. Si no llamáis es que todo va bien. En el barco habrá equipo de buceo para facilitarnos el trabajo bajo el agua.

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