Amin Maalouf - Los Jardines De Luz

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Conmovedora historia en la que que Amin Maalouf nos sitúa en Mesopotamia en los albores de la Era Cristiana. Allí nos cuenta la historia de Mani, el hombre que fundó la doctrina que consiguió unir tres religiones y que ha llegado a nuestros días con el nombre de maniqueismo. A pesar de ser perseguido, humillado y, finalmente torturado y asesinado, Mani intentó dar a sus coetáneos una nueva forma de ver el mundo y de entender a Dios, aunque en su intento sólo consiguió ganarse el miedo y odio de emperadores, sacerdotes y magos, que no contentos con destruirle intentaron borrar todas las huellas de su presencia en la historia. Una bellísima historia y un libro fantástico. Absorbe, principalmente por la belleza de sus frases y de la historia que nos relata, porque nos llega directamente al corazón.

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Mani se mostró contrito y lo estaba, ya que desde su primer encuentro, treinta años antes, a las orillas del Indo, Ormuz jamás había tenido para él otra cosa que el más sincero afecto, aunque tuviera que pelearse por su causa con la tierra entera.

– Mi actitud no tiene otra explicación que la extrema sorpresa. El Cielo nos ha hecho un regalo, a mí, a Denagh, a todos los míos y al Imperio entero. Temíamos el reinado de la persecución y obtenemos el de la generosidad. ¿No hay motivo para aturdimos de felicidad?

– ¿Tu compañero celeste no te había advertido?

– No me había dado ninguna esperanza.

– Sin duda no querría privarte de la alegría de la sorpresa.

Aunque hubiera cumplido ya cincuenta años, Ormuz tenía en los ojos un candor de niño que suscitaba una inmensa ternura en el hijo de Babel.

– ¡Ahora que ya pasó la sorpresa, podrás manifestarme tu alegría!

– ¿Acaso puede dudar de ella el señor del Imperio?

Ormuz paseó su mirada ostensiblemente por la habitación vacía.

– ¿Es a mí a quien hablas así, Mani? ¡El señor del Imperio! En las sesiones públicas es conveniente que te dirijas a mí con esas palabras, pero cuando estemos solos te ordeno, como señor del Imperio, que me hables como siempre lo has hecho. ¡Por todos los Cielos! ¿Intentas realmente alejarte de mí en el momento en que más necesito tu presencia, tu amistad y tus consejos? Mi padre tenía razón en llamarte desertor, eso es lo que eres. Pero yo no tendré tanta paciencia como él, ni el mismo dominio de mí mismo. Quiero que me digas en este instante, por tu honor, y en nombre de Aquel que te ha hecho Mensajero, si vas a ser o no el amigo, el sostén, la inspiración y la Luz de mi reinado, hasta el último balbuceo de tu vida. ¡Respóndeme o desaparece para siempre y que yo no vuelva a oír jamás tu nombre ni el de tus allegados!

– Ormuz, tú eres el amigo que me ha defendido contra la injusticia del mundo. Aunque tu mano me golpeara de muerte, no la maldeciría.

– ¿Golpearte? ¿Mi mano?

El rey de reyes tenía los ojos llenos de lágrimas.

Tomó la mano de Mani y se la llevó a los labios, como lo había hecho ya algunas veces en el pasado. ¡Pero entonces no era el rey de reyes!

– ¿Tu compañero celeste te dijo que desconfiaras de mí?

– No, Ormuz, con que sólo hubiera mencionado tu nombre, mis inquietudes se habrían calmado.

– ¿Y ahora sigues estando inquieto?

– Jamás he dudado de ti.

– La hora de la duda ha pasado, Mani, y también la de la indecisión. Tenemos que construir juntos. Desde esta noche, haré anunciar por la voz de los heraldos que el rey de reyes abraza la fe de Mani.

– ¡No, Ormuz! Así fue como erramos el camino tu padre y yo. Esperé demasiado de él y él esperó demasiado de mí. Ése no es el camino razonable. Un día, tú querrás hacerme tomar decisiones de rey y yo querré hacerte adoptar escrúpulos de Mensajero. Y vendrá la amargura, y nos convertiremos en extraños el uno para el otro, quizá en enemigos. Sin haberlo deseado jamás, te encontrarás matando a aquel que amas. Luego, me llorarás con lágrimas sinceras. No, Ormuz, no me empujes a cometer dos veces el mismo error, el Cielo no me perdonaría un nuevo fracaso.

– Un día me dijiste que el reinado de la Luz no había podido coincidir con el de Sapor; esperaba que coincidiera con el mío.

– No se trata de ti, Ormuz, ni de Sapor ni de mí. La culpa es del siglo. Por todas partes se alzan a nuestro alrededor los sectarios de los dioses celosos, y mi voz es la de la divinidad generosa. Durante mucho tiempo aún, mi fe será la de un puñado de Elegidos desprendidos de las cosas del mundo. El Imperio no puede abrazarla. Pero podemos construir muchas cosas juntos si cada uno de nosotros desempeña su cometido: si tú gobiernas con justicia, si actúas por el bien de tus súbditos, como lo has jurado, y preservas la libertad de creencia para todos; y si yo, por mi parte, con los discípulos que se han unido a mi Esperanza, me esfuerzo en enseñar la Luz a las naciones.

– ¿Eso nos impedirá seguir siendo amigos?

– Fui el amigo del gran rey de Armenia, ¿por qué no puedo ser el amigo del señor del Imperio? Cada vez que lo desees, nos veremos a solas como esta mañana, hablaremos del mundo y de los Jardines de Luz, de pintura, de medicina y de armonía, pero en el mismo instante en que abandone el palacio volveré a ser el Mensajero y nada más, y tú volverás a ser el rey de reyes, cada uno por su camino, con sus propias armas y sus propias cargas.

En los meses que siguieron, la fe de Mani tuvo una espectacular expansión por todo el Imperio y más allá. Un gran número de caballeros, magos hostiles a los dogmas de Kirdir y gentes de todas las castas se unieron a los Elegidos, como adeptos o como simples oyentes. El Mensajero no se explicaba este súbito progreso. La simpatía evidente de Ormuz era una de las razones, unida al afecto de la gente por su nuevo soberano que se había revelado clemente y firme al mismo tiempo, y cuya presencia en el trono parecía derramar, por algún sortilegio bendito, abundancia y felicidad. No había epidemias, ni hambre, ni inundaciones destructoras, ni ninguna de esas calamidades que causan tantos estragos. Anunciaban el reinado los mejores augurios.

Los preparativos de la coronación habían sido generosos, incluso dispendiosos, pero el pueblo no se quejaba; se había tenido cuidado de distribuir entre los pobres lo suficiente para festejarla dignamente. Al acercarse el Noruz, Ormuz se impacientaba. Todas las mañanas, antes de las audiencias, llamaba a Mani para confiarle sus entusiasmos de la víspera y sus esperas. ¡Hubiera deseado tanto que hiciera el viaje hasta Pérsida junto a él! Pero el hijo de Babel le persuadió de que le dispensara de ello; su sitio no estaba en semejante ceremonia.

El lugar era una garganta entre dos acantilados. Allí era donde Artajerjes y luego Sapor habían hecho grabar en la roca las imágenes de su coronación. A algunos pasos de los fundadores, una superficie virgen y lisa estaba preparada para conservar la marca del nuevo soberano, el tercero del linaje sasánida. De una punta a otra del corredor sagrado, el suelo pedregoso estaba cubierto de alfombras, y la pared rocosa, hasta la altura de tres hombres, revestida con colgaduras de seda estampada con los emblemas de la dinastía: sol, fuego, luna, machos cabríos, onagros, perros, leones y jabalíes. En medio, en un lugar donde el desfiladero se ensanchaba haciéndose más luminoso, se había levantado un estrado, cuyos lados formaban una suave pendiente hasta llegar al suelo. Y sobre el estrado, un trono vacío.

Desde ambos lados del desfiladero, avanzaba un cortejo. Uno conducido por Ormuz, a caballo. Su larga cabellera rizada se desbordaba bajo una corona en forma de casco, rematada por una esfera a la que estaban atadas cintas de colores que revoloteaban hacia atrás, el aro que ceñía su barba era ahora de oro y perlas. Le seguían, pero a distancia, los oficiales de su guardia, los príncipes de sangre real, los familiares y los músicos, y después, todos los cortesanos; del otro lado llegaban los magos con Kirdir a la cabeza. Sería él quien, en el espacio de una unción, sustituiría al Altísimo, a Ahura Mazda, para conferir al monarca la dignidad suprema.

Los dos cortejos iban al paso, su lentitud prolongaría la ceremonia. Perfumes, afeites, inciensos, cantinelas. Cantos épicos en el camino del soberano, danzas sagradas al paso del gran mago. Al final de la procesión, algunos excesos esperados: riñas sin importancia, borracheras… Pompa envuelta en carnaval.

Y todo siguió así hasta el encuentro de los dos caballos que iban a la cabeza sobre el estrado. Hasta un súbito silencio. En la mano derecha, Kirdir sostiene el aro de cintas, símbolo de la realeza divina, y en la izquierda, el cetro. Ormuz toma entonces el aro con la mano izquierda y alarga hacia adelante la derecha con el dedo índice curvado en señal de sumisión a Ahura Mazda; luego, coge el cetro, y ahora le toca a Kirdir, que vuelve a ser un simple mortal, ejecutar el gesto de sumisión en dirección a aquel que, desde ese momento, está investido de la divinidad.

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