Un día, sin embargo, a la hora habitual de la siesta, un guardia fue a convocarle con urgencia a la tienda imperial, donde se encontraban ya reunidos en torno a Sapor y a sus dos hijos, Bahram y Ormuz, el comandante de la caballería, el encargado del arsenal, los principales dignatarios de la cancillería y Kirdir, el jefe de los magos, y en medio de este Consejo, un romano, oficial de alto rango, centurión, o quizá incluso tribuno de cohorte, vestido con su uniforme.
Todas las miradas estaban clavadas en este último y las lenguas permanecían atadas a la espera de que fueran reveladas su identidad y la razón de su presencia. La primera idea que vino a la mente de todos fue que Valeriano había enviado un emisario con una conminación o alguna proposición de tregua. Pero el hombre no tenía el porte ampuloso de los embajadores y estaba junto a los dignatarios sasánidas como si fuera uno de ellos.
Por otra parte, el rey de reyes comenzó a hablar sin tomarse la molestia de presentar al intruso, y dada la naturaleza de los temas que trataba, la asistencia se quedó petrificada. Y es que Sapor anunciaba con la mayor tranquilidad del mundo que tenía la intención de atacar a los romanos por sorpresa aquella misma noche, al rayar el alba, y que había convocado a los hombres del más alto rango y del mejor criterio para escuchar su opinión. Se expresaba con tanta serenidad que nadie osó preguntar, ni siquiera con un gesto, quién diablos podía ser ese oficial romano al cual el soberano incluía así entre sus allegados y los grandes del Imperio, y con el que compartía un secreto tan grave.
Una vez revelada su decisión, el monarca precisó el lugar del ataque, un terreno elevado en el camino de Harrán, que los militares llamaban «la meseta de la torre vigía» porque los romanos habían construido allí un andamio desde lo alto del cual observaban los movimientos de las tropas sasánidas. Sapor precisó además que la caballería, provista de corazas de hierro, sería la única que atacaría, ya que los arqueros sólo tenían por misión cortar el camino a cualquier refuerzo enemigo.
Después de proporcionar esta información, el monarca se volvió hacia Kirdir:
– ¿Qué dicen los astros?
La respuesta fue inmediata:
– Esta noche, mañana y toda la semana próxima serán días fastos para la empresa.
– ¿Y los augurios?
– Todas las mañanas ofrezco sacrificios por si el señor me hace esta pregunta tan esperada, y los augurios nunca han sido tan claros como hoy; parece que todos los caminos se allanan ante los ejércitos de Ahura Mazda y de la divina dinastía.
– ¿Y a ti, Mani, qué te han dicho esas voces celestes que te hablan?
– No las he interrogado.
En el rostro de Kirdir se manifestó una alegría de chiquillo al ver a su rival cogido en flagrante delito de indiferencia por los asuntos del Imperio. Pero Sapor acudió en ayuda de su protegido.
– Si el médico de Babel necesita retirarse unos momentos para solicitar una respuesta, le esperaremos.
No era una sugerencia y Mani tuvo que hacer inmediatamente lo que se le ordenaba.
Una vez fuera, vio un sendero que llevaba hacia un árbol solitario bajo el cual fue a sentarse. Generalmente, en un entorno como aquél, conseguía abstraerse de los murmullos cercanos y de la algarabía lejana, a fin de invocar a aquel a quien llamaba su «Gemelo».
Pero aquel día, no apareció ningún rostro ni se oyó ninguna voz familiar.
Habían transcurrido treinta años desde su primer encuentro cara a cara en el agua del canal, en la época del palmeral, y su compañero celeste siempre le había respondido. Entre Mani y ese otro yo podía haber crisis y tensiones, ya que su doble le ocultaba a veces ciertas verdades, rayando en el engaño y la burla, pero siempre aparecía, sin fallar, en el instante en que Mani le llamaba.
Hasta aquel día, en la región de Edesa.
Privado de su reflejo celeste, el Mensajero tuvo la sensación de haber dejado de existir. De pronto, todo le pareció irrisorio, superfluo, ni siquiera se acordaba de la pregunta que quería formular. Permaneció sentado en la roca, inmóvil, postrado, anonadado, hasta que un guardia fue a zarandearle y le arrastró por el brazo. El soberano se impacientaba.
– ¡Y bien, médico de Babel! ¿Tienes la respuesta?
– No.
Sapor esperó la continuación, pero ésta no llegó.
– ¿Qué ha respondido la voz celeste?
– Nada. Ni siquiera ha querido escuchar mi pregunta.
– ¡Mucho hemos esperado para tan poco!
A pesar de la importancia de los personajes que le rodeaban, Mani habló principalmente para sí mismo.
– ¡Este silencio! ¡Nada me inquieta más que este silencio! Un silencio de oscuridad y de cólera infinita.
Había perdido su porte habitual, parecía asustado, y sin duda daba la impresión a los que le observaban de haber tenido una visión de desgracia que no osaba describir. La angustia de Mani hizo vacilar a Sapor, que hasta ese momento se había mostrado confiado.
Obedeciendo a una discreta invitación de Kirdir, Bahram intentó que su padre volviera a sus disposiciones anteriores.
– Todos los adivinos y los astrólogos han percibido la bendición de Ahura Mazda para esta empresa. ¿Acaso el médico de Babel tiene un Cielo diferente al nuestro?
Sapor ni siquiera le oyó. Preocupado, confuso, miraba fijamente a Mani, y cuanto más le contemplaba, más se turbaba.
– ¿Crees que nuestras tropas van a caer en alguna trampa?
Mani reaccionó rápidamente, pero apenas menos confuso:
– No lo sé, no tengo ninguna respuesta. El Cielo se ha negado a escucharme y no tengo ninguna certeza, ningún argumento, ninguna opinión, sólo recelo.
El romano, hasta entonces silencioso, juzgó necesario intervenir en un griego muy cuidado.
– Si el divino señor teme alguna trampa, yo respondo con mi vida. Permaneceré aquí mientras se desarrolla el ataque y que mi cabeza sea el precio de la menor sospecha de traición.
Uniendo el gesto a las palabras, se cogió la cabeza cubierta por el casco entre las manos y la inclinó hacia el soberano como si fuera un cántaro. El gesto era grotesco, bufo, pero ¿quién tenía humor para sonreír? Sapor había cruzado los brazos con las manos apoyadas en los hombros y mientras se interrogaba así, evaluaba y dudaba, todos a su alrededor permanecían recogidos, conteniendo la respiración. Por fin llegó la decisión:
– Nuestro ataque no se retrasará. Que se desplieguen los estandartes color de fuego, pero en picas clavadas a ras de suelo. Es necesario que el enemigo no pueda verlas de lejos.
El oficial romano fue de nuevo objeto de algunas miradas inquietas, pero Sapor las ignoró. Dirigiéndose a Ormuz, dijo:
– Tú que sientes tanto afecto por el médico de Babel, tú que compartes con tanta frecuencia sus opiniones, ¿no estás turbado por sus inquietudes?
– Me harán más vigilante, pero no menos audaz. Lucharé como lo he hecho siempre, como mi divino padre me ha enseñado a hacerlo.
Sapor movió la cabeza varias veces, muy lentamente, como si siguiera reflexionando aunque admitiera los argumentos de su hijo menor.
– Mañana, tu audacia te será más útil que tu vigilancia, ya que serás tú quien dirija la primera carga. Volverás triunfante o mártir. Ordena que distribuyan a todos tus soldados doble ración de pan, de leche y de carne, y luego reúne a los caballeros de alto rango, tengo que hablarles. En cuanto a ti, Bahram, mi primogénito, ocuparás mi asiento en el estrado imperial para presidir el recuento de los hombres.
Tal como lo exigía el ritual de los combates, los guerreros sasánidas desfilaron ante el representante del soberano, tirando, uno tras otro, una flecha en unos inmensos cestos de mimbre que se cerraron y se sellaron inmediatamente. Despues del combate se abrirían con un ceremonial parecido y cada soldado iría a recoger una flecha, permitiendo así al monarca saber con precisión el número de sus hombres muertos o capturados.
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