Amin Maalouf - Los Jardines De Luz

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Conmovedora historia en la que que Amin Maalouf nos sitúa en Mesopotamia en los albores de la Era Cristiana. Allí nos cuenta la historia de Mani, el hombre que fundó la doctrina que consiguió unir tres religiones y que ha llegado a nuestros días con el nombre de maniqueismo. A pesar de ser perseguido, humillado y, finalmente torturado y asesinado, Mani intentó dar a sus coetáneos una nueva forma de ver el mundo y de entender a Dios, aunque en su intento sólo consiguió ganarse el miedo y odio de emperadores, sacerdotes y magos, que no contentos con destruirle intentaron borrar todas las huellas de su presencia en la historia. Una bellísima historia y un libro fantástico. Absorbe, principalmente por la belleza de sus frases y de la historia que nos relata, porque nos llega directamente al corazón.

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Igualmente, entre los súbditos de Sapor eran muchos los que sufrían a causa de la guerra, ya fuera porque habían perdido a algún pariente o porque les perjudicaba que las rutas de las caravanas estuvieran interceptadas durante tanto tiempo. En ellos también resonaba la palabra de Mani. Sorprendentes años aquellos en que el rey de reyes estaba constantemente guerreando, mientras que su protegido hacía el elogio de la paz en todas las provincias del Imperio y predicaba nada menos que «el desprecio a las espadas y a los brazos que las han blandido».

Unas palabras sediciosas, insoportables a los oídos de los caballeros y de los magos. Pero ¿qué hacer? «A cada rey su loco», se burlaba Kirdir en la discreción de sus templos del fuego. «¡Cuanto más grande es el rey, más grande es su locura!» Y es que Sapor se negaba a castigar, aunque sólo fuera con un reproche público, los extravíos de Mani. Si alguien se atrevía a tocar ese tema delante de él, se mostraba ostensiblemente contrariado y hasta amenazador; entonces, el atrevido cortesano se callaba y se refugiaba tras su tembloroso padham.

Así las cosas, ni que decir tiene que en aquellos años de guerra el hijo de Babel no ocupaba ya su lugar en la corte. El monarca había tomado nota y había renunciado a consultarle, pero sin retirarle su protección. ¿Por fidelidad a la palabra dada? Ésa no era la única razón. Desde que se había lanzado a sus campañas, el soberano se veía rodeado de magos fanfarrones, belicosos de boquilla, que ocupaban a su alrededor la totalidad del espacio respirable y que habían sitiado su consejo privado, su cancillería y su casa militar, donde las opiniones de Kirdir, convertido en mobedhan-mobedh, es decir, jefe supremo de los magos, prevalecían ahora sin debate, ya que los caballeros y los escribas rara vez se atrevían a contradecirle. Si de algo era culpable Mani a los ojos de Sapor, era de haberle dejado así solo con unos personajes a los que aborrecía, de no estar ya a su lado para hacer contrapeso, para permitirle escuchar, a veces, una voz diferente.

Cuando entre dos expediciones el monarca se concedía algunas semanas de descanso, solía preguntar a alguno de sus allegados, a su hijo Ormuz o a su hermano Peroz, o también a Zerav, su tañedor de laúd favorito, tres fieles admiradores de Mani, si habían tenido noticias recientes de él; generalmente, le respondían que se encontraba de viaje con sus adeptos en Characena, en Pérsida o cerca de Arbashahr. ¿Había que convocarle? El soberano desviaba el tema castañeteando los dedos desenfadadamente y enseguida se alejaba de su interlocutor hablando de otra cosa, como si las idas y venidas del hijo de Babel no le interesaran en modo alguno, como si jamás hubiera formulado la menor pregunta sobre ese personaje.

Hacia el cuarto año de guerra, el rey de reyes recibió de uno de sus espías, que había recorrido algunas provincias romanas disfrazado de mercader, un informe inquietante. Las legiones que luchaban entre ellas para imponer cada una a su imperator habían resuelto bruscamente, según parecía, sus sangrientas rivalidades; de los cuatro pretendientes al trono, tres habrían sido asesinados por sus propias tropas. El Imperio Romano, fustigado por las humillaciones que había tenido que soportar en Oriente, se encontraba, de la noche a la mañana, milagrosamente unido en torno a un César único, un patricio septuagenario llamado Valeriano, antiguo presidente del Senado y político sagaz, pero también un soldado de grandes virtudes, quien, desde su ascensión a la dignidad imperial se había fijado como objetivo poner fin al avance sasánida.

Esperando desanimar así a sus enemigos de todo afán de desquite, Sapor dirigió sus tropas por segunda vez hacia la Siria romana, ocupó otras ciudades, devastó algunas regiones que hasta entonces se habían salvado y reforzó la guarnición de Antioquía. Luego, de regreso a Ctesifonte, desfiló en un nuevo cortejo triunfal y esta vez en primera fila y llevando como trofeos a seiscientos legionarios encadenados de dos en dos tras el carro del vencedor.

Más seguro que nunca de sí mismo, planeaba el rey de reyes lanzarse sin tardanza al asalto de Grecia, o quizá de Egipto, cuando un acceso de fiebres cuartanas le obligó a postergar sus proyectos hasta el año siguiente. En el intervalo, decidió dejar a sus hombres libres.

Acababa de enviar a sus casas a las tropas auxiliares, satisfechas y ricas de botín, y había ordenado igualmente que algunos regimientos de élite se dirigieran hacia Drangiana, a fin de someter a algunas poblaciones turbulentas, cuando le llegaron nuevos mensajes de sus espías: ¡Valeriano se acercaba a la cabeza del más poderoso ejército romano jamás reunido! Acababa de cruzar el Cuerno de Oro y avanzaba a través de Asia Menor. Su vanguardia había sido avistada en Comagena. Sus legiones intentaban agruparse bajo las murallas de Samosata, desde donde podrían desplegarse en diez días por las llanuras costeras, o incluso dirigirse hacia los valles del Cáucaso.

Estaba aún preguntándose Sapor qué crédito se podría dar a unos informes tan alarmistas, cuando le anunciaron la repentina caída de Antioquía y la masacre de su guarnición sasánida. Convocó entonces apresuradamente al consejo de los grandes del reino, insistiendo esta vez en que se buscara al hijo de Babel.

El paje que acudió en una litera oficial al domicilio de Maleo se enteró por los vecinos de que Mani había partido aquella misma mañana hacia su pueblo natal. Su padre, Pattig, había fallecido durante la noche, después de haber expresado su voluntad de ser enterrado en Mardino, en el jardín de su casa abandonada, al lado de aquella que había sido, demasiado brevemente, su esposa adulada y después la víctima de sus piadosas locuras. Mani iba, pues, a ver de nuevo el pueblo de su primera infancia, una íntima peregrinación a la cual habían deseado unirse muchos fieles.

A decir verdad, resultaba desconcertante que el padre de un mensajero, de un profeta, de un fundador de creencia, hubiera vivido durante tanto tiempo. En la vida de Moisés, de Buda, de Jesús o de Zoroastro, el progenitor estaba ausente, era como un fantasma o había desaparecido prematuramente, como si las sienes de los huérfanos fueran más aptas para recibir la unción del Cielo. No fue éste el caso de Mani. Su padre estuvo constantemente a su lado, pisándole los talones hasta la edad adulta; aventurero de la fe rígida y luego discípulo y apóstol, su trayectoria fundamenta, aclara e ilustra la de su hijo y maestro.

De pie junto a la tumba de Mariam y de Pattig, mirando a veces a la de la fiel y olvidada Utakim que estaba situada a algunos surcos de allí, Mani parecía despojado de su natural aplomo y había perdido su apariencia de conductor o de guía. Su pensamiento, como una frágil barca, se encontraba sumergido en la ola caótica de las sensaciones y de los recuerdos, y apenas pudo articular unas palabras para pedir al Elegido más cercano, un discípulo de Edesa llamado Sisinios, que dirigiera la oración en su lugar y que pronunciara el sermón. Una elegía corta y sobria que el hijo de Babel no pudo seguir hasta el final porque se sintió desfallecer. Denagh acudió presurosa, así como Maleo y Cloe, y luego Sisinios y algunos más, que le sostuvieron y le llevaron con precaución hasta la casa, hasta el lecho que había sido el de sus padres, donde se tendió, aún deslumbrado y con la mente tan nublada como el alba al caer las brumas sobre las ciénagas de Mesana.

Al día siguiente, aunque había pasado una noche inquieta, Mani insistió en partir de nuevo. Quería abandonar lo antes posible aquel lugar en el que se sentía tan vulnerable, tan poco dueño de sí mismo, y aseguró a sus amigos que soportaría sin problemas las dos jornadas que les separaban de Ctesifonte. Pero al cabo de tres horas de marcha por caminos pedregosos, se sintió desfallecer una vez más y tuvo que proseguir el viaje tendido en un carricoche bajo un baldaquino de mujer, protegido del sol y de las miradas de los suyos. Sólo Denagh permaneció a su cabecera, rociándole sin cesar la frente, la nuca y los labios con agua fresca y perfumada.

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