El palacio encargado por Sapor fue terminado en veinte meses. Verdad es que miles de prisioneros trabajaron en su construcción, no solamente peones, sino también hábiles artesanos, maestros albañiles, maestros soladores, ebanistas, grabadores y tapiceros, capturados la mayoría en Nisibe, Hatra y Singare, así como en otras ciudades comerciales, en el transcurso de las diversas campañas que efectuaron las tropas sasánidas en los confines del Imperio Romano. Gracias a esos constructores que fueron llevados a la fuerza, pero que, a pesar de todo, trabajaron concienzudamente, el palacio podía compararse sin desdoro con el de Ctesifonte. Quizá la bóveda del salón del Trono fuera algo más baja, pero estaba adornada más delicadamente, y las hendiduras por las que pasaba la luz eran un prodigio de fineza y de habilidad, al destilar, cada hora del día, los rayos más brillantes que avivaban todos los colores sin deslumbrar, iluminaban sin calentar y dejaban que entrara permanentemente una brisa fresca y susurrante. Antes de acudir al palacio, Mani comenzó por visitar, en la ciudad vieja, el lugar de culto donde se reunían ahora sus fieles. Los artistas locales habían pintado las paredes a la manera del Mensajero, cuyo arte creaba ya escuela, y en el ábside, a modo de altares, había tres libros sobre sus atriles, abiertos como unas manos con las palmas hacia el cielo. En cuanto hubo terminado las plegarias y el sermón, la gente se apresuró a presentarle su rosario de infortunios, a fin de que los transmitiera al soberano. Mani se compadeció con un suspiro de impotencia. «El amor de los reyes es apenas menos devastador que su odio -murmuró-. ¡Dichosa el agua que nadie bebe! ¡Bienaventurado el árbol que florece lejos de los caminos! Pero ¿cómo podría conocer él su felicidad?»
El monarca recibió a Mani en una estancia a la que se accedía por una puerta baja, réplica fiel de aquélla donde se vieron por primera vez a solas. Tenía una manta de lana sobre las rodillas. Sus cabellos largos y rizados y su barba eran de ese tono rojo anaranjado de la vejez camuflada. Sus primeras palabras exhalaron una solemnidad más conforme al lenguaje de los escribas que al del rey de reyes; quizá fuera ésa su manera de ocultar la emoción del reencuentro.
– Nuestra costumbre, desde los tiempos antiguos, exige que cada soberano mande hacer su retrato al más hábil de los pintores de su reino. Me dicen que ése eres tú, médico de Babel. ¿Tienes aún la mano firme?
– Mi mano sigue obedeciéndome.
– He ordenado que me traigan aquí el libro que reúne las imágenes de mis predecesores, a fin de que veas de qué manera tienes que hacerlo.
– Tengo mi propia manera de pintar.
– Creía haberte oído que tu mano obedecía.
– Mi cabeza dibuja y mi mano obedece. Cualquier pintor sabría imitar la manera de los antiguos, pero entonces no se distinguiría un soberano de otro más que por el tamaño de la barba o de la corona. Si el señor desea que le pinte tal como es para que se reconozcan para siempre los rasgos que son los suyos y el valor que se disimula bajo esos rasgos, le pintaré a mi manera.
– ¡Haz lo que quieras! ¿Tengo que posar o bien sigues teniendo mis rasgos en la memoria?
– Mi memoria ha guardado muchas imágenes, pero no son las que mis ojos ven.
– Quizá valdría más que me representaras según las imágenes del recuerdo, pero ésa no es la tradición de mis divinos antepasados. Posaré.
Y así, durante siete días y dos horas al día, Sapor posó con traje de gala. Inmóvil. Mudo. Mani tampoco dijo una palabra. Cuando terminó su obra se la mostró al soberano, que sonrió despechado.
– Por desgracia, es así como soy ahora.
En esta etapa del recorrido de Mani debe abrirse un paréntesis. Enigmático en si mismo, pero quizá la clave de un antiguo enigma.
Érase una vez una reina… ¿No es así como se cuentan las leyendas? Bella, rica, culta, sumamente ambiciosa y dotada de una brillante inteligencia, pero minada por un mal que ningún remedio conseguía curar. Un día se quejó a su hermana, quien le contó los relatos de los caravaneros sobre los prodigios de un médico del país de Babel. La reina expresó su deseo ardiente de conocerle y aquella misma noche, durante el sueño, vio su imagen y oyó su voz. Cuando se despertó, estaba curada… y convertida.
Ésta es la historia consignada en los escritos maniqueos. Mil milagros similares salpican el recorrido de los profetas y, a veces, se propagan los mismos relatos sobre diferentes personajes, como si los mitos pertenecieran a un fondo común de donde se sacaran de un siglo a otro, de un pueblo a otro y de una creencia a otra. Pero a veces se encuentra en ellos una pequeña parte de verdad, el reflejo embellecido de un acontecimiento real.
Hoy se sabe que la reina se llamaba Zenobia, que su reino era Palmira, que abrazó la fe de Mani y acometió la empresa de difundirla hacia Egipto e incluso más allá. ¿Se sabrá alguna vez qué encuentro la impulsó a ello? Sea como fuere, otros misterios se han disipado. Así, durante mucho tiempo el mundo se preguntó cuáles podrían ser las creencias de la gran dama del desierto, ya que acogía en su corte a los filósofos, a los judíos, a los nazarenos, y dejaba que se honraran en los templos de su capital a las divinidades de todas las naciones. Este soplo de tolerancia era el de Mani.
Palmira era en su siglo mucho más que una rica ciudad caravanera. Tenía la ambición de convertirse en la metrópoli universal y, por el espacio de una década, estuvo a punto de eclipsar a Roma y a Ctesifonte. Por lo tanto, en la persona de Zenobia, Mani había ganado para su causa a la rival común de los emperadores de Oriente y de Occidente. Reina libre de una ciudad libre, sucumbiría, al final de su vida, a la ley de los dos colosos.
Pero su nombre ha permanecido, más luminoso que el de los vencedores.
Algunas semanas separaron la caída de Zenobia de la desaparición de Sapor. Si Moni hubiera tenido que elegir alguna vez entre dos lealtades, el dilema habría estado resuelto.
Corría el año 272. El hijo de Babel tenía entonces cincuenta y seis años. ¿Se sentía cansado, débil, herido? Su entusiasmo estaba intacto.
Cuando los heraldos fueron gritando por las calles de Ctesifonte que ningún habitante debía recurrir a la medicina en los días venideros, a fin de que el Cielo no estuviera solicitado para otras curaciones que no fuera la del rey de reyes y la Gracia no se dispersara, todo el mundo comprendió que Sapor se moría.
Al día siguiente se proclamó el luto. Solemne y reverente, pero sin lágrimas ni lamentaciones y sin tristeza aparente. Llorar una muerte, según el Avesta, es dudar de la Salvación, es la más vulgar expresión de la incredulidad. La gente piadosa se obligaba, incluso, a hacer alarde de su alegría, puesto que el soberano, como ser divino, tendría en el Más Allá más privilegios que en este mundo. El monarca yacía aún muy cerca del trono, en medio de un denso humo de enebro que, según dicen, es agradable al olfato de los muertos. Antes de que llegara la noche, sería conducido a la cúspide de una torre de ladrillo y abandonado a las aves de presa, ya que la tierra no debía mancillarse jamás con un cuerpo descompuesto. Cuando los huesos del difunto señor del Imperio estuvieran despojados y blanqueados, los magos los depositarían en la urna que hacía las veces de ataúd.
Antes incluso de que el soberano hubiera abandonado por última vez su palacio, tres hombres se reunieron en una habitación contigua al salón del Trono. Representaban a las tres castas que se ocupaban de los asuntos de Estado: los magos, los guerreros y los escribas. El soberano les había entregado en mano a cada uno de ellos una carta sellada en la que expresaba su voluntad con respecto a la transmisión del trono. Tres documentos que serían, por supuesto, idénticos y duplicados, con el único fin de evitar las falsificaciones.
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